“Tengo más poder como ciudadano libre que como jefe de gobierno. Estaba leyendo un libro sobre las cartas de Mussolini a Claretta, y en un momento le escribe: ‘¿No entiendes que no cuenta nada? Sólo puedo dar recomendaciones’. Me siento en la misma situación”, confesó Silvio Berlusconi en la última entrevista que concedió como primer ministro, hace apenas un par de días, al diario La Stampa. El hoy exprimer ministro por primera vez se mostró nervioso, preocupado y confesó, como anticipando el desenlace, sentirse triste y traicionado: “Apoyé a tantos que me abandonan ahora”, se quejó, refiriéndose a los empresarios, políticos, intelectuales e incluso a la propia Iglesia, que después de 17 años celebrándole sus excesos, imprudencias, delitos y desfachateces le comenzaron a huir como a la peste.
Su partida pone punto final a una era en Italia marcada por los escándalos y la corrupción. Il Cavaliere se va con cuatro procesos judiciales a cuestas por corrupción, falsificación y prostitución. Nada lo puso contra las cuerdas como lo lograron las exigencias de ajustes de la Unión Europea, aprobadas el sábado en la noche por la Cámara de Diputados. El primer ministro deja al país al borde de la quiebra y con un balance personal que refleja los males de la sociedad italiana. O como mejor lo describe el escritor Claudio Magris, “la herencia que deja Berlusconi es la de un país destrozado, sin valores (…), Italia se convirtió en la avanzada de lo peor porque hemos visto de todo y al final nos hemos habituado”.
Desde que llegó por primera vez al poder (1994), Berlusconi creó el “berlusconismo”, una especie de logia conformada por cientos de diputados de distinta filiación política, que a cambio de sus favores legislaban para proteger su emporio empresarial. Con ese poder ilimitado fue que blindó a sus empresas de la quiebra, se ahorró millones de euros en multas e impuestos y evitó la cárcel. Il Cavaliere se marcha con los bolsillos llenos, cerca de US$9.000 millones, según la revista Forbes. Uno de los hombres más ricos del mundo gracias al negocio inmobiliario y a la televisión, empresas que comenzó a los 30 años, luego de ser cantante de cruceros, vendedor puerta a puerta de enciclopedias y electrodomésticos y fotógrafo de matrimonios y bautizos.
Aunque el sábado miles de personas salieron a las calles a celebrar su caída con gritos de “payaso, payaso” y “Ciao Bella”, cabe recordar que a pesar de su particular estilo de gobierno, sus metidas de pata y su evidente corrupción, fue respaldado por millones de italianos, que lo escogieron tres veces en las urnas. Los analistas de ese país intentan explicar el fenómeno en el hecho de que siempre se presentó como una víctima de la justicia en los cerca de 90 procesos que enfrentó por fraude fiscal, falsificación, corrupción, abuso de poder y corrupción de menores.
Berlusco, como lo llaman sus compatriotas, era un verdadero vendedor de ilusiones. En las elecciones de 2001, ya con varios escándalos a sus espaldas, se vistió como albañil y se autodenominó el “presidente obrero”. Prometió bajar impuestos, ayudar a los más pobres y trasladar su éxito empresarial a la sociedad italiana. Pronto se le olvidó, explicando con desdén ante el reclamo general: “Soy el Jesucristo de la política, una víctima paciente, me sacrifico por todos. Sólo Napoleón hizo más de lo que he hecho”.
Dice el escritor italiano Antonio Tabucchi en el periódico El País, que ahora hay que “deberlusconizar” Italia, pues Il Cavalieri creó un mundo ficticio gracias a su imperio televisivo y mediático, en el que los italianos cayeron como en un Show de Truman. “No hay que olvidar las verdaderas responsabilidades de quienes fueron condescendientes con el espectáculo de Berlusconi. Los industriales italianos que hoy se quejan tanto fueron quienes lo exaltaron y vieron en él al ‘hombre nuevo’ que podía dar mayores ganancias. Cerriles, mezquinos, provincianos, ávidos de un apetito sin fin, vieron en Berlusconi al hombre que les consentiría pagar menos impuestos y explotar mejor a sus obreros. Ahora esos aliados lo califican como un personaje funesto para el país”.
La prensa también hace su propio balance. The Economist le dedicó este título: “El hombre que jodió a todo un país”. La revista Time, por su parte, lo despidió con: “El hombre que está detrás de la economía más peligrosa del mundo” y recuerda los episodios que rebosaron todos los límites, como aquella vez en la Cumbre del G20, cuando en plena foto oficial, con la Reina Isabel a bordo, empezó a gritar: “Mr. Obama, Mr. Obama”. O cuando dejó a la canciller alemana, Ángela Merkel, con la mano estirada y se fue a hablar por teléfono, negociando el pase de un jugador de su equipo, el A.C. Milan. “El solo hecho de que en una foto oficial el primer ministro les pusiera cuernos a sus compañeros, es peor que organizar una orgía”, agrega Claudio Magris.
Berlusconi era un maestro en la diplomacia de las embarradas y los insultos: le besó la mano al exlíder libio Muamar Gadafi en busca de contratos, se burló de la estatura del presidente francés Nicolás Sarkozy, insultó a Ángela Merkel llamándola “culona” y dijo que Obama era “guapo y bronceado”. Tratando de aumentar la inversión en su país aseguró en una cumbre: “Otra razón de peso para invertir en Italia es que tenemos bellísimas secretarias, chicas soberbias”. Estuvo a punto de causar una crisis con la Unión Europea y la Liga Árabe cuando aseguró: “Ya todos lo sabemos, la civilización occidental es superior al islam”…
El resumen de su paso por el gobierno es una vergüenza para Italia, dice la prensa de ese país. No sólo deja un desempleo que roza el 10%, al país endeudado y con un gasto público desbordado, sino una imagen que será difícil de cambiar, y que tuvo su punto más alto de referencia con “el bunga bunga”, esas fiestas a las que invitaba a mujeres menores de edad, políticos y prostitutas de todas las edades a quienes les pagaba millonarios honorarios.
Su debilidad eran las mujeres y así lo confesaba. Se casó dos veces, promovió esculturales modelos en cargos políticos y sus ministras eran elegidas más por sus atributos físicos que por sus capacidades. “Un sondeo dice que el 33% de las jóvenes italianas sí se acostarían conmigo. El resto de las chicas contesta: ¿Otra vez?”. Ante la queja del creciente desempleo y el costo de la educación, aconsejó: “No lean los periódicos y, como carrera, elijan casarse con alguien rico”.
Pero él se va con la frente en alto. Hasta el final mantuvo el cinismo, su sello personal. En una carta publicada por todos los periódicos italianos, Berlusconi alardea de su buen papel, asegura que se va por la “lógica de los pequeños chantajes y del transformismo, que son el vicio más antiguo de la política italiana”, y con una absoluta desfachatez promete un regreso futuro: “Como muchos de ustedes, también espero volver a gobernar Italia”.