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Abuelos luchan por los huérfanos de Isis

Mientras algunos gobiernos se niegan a repatriar a sus ciudadanos que militaron en el Estado Islámico y a sus hijos por temor a que sean una “bomba de tiempo”, sus familiares luchan porque se les permita volver.

10 de mayo de 2019 - 10:00 p. m.
Miles de niños permanecen en peligro en Siria a pesar de la caída del Estado Islámico. / AFP
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El chileno Patricio González Gálvez nunca sospechó que Amanda, su hija nacida en Suecia, y su yerno noruego, Michael Skråmo, tuvieran en sus planes incorporarse al Estado Islámico (Isis). “Fui bien idiota, inocente”, confesó, “se iban de vacaciones a Turquía. Eso me dijeron”, recuerda en una conversación con el periódico chileno La Tercera. Eso ocurrió en 2014, mientras estaba en Gotemburgo, donde reside desde hace treinta años. El viaje de su hija se hizo eterno. Las supuestas vacaciones pasaron de días a semanas y pronto a meses. González intentó ubicar a Amanda por todos los medios, hasta que tres meses después de su partida ella le contestó que estaba en Siria, que se habían unido al Estado Islámico con su esposo y sus cuatro hijos. También le dijo que habían tenido otros tres para un total de siete. “Cuando se convirtió y se fue, de alguna forma sentí que la había perdido. La religión esa es muy fuerte, sobre todo cuando se meten en esa interpretación tan extremista del islam”, dice González. Vea también: El chileno que intenta rescatar a sus siete nietos de Siria

El temor que tenía el chileno, músico de cincuenta años nacido en Villa Alemana, de nunca volver a ver a su hija y a sus nietos se materializó el 3 de enero de 2019 cuando su esposa lo llamó para contarle que Amanda había muerto. “Se me fue todo para abajo. Estuve con un dolor cuatro días en ayuno. Lo hice porque en la última carta que me mandó Amanda antes de morir, el 30 de diciembre, me había contado que la hambruna era terrible, que los niños estaban súper flacos. Y no los podía ayudar porque estaban en un país donde había guerra. Para rescatarla tendría que haber sido Supermán”, dice. Tras la muerte de su hija, el deseo de Patricio fue recuperar a sus nietos para que estuvieran a salvo. Pero su yerno no se lo permitía; quería seguir peleando con sus hijos. Sin embargo, su lucha no duró mucho tiempo. En marzo de 2019, poco antes de que las fuerzas respaldadas por Estados Unidos asediaran el último bastión del Estado Islámico en Siria, Skråmo murió, dejando a la deriva a sus niños, de entre uno y ocho años. Le puede interesar: La voz de los videos de ISIS habla por primera vez 

González inició una larga lucha para reencontrarse con sus nietos. No fue un camino fácil, pues la mayoría de los gobiernos se niega a repatriar a los menores que pertenecieron al Estado Islámico por el temor de que sean una “bomba de tiempo”.

En Suecia les dieron poca atención los menores; después de todo, eran hijos de un terrorista. En Chile, entre tanto, la historia se hizo muy popular. La familia González Gálvez se manifestó en abril ante el gobierno para gestionar la ayuda de los menores. Por lo menos unas treinta personas llegaron ante la Cancillería para diligenciar la ayuda de los niños. El alcalde de Villa Alemana, de donde son oriundos, declaró que los iban a ayudar. “Nosotros tenemos una experiencia de integración que no ha sido fácil, pero que hemos logrado superar y no veo ningún inconveniente para que podamos realizarlo en esta ocasión. Solo espero que la situación se resuelva y los niños estén en un espacio protegido”. Entre tanto, Patricio iniciaba su camino a Siria para rescatar a sus nietos. Le recomendamos: «El Estado Islámico ha sido derrotado en Siria»: EE. UU. 

Patricio González llegó a Siria en la primera semana de abril. El Ministerio de Relaciones Extranjeras de la Administración Autónoma de Siria del Norte le dijo que sus nietos se encontraban en un campamento en Al-Hol, con vida, aunque enfermos de gravedad. El abuelo de Villa Alemana, como lo bautizaron popularmente, rogó una semana para que le permitieran ver a los menores. Fueron horas desesperantes para él, en las que pensó que los niños estaban a punto de morir. Cuando por fin pudo verlos en un hospital, su corazón se partió.

