El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Merkel, una poderosa desconocida

La jefa del gobierno alemán es la vacuna contra la antipolítica y el populismo. Según los sondeos será reelegida.

26 de septiembre de 2009 - 03:59 p. m.
PUBLICIDAD

Angela Merkel no ha cambiado. A otros el cargo los cambia. A ella no. Tal como llegó a la Cancillería en 2005 llega ahora a las elecciones. Con el mismo estilo, perfil bajo y sin aristas o su limitada capacidad para entusiasmar a los alemanes. Así lo demostró en su debate televisivo  con Frank-Walter Steinmeier, el vicecanciller y ministro de Exteriores, ahora rival y candidato también a la Cancillería.

Al igual que sucedió en la campaña de 2005 frente a Gerhard Schröder, aunque con la sordina que impone la Gran Coalición —la unión de conservadores y socialdemócratas—, esta mujer sobradamente preparada para dirigir un partido y para gobernar no consigue enamorar a las cámaras y al gran público. En un tiempo de seductores y vendedores de peines sin púas, Merkel no tiene glamour.

Si enternece a buena parte de quienes la admiran en Alemania, que son muchos, es precisamente por lo contrario, por ese rostro tristón e inexpresivo de patito feo, sus gestos de fastidio ante los focos o su vestuario alejado de cualquier veleidad y pretensión: no hay trampa ni cartón, vale lo que vale y se la debe valorar por sus acciones y resultados. También, es verdad, por la súbita luz que ilumina su rostro cuando sonríe abiertamente o por su ironía inteligente pero mordaz, alejada de cualquier vulgaridad.

Es todo lo contrario de lo que representan los prototipos de Sarkozy o Berlusconi, dos variedades, ciertamente de distinta calidad moral, en la fauna contemporánea del poder que comparten narcisismo, vanidad e hinchazón del ego, características ajenas a la psicología de la canciller. Merkel es la vacuna contra la antipolítica y el populismo.

En 2005 se le comparaba para su disgusto con Margaret Thatcher: “Estuvo en contra de la unidad alemana y por eso no es la comparación más adecuada”, decía entonces. Ahora, en cambio, cuando se le tilda de socialdemócrata, son muchos los que temen, sobre todo en la izquierda y en el mundo sindical, que finalmente surja de verdad una dama de hierro que quiera desafiar su poder como hizo Thatcher y aborde con radicalidad esas reformas del Estado de bienestar que han quedado a medio camino gracias a la Gran Coalición. Otros, los liberales sobre todo, no sólo lo esperan sino que piensan trabajar en este sentido si consiguen gobernar con ella.

El poder químico

La actual campaña, tal como la plantea Merkel, parece destinada a una silenciosa ocupación del centro del escenario, en una especie de ejercicio de hipnosis destinado a adormecer al electorado para que vote mecánicamente a quien ha conducido el país durante los últimos cuatro años con bastante buena fortuna y cuenta con un prestigio y una imagen internacionales que hacen inútil aventurar otras alternativas.

Ella no quiere ni sabe jugar en los extremos y menos todavía en los márgenes. Lo suyo es la mitad del campo. Merkel es física de profesión, pero la virtud que mejor ha desarrollado pertenece al mundo de la química, de la que es catedrático su marido, Joachim Sauer: es una mujer política con mucha valencia, concepto que define la capacidad de los elementos químicos de combinarse con los otros. Y esa es la carta decisiva que está jugando en estas elecciones: ningún otro candidato, ningún otro partido tienen mayores márgenes.

Pero antes de llegar a este punto, se vio obligada a superar una carrera de obstáculos que ha fortalecido sus músculos e imagen. No pudo optar a la Cancillería en 2002, cuando probablemente estaba ya perfectamente preparada para hacerlo. Los barones bávaros y renanos, católicos y reaccionarios, que manejaban el cotarro fueron quienes le cerraron el paso entonces para lanzar a uno de ellos, al cacique bávaro Edmund Stoiber, que se estrelló contra las astucias y la habilidad del último canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder. La derrota dejó el campo libre a Merkel para la siguiente ocasión, en 2005, pero apenas consiguió pasar el listón: su victoria fue disputada y se llegó a regatear con el precio de la Cancillería, que Schröder todavía quería retener con todo tipo de trampas en esta Gran Coalición inevitable.

No ad for you

Esta vez, en cambio, las cosas pintan mucho mejor para esta corredora de fondo, este motor diésel de la política europea. Nadie le discute ahora el liderazgo dentro de la coalición socialcristiana CDU-CSU ni hay razón alguna para hacerlo. Los socios socialdemócratas parten de la peor posición en los sondeos desde la fundación de la República, por debajo del 28% que obtenían en los tiempos en que quien arrasaba en las urnas era el Viejo, el fundador de la República y de la CDU, Konrad Adenauer. Aunque siga siendo una desconocida, no lo son sus acciones y las ideas prácticas que se han hecho realidad en sus manos. Se diría, a veces, que esta señora surgida del frío viene de otro mundo.

De ministro invisible a principal rival

El ministro de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, es por trayectoria y perfil el aspirante perfecto a canciller alemán, al que correspondió la misión casi imposible de reflotar a un Partido Socialdemócrata (SPD) en crisis. Cordial y a la vez serio, con experiencia en capear situaciones de crisis, relieve internacional por su cargo actual y conocedor como pocos de los entresijos de la Cancillería, la carrera de Steinmeier estaría perfectamente encarrilada hacia la jefatura del gobierno alemán de no ser por la situación de su partido. De ministro “invisible” a la sombra de Schröder, cuatro años atrás, ascendió en silencio hasta convertirse en segundo de Angela Merkel en el gobierno y, desde octubre de 2008, en el aspirante a recuperar la Cancillería para su partido. Casado desde 1995 con la jurista Elke Budenbender y padre de una hija, Steinmeier, responde en lo privado al perfil de solidez y normalidad que tanto aprecia el elector medio alemán.

 * Director adjunto de  El País de España

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias