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Al Qaeda podría desaparecer entre 12 y 18 meses, dice EE.UU.

La retirada de tropas norteamericanas de Afganistán, así como la victoria en la guerra contra el terrorismo, viven un periodo de incertidumbre por el empeoramiento en las relaciones con Pakistán y la inestabilidad política y económica de Afganistán.

09 de diciembre de 2011 - 07:07 a. m.
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Justo cuando la victoria de Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo en Afganistán y su retirada del mismo país se ven más enredadas, tanto por el empeoramiento en la relación con Pakistán –su aliado estratégico- como por la inestabilidad del Gobierno afgano y el empeoramiento en la salud del mandatario paquistaní, expertos en seguridad y exoficiales del ejército norteamericano salen a decir que a Al Qaeda le podrían quedar entre 12 y 18 meses de vida.


La muerte de Osama Bin Laden, quien fundó Al Qaeda en 1988, y del libio Atiyá Abd al Rahman, que dirigía el día a día de la red terrorista, fueron golpes contundentes y victorias del Gobierno de Barack Obama durante 2011. La desaparición de Al Qaeda, según Brian Fishman, experto antiterrorismo de la Fundación Nueva América, ahora está sujeta sólo a la eliminación de dos hombres que la CIA está buscando, Ayman al Zawahiri y Abú Yahya al Libi. De eliminar a estos dos, dice Fishman, podría decirse que “jamás estuvimos tan cerca del final”. Andrew Exum, exoficial del Ejército norteamericano y miembro del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, añade que hay una posibilidad real de que Al Qaeda desaparezca entre 12 y 18 meses.


Pero la muerte de Bin Laden también puede leerse como un hecho que puso más obstáculos para la guerra contra el terror y para cumplir con el plan de retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, que debía realizarse progresivamente desde julio de este año hasta 2014. El operativo, que fue ejecutado en Abbotabad (Pakistán) por un comando estadounidense sin permiso del Gobierno paquistaní, inició una crisis en las relaciones de ambas naciones consideradas aliadas en la guerra contra el terrorismo. La crisis se agudizó en septiembre, cuando el entonces jefe del Estado Mayor de EE.UU., Mike Mullen, dijo que a la red talibán Haqqani es un brazo estratégico del servicio de inteligencia paquistaní. Las acusaciones han generado indignación en el Gobierno y la población de Pakistán, y este sentimiento se ha acrecentado desde el pasado 26 de noviembre, cuando 24 soldados paquistaníes murieron en un ataque aéreo de tropas de la Otan comandadas por EE.UU., al que Pakistán respondió cerrando la frontera a los suministros de la misión para Afganistán y ordenando el desalojo de una base aérea estadounidense. Así, la operación antitrerrorista norteamericana en la región se complica y entra en un periodo de incertidumbre.


A lo anterior se suma que el presidente paquistaní, Asif Alí Zardari, cumple hoy tres días de estar hospitalizado por un supuesto pre-infarto, y crecen las especulaciones sobre la posibilidad de que el Ejército este planeando sacarlo del poder. La información sobre la salud del presidente es contradictoria. El portavoz presidencial, Farhatulá Babar, dijo que Zardari había ido el miércoles a Dubái para someterse a «exámenes médicos», pero ayer difundió un mensaje en el que aseguró que Zardari se está «recuperando» y admitía que el mandatario sufre problemas cardiacos. La revista estadounidense Foreign Policy, por su parte, publicó esta misma semana que EE.UU. había sido informado de que Zardari sufrió un «pequeño ataque de corazón», razón por la cual podría verse obligado a dimitir. La constitución de un gobierno interino sería determinante para el mejoramiento de las relaciones entre EE.UU. y Pakistán y para acelerar la recta final en la guerra contra el terror. No obstante, quienes más cercanos se ven para tomar las riendas son los militares, que desde la muerte de Bin Laden mantienen tensas relaciones tanto con Zardari como con las tropas norteamericanas.


Además, la corrupción que permea el gobierno afgano, sumada a su crisis de presupuesto, ha demostrado que este país no tiene la estabilidad necesaria para transferir el poder a las autoridades tras la retirada de las tropas de EE.UU. En Washington se multiplican los informes sobre estos problemas, que la conferencia de Bonn (Alemania) trató de subsanar con la promesa de apoyo financiero al país asiático hasta 2024.
El conflicto en Afganistán abarca ya una década y va camino de superar al de Vietnam como el más largo de la historia de EE.UU. Aunque en 2011 volvieron 10.000 de los 90.000 soldados estadounidenses desplegados en ese país, el año se cierra con un dudoso balance: agosto fue el mes más mortífero desde el inicio de la guerra, con 67 militares muertos. Según las últimas cifras del Pentágono, han muerto más de 1.800 estadounidenses en Afganistán desde el inicio de la ocupación.


Sin embargo, los analistas se muestran optimistas. Si matan a Al Zawahiri y Al Libi, ninguna figura de Al Qaeda tendrá el carisma, la legitimidad y el prestigio para reemplazarlos, y la organización no se repondrá, dice Marc Sageman, ex agente de la CIA en Pakistán y autor de «Leaderless Jihad» («La Yihad sin jefe»). Añade que, aunque las organizaciones exteriores y afiliadas, como Al Qaeda en la península arábiga (Aqpa) o Al Qaeda en el Magreb islámico (Aqmi), seguirán siendo un peligro, «tal vez llegarán pequeños mandos, pero ya sabemos que no tendrán la envergadura requerida».


Para Fishman, es seguro que Al Qaida no desaparecerá completamente nunca. «Siempre habrá alguien para coger un fusil o intentar poner una bomba artesanal en su nombre. “Al Qaeda se convertirá en un sistema de lobos solitarios. Pero si una organización terrorista se convierte en una reunión de lobos solitarios es porque todo lo demás ha fracasado», dice. El canto definitivo de la victoria en la guerra contra ‘el terrorismo’, para Sageman, es una idea lejana. “Nunca habrá un ganamos”, afirma, y añade que el debilitamiento de la red terrorista se hará en un proceso lento y progresivo.

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