Por segunda vez, la Plaza de la Revolución, escenario del gobierno comunista cubano, se convirtió en la plaza de la religión. Frente a los rostros de los guerrilleros Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara se levantó el podio desde donde Benedicto XVI se dirigió ayer a medio millón de cubanos. Dijo que la isla debe abrirle más espacio a la Iglesia católica y que tanto Cuba como el mundo necesitan “grandes cambios”.
La misa “transcurrió en un clima de recogimiento y respeto, fueras creyente o no. El hecho no era politizar el encuentro. No obstante, un par de voces de la disidencia se alzaron para llamar la atención del papa, pero fueron rápidamente calladas por los creyentes”, le cuenta a El Espectador Rafael González, un periodista cubano que, a pesar de ser ateo, asistió al evento que considera “un síntoma del reconocimiento del trabajo del gobierno y su pueblo, más allá de los pretextos religiosos”.
En su discurso, el máximo jerarca del Vaticano condenó al “capitalismo salvaje, que ha dejado al hombre desprotegido frente a ciertos poderes que no tienen en cuenta el bien auténtico de las personas y las familias”. Esta alusión venía alimentada por el gobierno de Raúl Castro, que con motivo de la visita apeló en los últimos días a los puntos comunes entre marxismo y cristianismo.
Benedicto XVI también dijo que la Iglesia busca dar su “testimonio” no sólo en la catequesis, sino también en la educación, sabiendo que las escuelas católicas fueron “nacionalizadas” tras la llegada al poder de Fidel Castro en 1959. “La Iglesia busca dar este testimonio tanto en la catequesis como en ámbitos escolares y universitarios. Es de esperar que pronto llegue aquí el momento de que la Iglesia pueda llevar a los campos del saber los beneficios de la misión que su Señor le encomendó”, expresó, y añadió, sin embargo, que son importantes los avances de la religión en la isla.
En el discurso del papa no hubo mención a los presos y decenas de personas a las que el gobierno castrista impidió asistir a las celebraciones religiosas. Amnistía Internacional denunció que más de 150 opositores políticos y activistas de derechos humanos fueron detenidos por las autoridades o se les cortaron las líneas telefónicas “para impedirles que denunciaran abusos” durante la visita papal. La máxima autoridad del Vaticano se limitó a decir que “Cuba y el mundo necesitan cambios”, que sólo se darán “si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad”.
Después de la misa, el papa se reunió con el padre de la revolución, Fidel Castro, antes de concluir su gira por Latinoamérica. Castro, retirado del poder desde 2006, ya se había reunido dos veces con Juan Pablo II, la última de ellas cuando el religioso visitó la isla en 1998 y clamó, desde la plaza de la revolución, por que “Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.