Tim Krestschmer, un joven de 17 años, entró el miércoles a la escuela secundaria de Albertiller, en el pueblo de Winnenden (Alemania), vestido totalmente de negro. Miró de reojo el reloj de la entrada, echó un vistazo a lo largo del pasillo, sacó una capucha (también negra) de un bolsillo y se la puso. Entonces, de su morral, extrajo una pistola.
“Abrió fuego contra todo lo que se movía”, reportó un policía al canal de televisión N24, horas después de que nueve estudiantes y tres profesores murieran abaleados.
El asesino, que había sido expulsado de esa escuela, salió del edificio y condujo 40 kilómetros hasta la localidad vecina de Wendlingen. En su recorrido, mató a un hombre cerca de una clínica psiquiátrica.
La policía lo encontró cuando intentaba entrar a un concesionario de autos y abrió fuego. En el enfrentamiento murieron dos empleados. Krestschmer se suicidó.
“Estamos consternados y entristecidos por el acto de violencia sin sentido que ha acabado con tantas vidas”, dijo el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, en un comunicado.
El pasado martes, en Alabama (Estados Unidos), un hombre mató a nueve personas en el pueblo de Samson antes de suicidarse.