“No importa lo que los otros digan ni las sanciones ni la presión y los ataques militares que la sigan: no vamos a salirnos de del camino para construir fuerzas nucleares”, dijo hace una semana Kim In Ryong, el embajador norcoreano ante Naciones Unidas, durante una reunión del Consejo de Seguridad de ese organismo.
El lunes pasado, pocas horas antes de que la televisión oficial norcoreana anunciara que probó con éxito uno de sus misiles balísticos intercontinentales (ICBM, por sus siglas en inglés), el embajador de China ante Naciones Unidas advertía sobre las “consecuencias desastrosas” que podría tener una eventual escalada en la tensión entre el régimen de Pyonyang y el resto del mundo.
Aunque está en duda si el misil que se puso a prueba tenía el alcance que le atribuyó el Gobierno norcoreano —que lo describió como capaz de alcanzar cualquier lugar del mundo—, los científicos calculan que, por su trayectoria, el lanzamiento demostraría que Pyonyang domina la tecnología para poner un misil en Alaska, algo que no dejó quieto al presidente estadounidense, quien casi de inmediato le pidió a China que realizara “un gesto fuerte” capaz de “poner fin a este absurdo de una vez por todas”.
Hasta el momento, el peso del Gobierno chino ha persuadido a Estados Unidos de realizar una intervención directa en Corea del Norte. La cercanía geográfica de China con el régimen de Kim Yong-Un, que además es su protegido económico y militar, ha hecho que el presidente chino Xi Jinping asegure que está en desacuerdo con el programa nuclear de sus vecinos, y haya optado por la vía diplomática para tratar de desarmar al Gobierno norcoreano.
Que China tome medidas más duras contra Pyongyang se ha hecho cada vez menos probable, más aún en medio del clima de desconfianza que existe detrás de la relación cordial entre los presidentes de ambos países. En la larga lista de torpezas diplomáticas que EE. UU. ha cometido contra China están los dos ejercicios militares en aguas cuya soberanía se atribuye el gigante asiático, el último de los cuales, el pasado 2 de junio, fue descrito por el gobierno de Pekín como una “provocación política y militar seria”.
También está la venta de USD$1,4 billones en armamento para Taiwán que, a pesar de estar separado de China desde la revolución, es considerado por Pekín como una provincia separatista y cuya relación con EE. UU. ya había sido fuente de desavenencias cuando, al comienzo de su mandato, Trump mantuvo una conversación telefónica con Tsai Ing-wen, la presidente Taiwanesa.
Por otro lado, a finales de junio, EE. UU. impuso sanciones contra un banco, una empresa de transporte marítimo y dos ciudadanos chinos por sus vínculos con Corea del Norte, medidas a las que entraría a sumarse la legislación que impediría la importación de acero chino para EE. UU.
Con este escenario, China parece tener muy pocos incentivos para ejercer la presión que pide EE. UU. contra el Gobierno norcoreano. Después del encuentro de este martes entre el presidente Xi Ping y Vladimir Putin, ambos mandatarios pidieron “a todas las partes moderación y renunciar a los actos provocadores y a la retórica guerrera”. La paciencia de China y su insistencia en buscar una salida diplomática la podría llevar de nuevo al escenario en el que, entre 2003 y 2007, logró sentar a negociar a los gobiernos de las dos Coreas, Japón, Rusia y Estados Unidos.
Las “negociaciones a seis bandas” comenzaron cuando Corea del Norte salió del tratado de “no proliferación nuclear”. Los norcoreanos ofrecieron dejar su programa armamentístico a cambio de combustible y la normalización de sus relaciones con EE. UU. y Japón. Sin embargo, las charlas se suspendieron en 2009, cuando el Gobierno norcoreano intentó poner en órbita un satélite contra la voluntad del resto de negociadores. A pesar de las dificultades que implica negociar con un régimen caprichoso y acorralado como el de Kin Jong-Un, la presencia de armamento nuclear en medio de la ecuación hace que la apuesta china siga siendo la más sensata.