China es un misterio para Occidente. Incluso es un misterio para los mismos chinos. Sus vertiginosas contradicciones y su aplastante tamaño hacen que hasta los más expertos se confundan. La visita oficial del presidente Juan Manuel Santos a su homólogo chino, Hu Jintao, además de concretar pasos hacia el Tratado de Libre Comercio con Pekín y alianzas estratégicas para fortalecer la infraestructura nacional y alimentar la industria del país asiático, fue una ocasión para derrumbar paradigmas que, por desinformación, se tienen en Occidente sobre la nación comunista.
El primer mito es precisamente el comunismo. En la era pos Mao Zedong, la base ideológica del Partido Comunista Chino (PCC) cambió y una serie de reformas económicas trajeron el capitalismo al país asiático, que en las últimas tres décadas pasó de ser una nación pobre a la segunda economía mundial. En una generación, la élite del Partido se convirtió en una clase dirigente adinerada, vestida con finos trajes y dueña de una buena porción de los negocios del país.
Esos cambios han traído el aumento de la inequidad entre clases sociales y han hecho de China uno de los países con mayor desigualdad salarial en Asia. En las calles de Pekín y Shangái, dos de las ciudades que visitó la delegación colombiana, se encuentran mendigos junto a los rascacielos de las grandes empresas que pertenecen al Estado y lideran el comercio mundial. Muchos chinos piensan que si algo sobrevive del maoísmo, está en las provincias más apartadas y rurales, aunque incluso allá se está cediendo cada vez más espacio a la urbanización. Los pobladores de las montañas están sometidos a la expropiación de sus tierras y a la competencia de productos que llegan a China desde el extranjero.
No obstante, es una generalización sin sentido pensar que el comunismo desapareció entre las reformas económicas de las ultimas décadas. El tipo de gobierno ideado por Lenin, y que Mao intentó ajustar a China, puede verse en la fórmula que ha garantizado la permanencia del PCC en el poder desde 1949: el Partido ha conservado el control del Estado y de los tres ejes para la supervivencia de éste: el personal gubernamental, la propaganda y el Ejército de Liberación Popular.
Para los chinos, tanto como para Occidente, es un misterio lo que sucede tras las imponentes fachadas de las sedes del partido único. Santos, con su comitiva de 76 miembros del gobierno y la prensa colombiana, pudo entrar a esos míticos lugares. Las puertas del Palacio del Pueblo, una edificación de 170 mil metros cuadrados, se abrieron para que el mandatario fuera recibido con honores militares en un recinto de sobria majestuosidad.
Allí se reunió con Hu Jintao, el presidente del que los chinos hablan como si fuera un dios. Santos también entró a la casa presidencial, de arquitectura más bien tradicional, donde se reunió con el primer ministro, Wen Jiabao, el carismático personaje que llama a hacer reformas políticas para aplacar el malestar generado por las injusticias sociales.
El segundo mito es el de una sociedad cerrada y censurada. No todo lo que se habla sobre las restricciones a internet en China es cierto. Desde hace más de una década los chinos pueden enviar más de un millón de correos con material que el gobierno considera sensible. Aunque no hay acceso a Youtube ni a redes sociales como Twitter y Facebook, y las redes existentes son controladas por el Estado, los chinos se las ingenian para crear programas (el más conocido es el VPN) que pueden comprar en las calles y a través de los cuales ingresan a internet sin ningún problema. Además, si bien es impensable la figura de un opositor en el gobierno, en las páginas del South China Morning Post o el Shangai Daily, entre otros diarios, hay voces críticas que dejan ver que la censura a la libertad de expresión no es absoluta.
Un tercer mito es el del total control del país por parte del PCC. Difícilmente un gobierno puede controlar a cerca de 1.400 millones de personas, aunque se trate de una organización política con más de 75 millones de integrantes y en los infinitos postes que alumbran Pekín y Shangái cuelguen millones de cámaras de vigilancia. Basta caminar las calles del Sanlitun Bar Street de Pekín después de medianoche para ver el auge de la prostitución —que aunque es ilegal sobrevive camuflada en las fachadas de clubes de masajes y SPA— y el narcotráfico —especialmente de la cocaína y hachís—. Ni hablar del contrabando y la piratería: en los llamados Mercados de la Seda, la cuna de las imitaciones chinas, donde se compran Rolex de US$10 y trajes Armani de US$60, desembocan ríos de chinos y extranjeros a llenar tulas con ropa, joyas y tecnología pirata.
