“En mi campo no hay enfermos, sólo muertos o vivos”, sentenciaba por un altavoz Karl Otto Koch, el primer comandante del campo de concentración de Buchenwald en el estado de Turingia en las cercanías de la ciudad de Weimar, que hoy cumple 65 años de haber sido liberado. El 11 de abril de 1945, las tropas estadounidenses de la Tercera Compañía llegaron a este lugar y liberaron a cerca de 21.000 prisioneros, 4.000 de ellos judíos.
Si bien Buchenwald no era un campo de exterminio como lo fueron Auschwitz o Gros Rosen, en sus entrañas imperaba el régimen del terror. Fue construido en 1937 como un lugar destinado a encerrar a una serie de grupos que el régimen nazi consideraba indeseables, entre ellos homosexuales, testigos de Jehová o integrantes de la resistencia. Sin embargo, después de la Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938, pasó a albergar a miles de judíos.
Durante los ocho años que permaneció abierto, este campo de concentración, uno de los más grandes de Alemania, albergó a cerca de 250.000 prisioneros. De ellos, 56.000 no soportaron las terribles torturas a las que fueron sometidos por la SS (las fuerzas especiales del Tercer Reich) ni los experimentos biológicos efectuados sobre ellos, que no se limitaron a las cámaras de gas. Los médicos nazis ensayaron con virus y enfermedades contagiosas como el tifo, que provocaron muchos muertos. En 1944, el doctor de las SS Carl Vaernet empezó una serie de experimentos con los que decía que iba a “curar” a los prisioneros homosexuales.
El “tratamiento” de este médico danés consistía en implantar en la ingle una glándula “milagrosa” inventada por él. Con el apoyo del jefe de la Cruz Roja alemana, el profesor Ernst Robert Grawitz, muchos prisioneros —no siempre homosexuales— recibieron la glándula. Los que no fallecieron durante la operación, presentaron graves complicaciones posteriores. Dicen que el promedio de vida en este campo de trabajo forzoso era de tres meses para judíos y homosexuales. El infierno era más largo para el resto de prisioneros.
Manual de torturas
En Buchenwald, los internos debían usar zapatos de madera, que les abrían múltiples heridas a causa de las astillas que se les enterraban. No se les daba atención médica y los dejaban morir porque una ficha enferma significaba pérdida de dinero. Tener las manos en los bolsillos o mirar directamente a un miembro de la SS era motivo para ser mandado al calabozo o Búnker, ubicado justo en la entrada de Buchenwald.
Ahí, en el colmo de los encierros en las épocas de verano, los alimentaban con agua salada y pepinillos, combinación que provocaba una sed insaciable, aumentada por el calor que producía estar con otras 16 personas en un espacio diseñado para albergar sólo a dos. A otros los obligaban a pararse sin moverse durante horas, y para comprobar que no lo hubieran hecho, espolvoreaban harina sobre sus pies. El castigo para quienes intentaran un descanso era una fuerte golpiza.
Cuentan que en octubre de 1938 dos presos intentaron una fuga. Los soldados alemanes notaron la ausencia al hacer el conteo a las 3 de la mañana, hora en que comenzaba a funcionar la fábrica y todos los prisioneros se reportaban para iniciar la jornada. Las alarmas se activaron y los prisioneros estuvieron de pie durante 19 horas seguidas. Al final del día, el balance fue de 95 muertos: 93 que no pudieron permanecer de pie en las filas y los dos que intentaron escaparse.
La alimentación en general daba grima. Consistía en una ración de 160 gramos de pan fabricado con harina y aserrín y ¾ de litros de sopa hecha con restos y cáscaras de verduras. No había letrinas y muchas veces la gente vivía entre sus propios excrementos. En 1939, la epidemia de disentería que causó la muerte de miles de prisioneros obligó a la SS a construir su propio horno crematorio. Aunque las normas de sanidad dictadas en 1934 prohibían cremar más de un cuerpo a la vez, aquí todas las reglas se irrespetaban. Antes de pasar a los hornos, les quitaban lo único de valor que tenían: los dientes de oro.
De hecho, un médico de la SS, el doctor Wagner, hizo su tesis de doctorado sobre los tatuajes. Para tal efecto, buscaba a los prisioneros que tuvieran grabados dibujos en sus cuerpos para apropiarse de sus pieles, que luego eran expuestas en el departamento de patología como un trofeo muy preciado; esas pieles también eran utilizadas para fabricar artículos de regalos. Se dice que el comandante Koch, por ejemplo, tenía una lámpara de escritorio hecha de piel tatuada.
Una red de muerte
Buchenwald era el campo de concentración desde donde se administraban 87 subcampos de reclusión en Alemania. Cada cierto tiempo se hacía un proceso de selección para decidir el destino de cada prisionero. Los sanos, se iban a las fábricas de armamento, canteras y proyectos de construcción. Los débiles eran enviados a los centros de eutanasia de Bernberg o Sonnenstein, donde eran asesinados con gas. Y aquellos que estaban muy enfermos e incapacitados recibían la inyección letal.
En 1944, el ejército del Tercer Reich ordenó la construcción de un recinto especial para albergar a prisioneros políticos de alto nivel. Este lugar fue levantado cerca del edificio administrativo en Buchenwald, que era un complejo de 18 edificios en donde se entrenaban los militares nazis. Ernst Thaelmann, presidente del partido comunista de Alemania antes de que Hitler ascendiera al poder en 1933, fue asesinado ahí en agosto de 1944.
En 1945, las fuerzas estadounidenses comenzaron a acercarse a Buchenwald, por lo que los nazis evacuaron a cerca de 35 mil prisioneros. Pocos resistieron el viaje hacia otros campos de trabajo. Esos sobrevivientes fueron ayudados por la resistencia, que logró salvarlos de un destino incierto.
A comienzos de abril, cientos de los que quedaron en el campo de Buchenwald murieron de inanición. Cadáveres apilados en todos los rincones del lugar o atrapados en la alambrada que rodeaba el campo fueron parte del dantesco panorama que las tropas de Estados Unidos encontraron el 11 de abril. Además de 900 niños y adolescentes en delicadas condiciones de salud.
Cuando terminó la II Guerra Mundial, el campo quedó bajo control soviético y se utilizó inicialmente para retener a presos políticos. En 1958 el Gobierno de la República Democrática Alemana levantó el Monumento Nacional de Buchenwald, que fue visitado por el presidente de EE.UU., Barack Obama, el año pasado. Al conocer la historia el mandatario sentenció: “Está en nuestras manos asegurar que el mundo no olvide lo que sucedió aquí, recordar a todos aquellos que sobrevivieron y a los que murieron y recordarlos no sólo como víctimas, sino como individuos que amaban y soñaban como nosotros lo hacemos”.
Y agregó: “No tengo paciencia con la gente que niega la historia del Holocausto, que no es algo especulativo. Buchenwald nos enseña que debemos estar siempre alerta frente a la expansión del mal en nuestros días. Tenemos que vigilar nuestra propia crueldad”, advirtió Obama.