El historiador británico, en su tiempo muy reputado pero hoy bastante menos, A. J. Toynbee publicó hace más de medio siglo una obra monumental por lo larga titulada Estudio de la Historia, en la que enumeraba la existencia de veintitantas civilizaciones que en el mundo han sido, entre ellas la latinoamericana. Leído lo que tenía que decir sobre la misma, no quedaba muy claro en qué consistía más allá de un cierto carácter derivado, como de transformación de algo preexistente. En fecha mucho más cercana otro historiador, éste italiano, Marcello Carmagnani, publicaba un libro titulado El Otro Occidente donde, con mayor precisión, se establecían las conexiones de ‘lo latinoamericano’ con lo que se conoce como ‘mundo occidental’. Y podemos decir que ese carácter de ‘otro’ o ‘segundo’ Occidente que durante siglos ha tenido América Latina sufre el asalto de varias e intensas potencias que pretenden que deje de serlo.
Las ofensivas contra el paradigma clásico son tres. Una coyuntural, aunque con vocación de estructural, y dos claramente estructurales. La coyuntural la protagoniza con la intensidad anímica que le caracteriza el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. En su tentativa de ‘empoderar’ a los que nunca han sido poder, hasta hace poco ricamente lubricada de crudo, está diciendo que la imagen de América Latina, una imagen que intente representar a la vez el barrio de Palermo en Buenos Aires, o la Zona Rosa de Bogotá, y las calles monticuladas de Tegucigalpa, debe someterse urgentemente a revisión. Si esa síntesis entre lo más y lo menos occidental de América Latina podía estar aún hoy representada por Juan Valdez, el triunfo del triple asalto obligaría a decirle adiós al genial bigotudo colombiano.
Pero este primer asalto tiene mucho de coyuntural. Chávez es socialista del siglo XXI y bolivariano, en buena parte porque la Venezuela que le precedió era ultracapitalista y norteamericanizante, con el resultado de una gobernación casi siempre incompetente y corrupta; y de igual forma que aquel petróleo facilitó el desgobierno, ha permitido también este año la contraofensiva chavista.
El segundo asalto es mucho más de fondo: los triunfos en las urnas de Evo Morales, el presidente boliviano, reclaman con toda la fuerza del color y del número que se sustituya la postal televisiva de Juan Valdez. El indígena que ha permanecido durante los últimos siglos, colonia e independencia, en pasillos laterales de la historia ha dado un paso al frente, se ha posesionado del Palacio Quemado en La Paz, y con la reciente aprobación de la nueva Carta Magna comienza una larga tarea antropológica que hay que denominar por su genuino nombre: la deshispanización de Bolivia, con objeto de recuperar aquello de posincaico que aún posea la nación indígena.
No significa todo ello una cabal renuncia a la lengua de Castilla, entre otras cosas porque en muchos casos la necesitan los indios bolivianos para entenderse entre ellos mismos; pero, si en el caso de Chávez más que un asalto a Occidente asistimos a un intento de dominarlo o hasta de sobornarlo, en el altiplano nos encontramos con la negación pura y simple de gran parte de lo que esa civilización nombrada por Toynbee y Carmagnani ha hecho por y de América Latina. Borrar 500 años y empalmar con una Edad de Oro que, quizás, un día se descubra que, como todos los mitos, nunca existió.
¿Cuáles son las posibilidades de propagación o recluta de miembros para ese doble asalto? Se da por supuesto que las arcas venezolanas cada vez más ‘crudas’ difícilmente podrán sostener el desembolso hasta hoy efectuado, que la oposición a Chávez calcula en donaciones por valor de 53.000 millones de dólares, en menos de 10 años. Y el referendo constitucional del próximo 15 de febrero que determinará el fin o la continuidad de la carrera política del líder bolivariano —y posiblemente también del presidente Uribe, que contra un Chávez victorioso hallaría nuevos estímulos para un tercer mandato— nos dirá mucho sobre la solidez del proyecto del Palacio de Miraflores.
Pero en el caso boliviano los objetivos son más que nítidos: Perú y Ecuador antes que nada, Paraguay y Chile quizá más tarde, la América Andina como alma máter de un movimiento panindígena que no puede entusiasmar en lo más mínimo al peruano Alan García, como muestra a cada instante, ni al ecuatoriano Rafael Correa, aunque por afición antiimperialista figure hoy nominalmente en las toldas chavistas; y de ahí a América Central, donde el indígena es tan indigente como en Bolivia, dejando a Colombia en bocadillo quizás a la espera de que voten los dos tercios de la nación que no militan en la seguridad democrática porque tienen cosas más urgentes que hacer. Pero se trata sólo de un objetivo; no un destino inexorable.
El tercer asalto, concebido como atrevida síntesis de todo lo anterior, es el del brasileño Lula y eventuales sucesores. Luiz Inácio da Silva no es antioccidental, ni especialmente indigenista, pero sí un demócrata latinoamericano empeñado en la integración de poblaciones, y en la renacionalización de toda América Latina, para lo que le sobran los Estados Unidos de la OEA y el modesto binomio España-Portugal de las cumbres iberoamericanas, y le falta Cuba, hoy ya en trance de volver donde solía. Esa síntesis, no por medida y necesitada de aliados clave como México y Argentina, sin los cuales no va a ninguna parte, dejaría de alejar al continente, con su neodoctrina Monroe a la brasileña, de Europa y Estados Unidos; esto es de Occidente.
Los tres asaltos u ofensivas no pueden, sin embargo, discurrir eternamente cada una por sus alvéolos nacionales, sino que pugnan por un mismo espacio, aunque coyunturalmente la bolivariano-chavista y la indigenista de La Paz hagan las mejores migas. No caben tantas prima donnas en el mismo escenario y si Chávez puede con relativa facilidad compartir camerino con Morales a condición de que éste le compadree en todo, la incompatibilidad de fondo con el ‘lulismo’ es insondable.
¿Pintará algo el presidente norteamericano Barack Obama en todo esto? ¿Le han contado ya lo que está pasando? Su sola existencia dificulta la operación de Chávez porque es más arduo oponerse a una figura tan gentil y carismática como la del afroamericano, que al obtuso Bush segundo, que hasta para leer el teleprompter ponía cara de realizar un severo esfuerzo intelectual. Pero si el nuevo presidente de Estados Unidos creyera que con buenas maneras y modos de consulta basta para no ‘perder’ América Latina, se equivoca gravemente. Los próximos años, quizá décadas, serán por ello regiamente interesantes en ese ‘otro’ Occidente, en trance u ocasión de dejar de serlo. ‘Otro’ sin duda; Occidente, veremos.
* Editorialista del diario El País, de España