Vladimir Putin es un hombre despiadado, pero no un bruto. Es también un truhán, un bellaco y un extorsionista. ¿Cómo es posible que en Rusia alguien así pueda ser elegido presidente? Todos nuestros prejuicios nos brindan inmediatamente la respuesta: los rusos no tienen tradición democrática; su carácter nacional los hace propensos al autoritarismo, etc. Si faltaran argumentos, uno podría remontarse a lo que un observador escribió en el siglo XIX: “Nuestra Constitución es el absolutismo, moderado por el asesinato”. Parecería que en Rusia nada hubiera cambiado.
Esta es una terrible injusticia con Rusia sólo porque tiene por líder a un canalla. ¿Qué podemos decir de los Estados Unidos que eligieron y reeligieron a George Bush o de la Italia de Silvio Berlusconi? ¿Qué podemos decir de Alemania? Ángela Merkel ni siquiera lo pensó antes de hacer una de las propuestas más antidemocráticas del siglo XXI: que los griegos le entregaran el control de su presupuesto a un zar de la Unión Europea.
Nadie se atrevería a decirle algo así a Rusia porque tiene petróleo, gas y armas nucleares. Y también a Putin.
Gracias a él, de la extinta Unión Soviética y su turbulenta disolución ha surgido una Rusia mucho más segura de sí misma. Atrás ha quedado la época del desorden y el pillaje. Luego del caos se ha consolidado una oligarquía con fuertes vínculos con el Estado, interesada en la estabilidad política y económica. El enorme capital humano acumulado durante la época soviética y los altos precios del petróleo le han brindado medios con los cuales ha podido retomar la senda del crecimiento y recuperar su orgullo.
Quizá sea suficiente un solo ejemplo. En el 2000 el mundo vio atónito cómo Putin se negaba a recibir ayuda para rescatar a los marinos atrapados en el submarino Kursk. Siete años después, hubo asombro y sobrecogimiento una vez conocida la noticia de que un submarino ruso plantó una bandera de titanio en lo más profundo del mar Ártico, a donde había llegado a reclamar territorio.
Putin sabe interpretar lo que Rusia espera de su líder: posa para las cámaras cazando ballenas, volando bombarderos, dándoselas de James Bond con el dedo en el gatillo (no en vano fue miembro de la KGB). Si hubiera nacido en estas tierras, quizá iría de cabalgatas y corridas de toros, apelando a los sentimientos más primarios de estatus y de poder. Pero a diferencia de otros líderes de menos estatura, Putin tiene la paciencia y el tacto para darle a su permanencia en el gobierno toda la apariencia de legalidad. Lukashenko en Bielorrusia; Nazarbayev en Kazajistán, Chávez en Venezuela, y tantos otros déspotas que aspiran a estadistas, han de envidiar su sagacidad.
La rudeza y la astucia hacen de Putin un hombre peligroso. A su lado, el excampeón mundial de ajedrez Gary Kasparov es un pelele. En el escenario internacional, hace a Rusia peligrosa. Su política externa es inseparable de su política interna. Este país tiene uno de los peores récords en materia de libertad de prensa. Críticos del régimen, como la periodista Anna Politkovskaya, han caído asesinados.
¡Ay de que alguien critique a Rusia en estas materias! Y Rusia, por su parte, no critica a los peores violadores de derechos humanos. Incluso los respalda, como lo ha hecho con Siria al oponerse en el Consejo de Seguridad a todas las resoluciones con las cuales se ha querido frenar allá una represión brutal.
Putin en Rusia significa años de turbulencia para el mundo. Pero el problema no es sólo él. Mientras tanto, sigamos recibiendo de Rusia todo lo grande y profundo que nos da: su música, su literatura y también la determinación de algunos de sus hijos para luchar contra Putin y contra todo lo que él representa. ¡Adelante Alexéi Navalny!, uno de los líderes de la oposición rusa más importantes, creador del sitio de internet rospil.info donde ha denunciado los grandes negociados de corrupción.
‘¡Hemos logrado una victoria limpia!’
Exultante y con lágrimas en los ojos, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, llegó en la noche a la plaza del manezh, junto al Kremlin, donde se congregaron miles de sus seguidores. Luego de conocer los resultados de las elecciones presidenciales, se declaró ganador. “Hemos vencido. Hemos ganado en una lucha abierta y limpia”, afirmó Putin, acompañado por el presidente saliente, Dimitri Medvédev. “Hemos ganado hoy gracias al apoyo abrumador de nuestros electores. Hemos logrado una victoria limpia. Yo les pregunté una vez, ¿venceremos? Hemos vencido, hemos demostrado que nadie nos puede imponer nada”, dijo el presidente electo. Putin regresa, pero a una Rusia diferente: deberá hacer frente a una contestación política sin precedentes y al estancamiento económico que amenaza al país.
* Profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.