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Con licencia para espiar

De Washington a Buenos Aires, los recientes casos de espionaje entre los Estados del hemisferio sugieren que se trata de un milenario oficio, vigente incluso en Latinoamérica.

20 de julio de 2010 - 04:00 p. m.
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El término espionaje, que hacía pensar en ficciones cinematográficas de superagentes seductores del tipo James Bond o era sinónimo de la Guerra Fría y evocaba un mortal combate entre agentes de la KGB rusa (ahora FSB) y la CIA estadounidense, invoca en la actualidad las tensiones en suelo latinoamericano por supuestas intromisiones de agentes encubiertos o de tecnologías de observación.

En Ecuador, el diario El Universo, de Guayaquil, esperó a finales de junio para levantar un polvorín al denunciar que el Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia  (DAS) chuzaba al presidente Rafael Correa y a otros miembros de su gabinete; en Argentina, Mauricio Macri, alcalde de Buenos Aires y principal opositor del matrimonio Kirchner, vive esta semana un grave lío judicial que lo relaciona con una red de escuchas orquestada en la capital; y en Perú, continúa el juicio a Víctor Ariza Mendoza, el suboficial de la Fuerza Aérea acusado de espiar por años para Chile.

Está en todos lados, el espionaje. A lo largo de la historia, su escenario favorito ha sido la guerra; su objeto de deseo preferido: la información sobre desarrollos tecnológicos y militares; su lado frívolo: proveer chismes de alcoba para extorsionar; su rol táctico: intervenir en resolución de conflictos o como intermediario, incluso capturar enemigos. Su faceta más peligrosa: poner en riesgo las relaciones entre los países que se espían. Aspecto que parece definir la situación de Colombia y Venezuela, que de lado y lado han denunciado sufrir actos de espionaje; o de Chile con Perú, con el caso Ariza Mendoza, que por algunos meses ensombreció las relaciones entre el gobierno de la chilena Michelle Bachelet y el del peruano Alán García.

Y sin embargo, pese al escándalo y al proceso judicial, hoy las relaciones entre la nueva administración chilena, de Sebastián Piñera, y el gobierno peruano respiran un mejor clima. En Ecuador, la próxima canciller de Colombia, María Ángela Holguín, movía este lunes sus primeras fichas para restablecer las maltrechas relaciones binacionales, con el caso del DAS puesto a un lado y concentrada en los asuntos sensibles, establecidos en común acuerdo por ambos países al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York, el año pasado.

Ambos casos parecieran indicar que espionaje y diplomacia corren por canales paralelos. El uno entrometiéndose en el otro, con tal sutileza que resulta posible efectuar maniobras para subsanar las heridas. Y para la muestra, el reciente caso que pareció enfrentar a Barack Obama y Dmitri Medvedev, tan sólo un día después de que los presidentes de Estados Unidos y Rusia se comieran una amigable hamburguesa en un restaurante de comida rápida en Virginia.

La contrainteligencia norteamericana siguió por años un grupo de  espías rusos. Un día después de la partida del presidente ruso de Estados Unidos, el FBI anunció la captura de los agentes. Muchos, entonces, intuyeron que el acontecimiento tiraría por la borda los intensos esfuerzos de Washington por “reiniciar”, en buenos términos, la relación con Moscú. Pero todo terminó resolviéndose en una pista aérea en Viena, Austria, con un discretísimo y rápido intercambio de espías (diez rusos, una periodista peruana entre ellos, detenidos por espiar para Moscú y cuatro ciudadanos rusos que cumplían condena por trabajar para los servicios secretos norteamericanos).

Una profesión antigua

Sun-Tzu, en el tratado de El arte de la guerra (siglo VI a.C), aconsejó el uso de espías; incluso los clasificó en cinco categorías: activos, los que traen información; pasivos, los que permanecen con el enemigo; locales, los que son nativos del territorio enemigo; internos, los oficiales del gobierno oponente; los dobles, empleados por ser agentes espías del enemigo. Tales perfiles, como lo evidencian los incidentes contemporáneos, siguen vigentes.

