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Crónica de un combate en Hostomel (Kiev, Ucrania)

La gente trata de escapar de Kiev, la ciudad que aguanta la respiración ante lo que parece aproximarse.

Unai Aranzadi / Kiev, Ucrania
Hostomel este 11 de marzo, visto desde una toma satelital proveída por la empresa Maxar Technologies. Edificios y tanques de combustibles en llamas.
Foto: EFE - MAXAR TECHNOLOGIES HANDOUT
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Alexei es un voluntario que va donde no va nadie. Tiene una furgoneta blanca a la que le ha puesto una fotocopia de UNICEF tamaño A4 con la intención de que no le disparen. Con una chaqueta naranja para que se le vea a la legua, cada día sale a lugares a donde solo suelen acudir miembros de las fuerzas especiales.

Hoy tocaba Hostomel, un suburbio del noroeste de Kiev, casi todo en manos de las tropas rusas. Sin embargo después de dejar atrás el último retén ucraniano y adentrarse entre las calles, ha percibido algo extraño. No hay ni civiles saliendo de los sótanos para pedirle pan o mantas ni se observa ninguna unidad avanzada de soldados. “Cuando todo está vacío es mal asunto”, dice en voz alta.

Dispuesto a darse la media vuelta, comprueba que sus sospechas no eran en vano. Por delante, atruena la artillería rusa, y por detrás, el fuego de salida ucraniano. Acelerando como solo aceleran los desesperados, Alexei consigue regresar al retén del cual había salido media hora antes. Allí, al mando de una brigada que no deja de lanzar morteros se encuentra el comandante Sergei, quien le advierte de que se marche rápido, pues puede que los rusos vuelvan a lanzarles un segundo ataque aéreo tal y como ha sucedido antes. Alexei se aleja, y en su ausencia llega otra furgoneta con otro voluntario que presta ayuda y también se ha desorientado.

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Los soldados de Sergei que no se encuentran combatiendo pintan con spray negro dos camionetas blancas. Tal y como están ahora son fácilmente localizables por las miras telescópicas, los satélites y drones que los observan desde lo más alto. Como casi todos los ucranianos, estos uniformados detestan las cámaras y pese a que muchos llevan pasamontañas –prenda que dicho sea de paso se inventó en Ucrania- piden no ser fotografiados.

Bosque adentro, pues el camino de Hostomel a Kiev es un puro bosque espeso, otros soldados se afanan en cavar zanjas en las que parapetarse de la embestida que les espera. Las pocas edificaciones que quedan a sus espaldas están calcinadas y vienen a ser como un recordatorio de la superioridad armamentística de sus adversarios. Nerviosos unos, vigilan quién puede llegar por la carretera, y otros ya están utilizando el fuego ensordecedor que emiten los misiles lanzados desde un camión. La batalla está en su apogeo y Sergei pide evacuar al hombre de la furgoneta y el civil que lo acompaña.

Con una sinfonía de bombazos y explosiones, la furgoneta sale picando rueda, y de camino se encuentra con tres hombres muy pobres que surgen del bosque pidiendo ayuda. Cuando han subido al vehículo, murmurando un angustioso spasiba (gracias en ruso) hacen un gesto al exterior, y de entre los árboles sale una mujer que se escondía.

Subidos a bordo, el olor a alcohol lo inunda todo. Para el misericordioso chofer, “es la única forma de sobrevivir al horror y el frío que han tenido que soportar allí dentro”. El más joven de ellos, que tendrá unos treinta años, coge el teléfono, llama a su madre, y solo es capaz de decir, mamma, mamma, mamma al tiempo que se hunde en llanto, y con él, el resto. Superados los primeros kilómetros, llegan a otro retén en el que se encuentran a tres reporteros de la televisión ucraniana, quienes atónitos les preguntan de dónde vienen y cómo les ha sido posible sobrevivir tantos días en tierra de nadie.

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La situación se hace insoportable para todos, y el combate desatado no invita más que a buscar refugio. Todos se marchan buscando una vía de salida hacia Kiev, la ciudad que aguanta la respiración ante lo que se le avecina.

unai@independentdocs.com

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Por Unai Aranzadi / Kiev, Ucrania

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