Y si así es en Pekín (la capital cultural e histórica) y Shangái (la capital financiera), “seguro que el gobierno no tiene idea de la situación que se vive en las provincias lejanas y no puede asegurar que su ley sea impuesta allí”, dice un estudiante de la Universidad Pública de Pekín —la misma donde trabajó Mao Zedong y a la que el presidente Santos asistió para dar un discurso sobre los logros y retos de su mandato y la perspectiva de Colombia como destino seguro para los inversionistas—.
Fuentes cercanas al gobierno cuentan a El Espectador que el narcotráfico, castigado con pena de muerte a partir de los 50 gramos, según el código penal chino, tiene su cuna especialmente en la provincia de Cantón, cerca de Hong Kong, donde el negocio es generalmente controlado por nigerianos y una de las organizaciones delictivas más peligrosas a nivel mundial, conocida como 14 Kilates, que lidera no sólo el comercio de estupefacientes, sino la prostitución y trata de personas. Cantón es la cuna de los talleres clandestinos (generalmente de textiles), la falsificación, la extorsión, el pirateo de películas y música y el lavado de dinero.
Los colombianos también tienen su papel en estas redes de criminalidad en China. La droga que sale de Bogotá pasa especialmente por Dubái o Moscú antes de llegar a Cantón, Pekín y Shangái. En la China Continental hay al menos 60 colombianos detenidos, cuatro de ellos condenados a pena de muerte por narcotráfico. Las redes transnacionales de prostitución traen colombianas provenientes especialmente del Eje Cafetero, que en Colombia viven en la pobreza, prometiéndoles su ingreso al mundo laboral. Una vez llegan, les quitan los pasaportes y las explotan en fábricas o sexualmente.
El cuarto mito es el de la “primavera China”. Es tiempo de revoluciones en el mundo y los medios no han tardado en especular con un levantamiento popular contra el partido comunista. Periodistas y transeúntes, siempre bajo un estricto anonimato, confirman que pueden ocurrir entre 200 y 500 manifestaciones diarias, que existe la disidencia y son frecuentes los arrestos domiciliarios. En todo caso, para ellos estas cifras no son muy revelantes. Los trabajadores rurales, en cambio, sí podrían constituir un desafío para el gobierno. Pero, en todo caso, su levantamiento no consistiría en una protesta prodemocrática, sino en un reclamo por la tierra. Ocho días de visita estatal sólo son la degustación de una cultura milenaria.
Ecos de la visita
Más que un cliente
El presidente Juan Manuel Santos concluyó el viernes su viaje oficial a China en la capital económica del gigante asiático, Shangái, donde se reunió con su alcalde, Han Zheng, y ante un centenar de empresarios. Dijo que Colombia no quiere ser “cliente, sino socio”.
Alianza importante
El presidente colombiano señaló a las autoridades chinas la importancia de la Alianza del Pacífico, cuyo tratado se firmará el próximo mes de junio. Dicho pacto buscará la unión comercial de Colombia, Perú, Chile y México para fortalecer los intercambios con Asia y China.
Desplazó a Europa
China pasó a ser el principal o el segundo socio comercial para varios países latinoamericanos, dejando de lado a Europa, aunque en la mayoría de los casos las compras son de materias primas. Brasil, México, Argentina y Chile son sus principales socios en la región.
Petróleo y TLC
Según el presidente Juan Manuel Santos, entre los aspectos positivos del viaje del gobierno colombiano a China se encuentra el acuerdo para un estudio de viabilidad sobre un tratado de libre comercio (TLC) bilateral. También resaltó el avance petrolero entre Ecopetrol y la estatal china Sinochem y el Banco de Desarrollo de China, los cuales firmaron un acuerdo de principio para construir un oleoducto que conectará a la región de donde proviene la mayoría del crudo que extrae Colombia con los puertos del océano Pacífico. Colombia es el octavo exportador de crudo a China.