Durante 20 años, hasta que cayó el Apartheid en Sudáfrica, el nombre de Eugéne Terreblanche era sinónimo de la causa de los boers, sudafricanos blancos que aspiraban a la secesión de su región en el sur del país y que lanzaban consignas racistas en masivos mitines políticos que algunos observadores de la época comparaban con los de Hitler.
El sábado, tras años de vivir en silencio, el cuerpo de Terreblanche fue encontrado sobre su cama, con heridas en su cabeza y su cuerpo y un machete al costado. Lo asesinaron, según la policía, un hombre y un niño empleados suyos, quienes ya fueron capturados y con los que habría discutido por unos salarios no pagos.
La muerte del líder de ultraderecha, cuyo partido, el Afrikaner Weerstandsbeweging (AWB) había resucitado hace dos años, produjo una agresiva reacción de su organización, que de inmediato aseguró, en un comunicado, que la muerte había tenido intenciones políticas y pidió “venganza”.
El presidente del país, Jacob Zuma, llamó a la calma a los habitantes y se mostró preocupado por un posible incremento en la polarización racial del país.