Mientras Vladimir Putin se libera de su preocupación por la rectitud constitucional y asume el título –no el papel, que ya ha representado desde hace 10 años- de presidente de Rusia, muchos analistas contemplan aceptar otra década de su mandato. ¿Pero qué tan real es esto?
Una pista vino con el paseo triunfal de Putin por el centro de Moscú hasta el Kremlin, a través de las calles más agitadas de la capital de Rusia. Nadie podía ignorar el sentimiento familiar al de una película de terror de Hollywood: la ciudad más habitada de Europa estaba totalmente vacía, barrida, como si hubiera sido víctima de un virus mortal.
Ni siquiera a quienes apoyan a Putin, y atendieron en cientos y miles a las movilizaciones en marzo de este año, se les permitió ovacionar a su querido líder en su camino al triunfo. Calles desoladas, ventanas estrictamente cerradas. Está ciudad de los muertos se quedó quieta, atestiguando otra maravilla de la democracia manipulada, ingeniada por el ideólogo de Putin: Vladislav Surkov.
Solo un hombre antes del presidente ruso fue honrado con una recepción así –exactamente hace 200 años Napoleon entró a Mosccú, una ciudad abandonada por sus habitantes. “Mi noble hermano”, escribió Napoleón al Tsar Alexander I: “El bello, mágico Moscú ya no existe. ¿Cómo conseguiste destruir la ciudad más amada del mundo, a la que tomó cientos de años construir?
Las ruidosas multitudes pueden representar una amenaza para la seguridad. Pero lo que realmente representan es legitimidad.
Culpado por muchos por fallar en su intento de proteger los “verdaderos” intereses nacionales de Rusia, Boris Yeltsin usó cada oportunidad para recordar a sus críticos sobre los miles de entusiastas que lo apoyaban y lo propulsaron hasta la presidencia en agosto de 1991. El estilo autoritario y el gobierno idiosincrático, el alcoholismo, el interés en un autonomía regional, amenazaron la existencia de Rusia como estado unificado, durante casi una década de reformas salvajes a una economía de libre mercado- a pesar de todo esto, para la mayoría de los rusos Yeltsin siempre permaneció como el primer líder democráticamente elegido del país.
Sin el pasado heroico de Yeltsin, la dependencia de Putin en el apoyo popular es crucial. Después de todo él era, y para muchos aún es, considerado un títere de Yeltsin, sin una historia política propia.
Con las elecciones presidenciales disputadas por todos, menos por sus pares, el padre de la versión rusa del neoconservatismo tiene que buscar inspiración en otros lugares. Y si, agobiado por su salud y perdiendo popularidad, Yeltsin consiguió una alternativa para el Vox Populi en las manos de la KGB, la decisión de Putin, parece, es buscar la aprobación de la Iglesia Ortodoxa Rusa, la cual alcanzó su prominencia después de más de 70 años de ateísmo militante. El patriarcado de Moscú también se benefició de la masiva restitución de la propiedad y el apoyo directo del Estado durante la primera década de Putin.
Durante casi mil años el clérigo ortodoxo acusó a Occidente por toda clase de pecados, siendo la democracia uno de ellos. Generaciones de ideólogos rusos conservadores enseñaron acerca de la corrupción y decadencia de Occidente. Rusia es “muy grande para fallar”, pero va a fallar, advirtieron, va a sucumbir a las promesas de la riqueza material y la prosperidad. Para muchos en la iglesia rusa, el pluralismo político no es sino tentación, mentiras y engaño; la democracia, con su insoportable carga de compromisos y pactos, fatal para el Estado, se expande desde el Báltico hasta el pacífico. Si elegir es inevitable, ellos argumentan, se debe elegir tener fe, y no enfrentar.
Pocos días antes de las últimas elecciones, la página web líder de los ortodoxos declaró que “el deber de todo verdadero creyente es apoyar y elegir a Vladimir Putin como nuestro siguiente presidente”. El deceso de Rusia es inevitable, la Vox Dei (voz de dios) debe ser ignorada, dicen quienes apoyan a Putin desde el Patriarcado de Moscú. El patriarca Cirilo no pierde ocasión de elogiar a Putin como ‘un regalo del cielo’, mientras enfatiza en sus credenciales ortodoxas y sus valores tradicionales.
Santo o no, con Putin en el Kremlin por al menos otros seis años, el declive de Rusia está asegurado. El poder global, alguna vez capaz de ser una alternativa a EE.UU. o el liderazgo chino en la región euroasiática, ahora se desangra en las manos de burócratas corruptos e incompetentes. En 1812, la estrecha victoria en la batalla de Borodino permitió a Napoleón tomarse a Moscú sin oposición. Menos de dos años después Cossacks entró a París, salvando así a Europa de las manos de un dictador. Si el ejército ruso tiene un rol que cumplir en el drama de 2012 está por verse.
Para Putin, Rusia puede ser muy grande para fallar. La isla británica de Santa Helena, en la otra mano, puede ser muy pequeña.
* Editor de la plataforma Fair Vote for Russia e impulsor de las protestas contra Putin.