Una bandera acompañó a Michelle Bachelet a lo largo de la exitosa campaña que culminó el domingo con la victoria de la candidata de izquierda con el 62,1% de los votos: la reforma a la educación. Ha sido un tema sensible en Chile durante los últimos dos años, generador de múltiples protestas y movilizaciones sociales que apuntaban que el modelo vigente es uno de los resquicios más evidentes que dejaron los años de dictadura (1973-1990) y que es menester dar un giro.
Bachelet, quien se posesionará en marzo próximo tras haber gobernado el país entre 2006 y 2010, parece tener claro el camino a seguir, pero más que una reforma a la educación, ha impulsado la idea de que este cambio debe estar enmarcado en uno más amplio, en una asamblea constituyente. Lograr, por ejemplo, la gratuidad de la educación pública —una de sus promesas— no sería posible sin, al mismo tiempo, adelantar una reforma tributaria que redistribuya las cargas de los recursos públicos. Todo esto sin contar que dentro de sus aspiraciones de cambio también se encuentran la aprobación terapéutica del aborto (penalizado en la actualidad) y el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Los números lucen favorables a Bachelet tras las elecciones. No sólo marcó una amplia diferencia con su rival en las urnas, Evelyn Matthei, sino que en la primera ronda electoral del 17 de noviembre, su coalición, llamada por ella ‘Nueva Mayoría’, obtuvo 68 de los 120 escaños de la Cámara Baja y 12 de los puestos del Senado que estaban en juego. Sin embargo, la batalla aparenta ser dura de cara a impulsar las reformas.
La Nueva Mayoría es la heredera de la ‘Concertación’, que por 20 años gobernó a Chile agrupando partidos de centro y de izquierda, desde socialistas hasta partidarios de la Democracia Cristiana. No obstante, el nuevo aire que le dio Bachelet a la coalición incluyó para los últimos comicios al Partido Comunista, lo que hizo aún más heterogéneo el grupo.
Los análisis políticos ahora apuntan a entrever cómo podrá venir el futuro de la Nueva Mayoría y las reformas promovidas por Michelle Bachelet. Temas sensibles como el aborto y el matrimonio homosexual podrían generar cierto inconformismo entre la facción democristiana, que no es menor adentro de la coalición. Lo propio podría ocurrir en materia económica, con promotores de ideas moderadas frente al intervencionismo estatal y opositores francos al modelo neoliberal.
A pesar de todo, el gran peso político de la coalición sigue estando en el partido socialista, del que Bachelet es una de sus grandes figuras, pero es casi seguro que serán necesarias ciertas concesiones para avanzar en los proyectos prioritarios. De otra parte, los comicios dejaron en el aire la posibilidad de modificar nuevamente la norma del voto obligatorio que durante las dos últimas décadas primó en el país. La abstención del 60% del domingo, con 5,6 millones de votantes de 13,5 posibles, ha hecho repensar el tema.