En 2011 se celebrarán elecciones presidenciales en cuatro países de América Latina, Perú, Guatemala, Argentina y Nicaragua, y cogerán velocidad dos elecciones decisivas previstas para 2012 en México y Venezuela. En todas ellas se escenificará un nuevo episodio por la hegemonía, al menos de la izquierda, en el mundo iberoamericano.
Abril convocará a los peruanos a elegir al sucesor de Alan García, izquierda teórica en las mejores relaciones con Estados Unidos y Europa. Los cuatro grandes candidatos son Luis Castañeda y Alejandro Toledo —ex presidente—, que aunque no sean del APRA como el presidente en ejercicio, representan una continuidad liberal-conservadora muy al estilo de Juan Manuel Santos en Colombia. Los otros dos, Keiko Fujimori y Ollanta Humala, sí significarían algún cambio, el segundo en la línea populista de Chávez en Venezuela, y la hija del ex presidente Alberto Fujimori por su programa basado en sacar a su padre de la cárcel y vender nostalgia.
Si dependiera de Alan García, la presidenta sería, sin embargo, Mercedes Araoz, competente ministra del APRA que le guardaría calentita la silla para 2016, pero cualquiera de los tres primeros mantendría a Perú dentro de lo que ya se llama el ‘eje del Pacífico’, entente de los cuatro grandes del centro-derecha latinoamericano: Chile, con el presidente Piñera; Perú, casi con quien sea; Colombia, con su último Santos, y México, con el panista Felipe Calderón. El chavismo no avanza y el ‘lulismo’, personificado por la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, mantiene posiciones.
En septiembre le toca el turno a Guatemala, donde es posible que la esposa del presidente Álvaro Colom, Sandra Torres, sea persuadida a presentarse. Si así fuese, la candidatura del hombre de la mano dura, el ex general Otto Pérez Molina, ganaría enteros, porque a la señora Colom no se le toma la opinión muy en serio y la presidencia de su marido se ha ilustrado con la cuasi precipitación del país en la sima de los Estados fallidos, por la dejación de responsabilidades en extensas zonas del territorio. Colom se ha dejado querer por Chávez sin dar nada a cambio del petróleo de rebaja, pero la victoria de Pérez Molina implicaría un retroceso del chavismo.
El premio gordo son las elecciones de octubre en Argentina. El fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner obliga a su esposa, la jefa del Estado, Cristina Fernández, a llevar la antorcha del peronismo izquierdizante. Enfrente habrá de todo. La persistente Elisa Carrió, en nombre de una agrupación de sucinta base electoral; el izquierdista Fernando Pino, sin eso siquiera; el vicepresidente Julio Cobos o Ricardo Alfonsín —hijo de Raúl, ex presidente ya fallecido— por el radicalismo; y un peronismo disidente también llamado federal, para el que ya se ha declarado precandidato el ex presidente Eduardo Duhalde, pero sin duda se atropellarán unos cuantos más por esa única casilla. Si la presidenta no gana a la primera, lo tendrá difícil porque el voto antikirchnerista agrupará en segunda vuelta todo el espectro político. Si ganara la presidenta, en cambio, el chavismo aguantaría, pero a la viuda le gusta demasiado Europa como para ser aliada fiable y, por añadidura, ¿quién puede creer que un argentino se avenga a ser segundo de cualquier otro latinoamericano?
La batalla de noviembre se librará en Nicaragua. El titular, el paleo-sandinista Daniel Ortega, puede ganar en primera vuelta con un 35% de sufragios y una diferencia de 10 sobre su inmediato rival, pero en la segunda todo es posible, pese a la división del antisandinismo entre Arnoldo Alemán y Fabio Gadea. Pero si pierde Ortega, sí habría un retroceso de las huestes bolivarianas, sobre todo en decibelios, porque el hombre de Managua es el más estruendoso de la claque de Caracas.
En 2011 habrá elecciones de gobernadores en 11 estados de México y el PRI, alejado del poder por la oleada democrática de fin de los 90, aspira a recuperar una presidencia que ostentó durante 70 autoritarios años. Y para ello parece condición sine qua non un buen resultado en provincias, en especial en el estado de México, donde fue gobernador Enrique Peña Nieto y la derrota de su sucesor y delfín sería ominosa para sus posibilidades. Peña Nieto, que es ya casi candidato oficial para las presidenciales de 2012, no sería ni amigo ni enemigo de Chávez, pero especialmente trataría de recuperar la posición que debería corresponderle a su país en el escalafón latinoamericano, del que la lucha contra el narcotráfico y la porfía de Calderón por sacarle a Barack Obama una ley de inmigración favorable a los latinos en Estados Unidos le ha mantenido ausente. El ‘regreso’ de México a América Latina tampoco sería grata noticia para el líder del socialismo del siglo XXI, porque metería a otro gallo en la gallera.
Y queda el propio Chávez. No maneja recursos como hasta hace tan sólo dos años por el estado cataléptico de la economía en un país que importa virtualmente todo lo necesario para que el alma siga unida al cuerpo. Venezuela se debate en una corrupción extrema alimentada por la incompetencia de los cuadros que son comisarios políticos antes que técnicos; una inseguridad ciudadana, sobre todo en Caracas, que rivaliza con la peor Colombia de antes del presidente Uribe; y una presión en aumento sobre los medios de comunicación, que pese a todo pueden seguir criticando a la reencarnación de Simón Bolívar en el palacio de Miraflores. El presidente venezolano está nervioso, no le salen las cuentas, ni las del presupuesto, ni posiblemente las presidenciales de 2012. Esa figura geométrico-política que parece que quería trazar entre Cuba y Suecia, la dictadura social pero arruinada y el Estado providencia europeo, se hace indefinible, y eso juega a favor de los impulsos dictatoriales del ex militar que atruena con una voz que odia el silencio.
El chavismo retrocede mientras Lula sólo tiene que esperar cuatro años para llamar a filas. Juan Manuel Santos, entre tanto, cumplirá con su deber manteniendo al bolivariano lo más calmado posible.