El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cuando Francia perdió la inocencia

Entre el 7 y el 9 de enero del año pasado, 17 personas fueron asesinadas en diversos atentados en París. Desde entonces, las libertades civiles peligran y la comunidad musulmana es discriminada.

06 de enero de 2016 - 10:14 p. m.
PUBLICIDAD

Con cierto tono profético, un artículo de Radio Francia Internacional, publicado tres días después del atentado contra Charlie Hebdo, auguraba que el legado del ataque sería “el miedo, el prejuicio y la restricción de las libertades civiles”. Acertó en todo su pronóstico, que tardó en volverse realidad hasta noviembre, cuando 130 personas fueron asesinadas en múltiples tiroteos en París y otras 350 quedaron heridas. Sin embargo, las muertes de doce personas en las instalaciones de la revista y de otras cinco en el sitio al supermercado Hypercacher, dos días después, sirvieron como gesto de preparación y sajaron de cabo a rabo la inocencia de los franceses.

Hasta entonces, la violencia sectaria había atacado a Francia de manera esporádica: en 1995 una bomba en la estación de metro Saint Michel dejó ocho muertos y 117 heridos; quince años atrás, la explosión de una bomba en una sinagoga parisina mató a cuatro y dejó heridos a 40. Pero sólo con la matanza de Charlie Hebdo los franceses fueron testigos de que el conflicto exterior estaba más cerca de lo que creían. Los atentados de noviembre reafirmaron la potencial creencia de que nadie, ni siquiera en Europa, está por completo seguro. De ese modo, el ataque contra Charlie Hebdo anunció la mudanza de las cosas vitales en Francia.

En los tres días siguientes a la matanza, de acuerdo con el Observatorio Nacional de Islamofobia, con base en Francia, hubo 116 actos contra musulmanes (110 % más que en todo enero de 2014). Las demostraciones de esta suerte continuaron a lo largo del año y tuvieron un pico durante las protestas de Ajaccio, al sur de Francia, a finales de diciembre: ciudadanos de a pie entraron en mezquitas y rasgaron varias copias del Corán. En plena marcha, los manifestantes gritaban “¡Este es nuestro hogar! ¡Fuera, árabes!”. En total, según el Observatorio, más de 400 manifestaciones se presentaron en 2015 y cerca del 15 % de los musulmanes víctimas prefirieron el silencio que la inutilidad de la ley.

El prejuicio se ha multiplicado hasta el punto de que, como cuenta la analista Agnes Poirier en Al Jazeera, el imam moderado de Drancy, Hassen Chalghoumi, tiene que ser custodiado a todas horas para evitar cualquier acto de violencia en su contra. Emilienne Malfatto, periodista francesa que ha colaborado para Le Monde y Le Figaro, contó hace poco en este diario que por llevar una bufanda kurda en el metro parisino fue llamada terrorista por un desconocido. Día y noche, los militares patrullan por los bulevares y las avenidas, en los aeropuertos y en los puntos más visitados. Según diversos testimonios, los parisinos han buscado rehacer su vida porque no existen más opciones. Es eso o temer. En un artículo publicado en El Malpensante, Ricardo Abdallah escribía un mes después de los tiroteos del 13 de noviembre: “Los atentados también crearon esa necesidad de abrazar a los amigos porque nunca se sabe”.

En contraste con Bélgica, de donde provenían los responsables del 13-N, los franceses han demostrado una resiliencia mayor al enfrentarse a la muerte y al miedo. Mientras los belgas se guarecieron en sus casas por días y los mercados y colegios abrieron sus puertas sólo una semana después de que se instituyera el estado de emergencia, cerca de 4 millones de franceses fueron capaces de salir a las calles a protestar tras el aire de muerte que siguió a Charlie Hebdo. Después de los atentados de noviembre, incluso, un grupo promovió una noche de café y música para demostrar que, aunque los extremistas habían atacado a toda una cultura, esa forma de vida permanecía. De cierto modo, dicho optimismo, contrario a la aceptación total del miedo, prohibió la victoria del partido de extrema derecha Frente Nacional en las recientes elecciones regionales.

Las malas noticias vinieron por otras vías. Charlie Hebdo fue el antecedente esencial para sospechar que, de ocurrir algo más, las libertades personales serían restringidas. Y así sucedió: los atentados de noviembre obligaron al Gobierno a decretar el estado de emergencia (que continuará hasta febrero) y a impulsar una serie de medidas, aún por aprobar, que le darían más tareas y libertades a la Policía, mientras que limitan las acciones de sus ciudadanos. Poirier escribe: “Por ahora, vivir de manera segura parece ser más importante que tener el derecho a protestar”.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias