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Este domingo, primera vuelta presidencial en Francia

Si nada extraordinario ocurre, François Hollande y Nicolás Sarkozy se confirmarán como rivales para la elección definitiva del próximo 6 de mayo.

21 de abril de 2012 - 04:00 p. m.
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Nadie puede reprocharle al equipo del presidente saliente, Nicolás Sarkozy, la elección de “Francia fuerte” como lema de campaña. Desde sus espectaculares entradas en reuniones públicas hasta la manera de arrugar el ceño mientras se dirige a sus seguidores, cada una de sus acciones parece pensada para recordarles a los electores el carácter de quien en 1993 enfrentó cara a cara a un hombre que había tomado como rehenes a un grupo de niños en una escuela primaria del suburbio de Neuilly-sur-Seine.

Sarkozy, parisino de origen húngaro, era entonces alcalde de esa ciudad que, a pesar de sólo tener 60.000 habitantes, es la quinta más rica de Francia. Había llegado a ese cargo por encima de uno de sus mentores, el ministro Charles Pasqua, quien había confiado al entonces joven Sarkozy la preparación de la campaña que éste terminaría por arrebatarle. Sin un capital político propio, pero apreciado por su habilidad, el futuro presidente ejerció a un mismo tiempo la alcaldía y las funciones de parlamentario, portavoz del gobierno y ministro de Hacienda y no dejó de ocupar cargos públicos hasta su nombramiento en la cartera del Interior, que a partir de 2002 le daría estatura de candidato presidencial y le granjearía una enemistad eterna con el primer ministro y protegido de Jacques Chirac, Dominique de Villepin. Para las elecciones de 2007, a las que Chirac no podía presentarse pues la ley francesa prohíbe una segunda reelección, Sarkozy logró sacar ventaja y finalmente imponerse frente a la candidata socialista Ségolène Royal.

Hoy, el enemigo es la crisis o, como lo repiten el candidato y sus colaboradores cercanos, “la inimaginable sucesión de crisis”, y quien en su primer mandato se presentaba como “el presidente del poder de adquisición” se muestra ahora como el único que tiene el carácter para tomar las medidas que considera indispensables para salvar la economía francesa. Europeísta convencido, el candidato ha afirmado que si la Unión no aprueba algunas de sus propuestas, como los refuerzos en el control de fronteras y una prioridad a los productos franceses en las licitaciones públicas, está dispuesto a tomar las medidas de manera unilateral.

Sarkozy busca así distanciarse de la derecha liberal que hasta ahora ha caracterizado su gobierno, para acercarse a una derecha conservadora y nacionalista. Ha declarado que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y que los desempleados que reciban subsidios deberán realizar trabajos comunitarios y aceptar el primer trabajo que les propongan.

Según los expertos, estas políticas, así como el anuncio de continuar con la cifra de 30.000 expulsiones al año y reducir a la mitad el número de extranjeros autorizados a entrar a Francia, serían aplicadas rápidamente. Todos estos anuncios y el que hace en su Carta abierta a los franceses sobre “un país sin fronteras es un país sin identidad” buscan atraer los votos del electorado rural y las clases populares, a quienes el candidato-presidente parece dirigir ese “ayúdenme” que ha aparecido al final de casi todas sus intervenciones públicas.

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