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Efectos de un referendo fallido

A pesar de la renuncia del líder separatista, la consulta podría entregarle a Escocia más poderes y recursos.

19 de septiembre de 2014 - 09:27 p. m.
Foto: AFP - BEN STANSALL
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Hasta el jueves, la única votación que había perdido Alex Salmond, ministro principal de Escocia, fue en un consejo de estudiantes de la Universidad Saint Andrews, en donde estudió economía e historia medieval escocesa. Al menos esa era la versión que contaba Salmond, un veterano político escocés que perdió la principal votación de su vida (y quizá de Escocia) por poco menos de 11 puntos porcentuales. Luego del resultado del referendo, el líder del Partido Nacional Escocés anunció su retiro adelantado.

Claro, la derrota es la derrota, un hecho absoluto y contundente, pero no por eso hay menos lugar para relativismos y oportunidades. La campaña por el sí a la independencia parece haber ganado un terreno político que hasta hace algunas décadas parecía imposible en Escocia. La tarea ahora es cobrar las promesas hechas por un gobierno central consumido por una forma del miedo que lo llevó a ser generoso en las semanas antes del histórico referendo.

Y el miedo bien estaba justificado, pues la campaña por el sí parecía crecer sin mayores restricciones, al menos a juzgar por las encuestas que mostraban una diferencia cerrada en uno o dos puntos porcentuales. La figura de Salmond, incluso con su prematura renuncia, con seguridad pasará a la historia. Como escribió Ewen MacAskill, quizá el político no estará a la altura de Gandhi o Washington, pero sí por encima de tantos otros líderes que llevaron a sus países a independizarse de Inglaterra por la sola razón de que la victoria de Salmond habría sido el fin del Reino Unido, de la madre patria.

En el pánico prerreferendo, los líderes de los mayores partidos políticos corrieron al Norte para asegurarles a los escoceses que oían sus voces y que, si continuaban a bordo del Reino Unido, entregarían mayores poderes para una región rica y próspera, pero con hambre de más. Algunos cálculos señalan que las promesas de ese momento podrían entregarle a Escocia el control sobre partidas presupuestales por el orden de 15 mil millones de libras, fondos que se sumarían a los recursos que ya manejan las autoridades escocesas.

Y es que si bien la victoria del “no” es rotunda, Londres no puede ignorar que en una votación con una alta participación (84,6%), el 44,7% de los escoceses estaba dispuesto a irse con sus recursos energéticos y sus instituciones para jugarse el destino en una independencia llena de incertidumbres, pero también de promesas, incluso perspectivas.

La tarea de Salmond, que dejará su posición en noviembre de este año (aunque siempre aseguró que continuaría hasta 2016 en el cargo), arrancó en 1990 cuando asumió las riendas del Partido Nacional Escocés, entonces una organización con una representación política escasa, cuando mucho. Desde entonces, la idea de la independencia tenía alguna forma y tamaño en su agenda política (como en la de otros dirigentes escoceses), pero su estrategia consistió en reconciliar el nacionalismo romántico (aquel que se aferraba al pasado histórico de Escocia) con la idea moderna de un Estado de menor tamaño y gran riqueza que, quizá, podría ser aún más próspero sin la incumbencia de Londres: la mezcla del anhelo con los medios para realizarlo.

Salmond continuó como líder del partido hasta el año 2000 y repitió en esta posición en 2004 para ser elegido como ministro principal de Escocia en 2007. Para ese entonces, la organización política que dirigía era un asunto serio y organizado, que comenzó a capturar la atención de los votantes mediante una posición de centro enfocada en una agenda social que, sin embargo, fue calificada por algunos como escasa y productiva solo para la clase media.

El punto es que la cuestión de la independencia había encontrado un canal político fuerte y establecido para comenzar a difundir un mensaje fuertemente atado al petróleo y el gas que yacen bajo las aguas territoriales de Escocia.

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Luego de conocerse los resultados del referendo, David Cameron, primer ministro británico, salió al aire para reafirmar que las promesas hechas a Escocia serán cumplidas (aunque probablemente no antes de las elecciones generales de 2015), pero también para reconocer que algo profundo había cambiado con un referendo que conserva la integridad territorial de Reino Unido, pero que habla elocuentemente del descontento de cuatro territorios manejados desde Londres.

“La gente de Escocia ha hablado y el resultado es claro. Ha mantenido nuestro país de cuatro naciones unido y, como millones de personas, estoy encantado. Ahora es el tiempo para que nuestro Reino Unido se integre y avance. Una parte vital de este movimiento será un acuerdo justo y balanceado para la gente de Escocia y que también sea relevante para todos en Inglaterra, en Gales y en el Norte de Irlanda”.

 

 

slarotta@elespectador.com

@troskiller

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