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Colombia ante las elecciones de Estados Unidos

Estados Unidos exportó en 2011 bienes y servicios a América Latina y el Caribe por valor de 210.000 millones de dólares.

04 de noviembre de 2012 - 06:00 p. m.
El voto latino será clave en el triunfo de cualquiera de los dos candidatos en las elecciones de mañana. / AFP
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Seguramente no hay gran diferencia para Colombia entre la victoria del presidente Barack Obama y la del aspirante republicano, Mitt Romney, en las elecciones del 6 de noviembre. Pero es probable que una mayoría de colombianos, y sin duda los hispanos o latinos de Estados Unidos, sigan siendo favorables al candidato demócrata. Un 69% de los que votaron en 2008 lo hicieron por el presidente y las cifras para el próximo martes se sostienen en algo más del 60%, pese a que Obama no ha hecho honor a sus promesas de aliviar la situación de los emigrantes del sur.

Aún más que contra McCain hace cuatro años, el mayor mérito presidencial, ante una comunidad de más de 20 millones de residentes legales, es la inoperancia de su oponente. Y como las encuestas prevén un final ajustado, 12 o más millones de votantes latinoamericanos podrían ser decisivos en la contienda.

Romney alabó en su día la ley de inmigración de Arizona que, aunque enmendada por el Supremo, aún permite a la policía la identificación de cualquier “sospechoso de meridionalidad”, llegando a afirmar que la consideraba un modelo a seguir para toda la nación. El candidato, muy dado a decir lo que quiera oír su parroquia del momento, trató de arreglar el desaguisado en uno de los debates televisados con Obama, pero sin mostrar gran convicción en ello.

El presidente no ha dado la “solución integral” al problema de la inmigración como había prometido, pero cuando menos sostiene la Dream Act, el proyecto de ley que facilitaría la nacionalización de 1,7 millones de estudiantes indocumentados e hijos de latinoamericanos nacidos en Estados Unidos, a todo lo cual se opone el candidato republicano. En vano se limitaba Romney a repetir el presunto legado mexicano de su familia, pero omitiendo que era así porque se huía de la legislación norteamericana que prohibía la poligamia, práctica permitida, en cambio, por la Iglesia mormona, en la que el candidato ha alcanzado la dignidad de obispo.

El apoyo a Obama de los hispanos es mucho más acusado entre los que siguen siendo católicos —como la madrastra española impuso en su día— que entre los que se han convertido al fundamentalismo protestante (73% por el presidente y 19% para el aspirante). Posiblemente, y eso vale de manera especial para los colombianos, porque mantener la religión de sus mayores les conecta mucho más vigorosamente con un pasado nacional en el que mudar de religión habría oscilado entre excentricidad y apostasía. Y, siempre en el medio hispano, aquellos que no profesan ninguna religión se decantarían también en proporciones similares por el demócrata. Es privilegio de los católicos de todas las latitudes optar si les place por el agnosticismo, pero, por favor, sin favorecer a la competencia.

El ocupante de la Casa Blanca, con la vista ya puesta en los idus de noviembre, maniobró en junio pasado para frenar las deportaciones de inmigrantes, que habían sido anormalmente altas durante su mandato, y facilitó prórrogas de dos años de estancia que permitían desempeñar empleos temporales a cientos de miles de jóvenes indocumentados, nacidos en el país o llegados a Estados Unidos como infantes.

América Latina apenas figuró, en cualquier caso, en los tres debates televisados que celebraron los candidatos. Obama ni mencionó su existencia y Romney, en el tercer encuentro dedicado exclusivamente a la política exterior, sólo lo hizo como mercado y ocasión para el negocio. La UE no mereció ni una mínima alusión y cuando Romney se acordó de que existía España fue para ponerla como ejemplo de lo que no había que hacer. Pero Estados Unidos exportó en 2011 bienes y servicios a América Latina y el Caribe por valor de 210.000 millones de dólares, el triple de lo que le factura a China; México ya es hoy el segundo mercado para sus exportaciones —tras la UE—, y Brasil el tercero, aunque Colombia sólo aparece en el lugar número 20. Y Washington se surte de casi un tercio del petróleo que importa del sur del río Bravo, especialmente de la malquerida Venezuela chavista, pero también de México, Colombia y Ecuador.

Y puestos a elegir, parece razonable suponer que, ya superadas las suspicacias del Partido Demócrata sobre el tratado de libre comercio (TLC), el gobierno de Juan Manuel Santos se sienta más a gusto con el laico Obama que con el episcopal Romney porque el presidente tiene mucho más a Colombia en la cabeza. Desde la firma de su TLC con Estados Unidos en 1994, México ha multiplicado su comercio con el gigante del Norte y duplicado la población en las regiones limítrofes. Está por ver en qué medida el acuerdo beneficia a Colombia, pero esos datos son golosos para Bogotá. Según el analista norteamericano Robert Kaplan (The Revenge of Geography), Washington debe privilegiar sus relaciones con América Latina para crear un arco de estabilidad de México al nacimiento de la región andina, en especial habida cuenta de que Colombia parece próxima a desplazar a Argentina como tercera economía latinoamericana, tras Brasil y México.

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El huracán ‘Sandy’ puede, finalmente, contar también en las urnas. Contra Romney porque ha podido cortar su movimiento ascendente de los últimos días, o contra Obama si es negativa la percepción popular de cómo ha combatido su administración la devastación climatológica. Sea como fuere, la mayoría de los hispanos de Estados Unidos, y moralmente muchos colombianos, seguirán votando a Barack Obama, demócrata afroamericano, con preferencia al mormón Mitt Romney.

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