Los nietos de González estaban desnutridos y frágiles, pero vivos. El chileno tomó a uno de los pequeños y le dijo: “Soy tu abuelo y te vengo a buscar”. El pequeño sonrió y todos en la sala comenzaron a llorar, según recuerda el abuelo. Pero el drama de González no terminaba al reencontrarse con sus nietos. Quería sacarlos de allí, pero el gobierno no lo permitía. Necesitaría el permiso de Suecia o de otra nación para llevárselos. “Los suecos se hicieron los tontos”, dice. Así que la mejor opción fue Chile. Finalmente, la cancillería chilena intercedió para que Suecia, que se había hecho la tonta en el caso, según González, acelerara el proceso para dotar a los menores de la documentación necesaria y así poder repatriarlos. Cada jugada diplomática se hizo con discreción.

González se reencontró con sus nietos en Irak el pasado 8 de mayo, a salvo, por fin. Todos llegaron en un lamentable estado de salud. Tras recuperarse, partirán a Estocolmo, donde residen los papás de Skråmo, aunque también podrían llegar a Villa Alemana, en Chile, donde también son esperados por sus familiares.

Pero González no es el único abuelo que ha luchado por reencontrarse con sus nietos, reclutados o llevados a la fuerza por el Estado Islámico.

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Tras cinco años de insomnio, la australiana Karen Nettleton también logró abrazar de nuevo a sus nietos luego de que estos quedaran atrapados en Siria, pues su padre, Khaled Sharrouf, uno de los terroristas australianos más reconocidos, los había llevado consigo a luchar para el Estado Islámico. El caso se popularizó cuando Sharrouf publicó una foto de su hijo, Abdullah, de siete años, sosteniendo una cabeza cortada. La abuela Nettleton insiste en que, aunque sus nietos o sus bisnietos tengan el apellido Sharrouf no son una amenaza y “no significa que sean monstruos. No deberían pagar por lo que hicieron sus padres”, declara.

La organización Save The Children ha pedido al gobierno australiano, y a otros más, que se comprometa a llevar a casa los hijos de los combatientes en Siria para detener el drama que viven. “Todos ellos han vivido bajo el control del EI y han experimentado eventos horribles como violencia, privaciones graves y bombardeos. Muchos han perdido a sus seres queridos y ahora languidecen en campamentos peligrosos donde yacen enfermos y desnutridos, pues no hay comida suficiente para todos. Nadie está defendiendo las acciones de sus padres, quienes deben enfrentar la justicia; pero debemos defender los derechos de cada niño. Australia tiene el poder de repatriar a estos niños y apoyar su recuperación y reintegración en nuestra sociedad”, dice la organización en una carta. Pero ¿son los niños una amenaza?

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“Son víctimas de la situación porque fueron en contra de su voluntad, pero eso no significa que no sean, en cierta medida y en algunos casos, un riesgo”, dice Peter Neumann, director del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización en el King’s College, de Londres. Seamus Hughes, subdirector del programa George Washington, agrega que históricamente los combatientes que obtuvieron experiencia con un grupo extremista fueron los que sembraron grupos nuevos.

Algunos niños han sido encarcelados y torturados por haber pertenecido a las filas del Estado Islámico; pero “ponerlos en la cárcel, exponiéndolos a más violencia, reforzará las narrativas que Isis ha implantado en sus cabezas sobre el mundo exterior”, dice Salah Al-Ansari, investigador del centro de pensamiento Quilliam, quien sugiere la creación de programas para la “desradicalización” y la rehabilitación social. La neurocientífica Stacy Drury agrega que mantener a los menores en prisiones o centros de refugiados con condiciones precarias es una gran manera de radicalizarlos en el futuro”.

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La comunidad internacional continúa buscando soluciones a la crisis generada con los excombatientes repatriados y sus hijos tras la derrota del EI, pero muchos gobiernos han evitado sus responsabilidades. Estados Unidos, por ejemplo, les ha solicitado a otras naciones que reciban a los excombatientes para que sean juzgados, pero rechaza el ingreso de sus ciudadanos exmilitantes. Ningún político quiere ser el responsable de repatriar a un excombatiente que podría radicalizarse y cometer actos terroristas, explica Lorenzo Vidino, director de un programa de investigación de extremismo en la Universidad George Washington.

Algunas naciones, como Indonesia, Túnez, Kosovo y Rusia están buscando un equilibrio entre el castigo y la repatriación. Estos países han recuperado una gran cantidad de niños y en algunos casos de sus madres, pero con un alto costo, pues las familias son separadas.

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“Cada día que pasan en el campamento es un día más fuera de la escuela y de sus derechos fundamentales. No eligieron dónde nacieron o tener un padre yihadista”, dijo en The New York Times Khawala Ben Aicha, parlamentario de Túnez que presiona al gobierno para recuperar a los niños.

Aunque llevar a los niños a casa puede suponer un peligro, también lo es dejarlos en campamentos de refugio y prisiones; sin embargo, “es un riesgo controlado si los traes de vuelta”, dice Tanya Mehra, investigadora del Centro Internacional para la Lucha contra el Terrorismo en La Haya.

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