En el Antiguo Testamento se reconoce el uso de espías en el episodio de la conquista de Jericó por parte de Josué, que infiltró dos hombres en la ciudad para obtener información proporcionada por una prostituta llamada Rahab. Las guerras mundiales se definieron por la actividad de agentes infiltrados. Asimismo, resulta indudable que en la actualidad los gobiernos modernos, incluso las corporaciones, siguen haciendo uso de los espías como arma silenciosa para anticiparse y controlar al que consideran su potencial enemigo o su rival.

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Para algunos son un mal necesario, para otros un instrumento perverso de la política. El espionaje ha permitido anticipar actos atroces, pero también ha devenido en una forma de manipulación y agresiva intromisión en territorios ajenos. Para bien o para mal, a favor o en contra de quienes  creamos son los buenos y los malos, el espionaje ha reescrito el curso de la historia.

A eso suma otra función: la ingrata tarea de convertirse en chivo expiatorio. A lo largo de la historia, hemos visto que cuando un espía es descubierto su gobierno y su país de origen, aunque igualmente expuestos, quedan muchas veces al margen de la acusación: el espía, entonces, parece ser una figura que resulta conveniente a la hora de rendir cuentas. Se le usa y al final se le traiciona.

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Dinero, ambición, patriotismo, traición, riesgo, simple burocracia y hasta desórdenes mentales han definido las motivaciones del espía moderno; eso sí, en todos los casos el espía real ha estado muy lejos de las ficciones de James Bond, y a diferencia de Mata Hari (‘ojo del día’, en indonesio), bailarina exótica que en el París de la Primera Guerra Mundial se supone proporcionó información a los alemanes sobre las actividades militares francesas, muy lejos de amar a quien ha espiado.

Si no, obsérvese a los humildes espías rusos, recientemente capturados. Con sus vidas tranquilas y parsimoniosas, de vecinos bonachones y padres de familia. Incluyendo a Vicky Peláez, la periodista peruana que aún hoy niega haber sido espía, y que trabajaba en Estados Unidos con un inglés lamentable, en un medio de comunicación hispano donde aún hoy se frotan los ojos al ver lo que ha pasado con su compañera.

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Del zapatófono a las chuzadas

Historias como la de Markus Wolf (1923-2006), conocido como el espía Romeo, funcionario de la extinta República Democrática de Alemania, jefe de los servicios secretos de la Stasi en el extranjero, entre 1953 y 1986, que motivó a los espías a seducir a las secretarias del gobierno occidental para obtener información (de ahí su apodo), y que más adelante contribuyó a la Perestroika y a la caída del muro de Berlín, son ahora sustituidas por casos locales de chuzadas e interceptación de correos electrónicos, las nuevas estrategias del espionaje. El popular zapatófono usado por el Súper Agente 86, sátira de la Guerra Fría, languidece ante las modernas tecnologías de interceptación.

La sigla del Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia (DAS), debido a diferentes señalamientos sobre presuntas intervenciones telefónicas a políticos, jueces, y hasta a periodistas, se ha sumado a la historia de las agencias de inteligencia de todo el mundo vinculadas con escándalos de espionaje (Stasi, República Democrática Alemana; BKA, República Federal de Alemania; FBI, CIA, Estados Unidos; KGB/FSB, Unión Soviética/Rusia; SIS, Inglaterra; Mosad, Israel, etc.). Acusaciones en años recientes de chuzadas telefónicas en Ecuador o de agentes infiltrados en Venezuela, extienden su supuesto espectro de espionaje.

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Con estos nuevos eventos locales, el espía ha dejado de ser una figura ajena o extraña, como en su momento ocurrió con el denominado “primer agente encubierto alemán” Werner Mauss (1940), que junto con su esposa lideró una misión secreta de negociación con el Ejército de Liberación Nacional (Eln) para la entrega de secuestrados alemanes y la protección de empresas de dicha nación; también se hizo visible su participación en una posible mediación de paz con el gobierno colombiano.

Así como diferentes fenómenos de desajuste social han sido recreados y frivolizados en las actuales telenovelas, es muy probable que en el futuro encendamos el televisor para llorar y sufrir con las aventuras melodramáticas de los espías locales. La protagonista de tales ficciones podría ser una versión de Vicky Peláez, faltaría definir si su rol será el de heroína o el de villana.

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 Miguel Mendoza Luna es autor del libro ‘Asesinos en serie: perfiles de la mente criminal’. Catedrático de la Universidad Javeriana; profesor de la electiva La escritura del crimen.

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