Con casi todos los presidentes de América Latina reunidos en La Habana, la segunda cumbre de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (Celac) puso las miradas del continente sobre Cuba. El régimen de Raúl Castro salta hoy a la escena diplomática internacional como un importante actor para resolver conflictos e impulsar una integración regional sin la influencia estadounidense. (Vea: Raúl Castro se ‘vengó’ de Sebastián Piñera en la cumbre de la CELAC)
Cuba ha mantenido una muy estrecha alianza con Venezuela, de la cual la isla se ha favorecido con petróleo bolivariano a cambio de enviar personal cubano capacitado en diversas disciplinas a Caracas. La alianza y la cercanía ideológica entre ambos Estados fue tan importante que Chávez fue tratado contra su misterioso cáncer en La Habana y murió allí. Nicolás Maduro, el nuevo presidente venezolano, no ha dejado duda alguna sobre la continuidad de sus relaciones con los Castro. Esa alianza con Caracas le ha permitido a La Habana insertarse en otros escenarios regionales y empezar a diversificar sus relaciones.
Cuba es hoy la sede de uno de los procesos que más llama la atención en todo el continente: los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc. La realización allí de las negociaciones ha pintado a la isla como un Estado que da garantías para la resolución pacífica de conflictos. Además, Cuba ofreció ser la sede de un proceso político para poner fin al conflicto colombiano, después de que EE.UU. impulsara durante más de una década el enfrentamiento armado y la guerra contra el narcotráfico en Colombia sin que se lograra la paz por esa vía.
Un logro importante del gobierno cubano en la Celac es el relanzamiento de las relaciones con México –país que, al igual que Colombia, es a la vez un importante aliado de Washington-. Como un gesto previo al encuentro en La Habana, el gobierno mexicano condonó a Cuba el 70% de su deuda, equivalente a unos US$487 millones desde hace 15 años. El presidente Henrique Peña Nieto inició el restablecimiento de unas relaciones que se rompieron en 1999, con la visita de la secretaria de Exteriores Rosario Green a un sector de la disidencia cubana. Según información publicada por el diario mexicano El Financiero, Cuba y México evalúan una “negociación formal para un acuerdo que permita la protección recíproca de sus hidrocarburos en la frontera del Golfo de México”.
Otro importante Estado que afianza cada vez más sus relaciones con los Castro es la potencia primaria de Suramérica: Brasil. Tanto la brasilera Dilma Rousseff como Peña Nieto mantuvieron reuniones bilaterales con Raúl Castro. Seguramente, los gobernantes de las dos principales economías latinoamericanas piensan en la Cuba del futuro, teniendo en cuenta que las incipientes reformas iniciadas por Raúl Castro podrían traer a largo plazo un cambio en el sistema económico de la isla y, por qué no, una apertura hacia la inversión extranjera. Si esto no se materializa con Castro en el poder, en todo caso podría lograrse a partir del 2018, año en que el presidente cubano realizará su retiro y por primera vez desde la revolución del 59 no habrá un miembro de la familia Castro en el poder.
Brasil ya ha hecho millonarias inversiones en Cuba. El pasado domingo, Rousseff visitó el Puerto de Mariel y la zona franca aledaña, una obra realizada por la constructora brasileña Odebrecht y que tuvo una financiación de US$682 millones del banco de fomento del gobierno brasileño, llamado Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). El Puerto está ubicado a 45 kilómetros de La Habana y es el núcleo de la primera Zona Especial de Desarrollo creada en Cuba, dentro del marco de las reformas económicas. La propia Roussef ha anunciado más inversiones y su deseo de convertirse en el principal “socio” de los Castro.
Hasta la Unión Europea estuvo en Cuba durante estos días. Desde Bruselas se supo que los países de ese organismo continental alcanzaron un «nuevo acuerdo global» para negociar con Cuba a fin de «consolidar las relaciones existentes». El acuerdo «alentará el proceso de reformas y entablará un diálogo basado en el respeto de los derechos humanos”.
La Celac es el más joven de los mecanismos de integración regional que han aparecido en Latinoamérica para hacer contrapeso a la influencia estadounidense. Aunque fue propuesto inicialmente por Luiz Inácio Lula da Silva, fue impulsado luego por Hugo Chávez en 2011 y pensado para que a largo plazo sustituyera a la OEA y tuviera, entre otras, su propia Comisión de Derechos Humanos. Dadas las diferencias políticas e ideológicas entre el expresidente venezolano y el gobierno de Washington, este organismo hace parte de otros (como el Alba) que excluyen a Canadá y Estados Unidos.
Las voces más críticas dicen que Cuba es la última dictadura que queda en Latinoamérica y que la asistencia de gobernantes de toda la región a la isla implica un tácito reconocimiento a la legitimidad de esa dictadura. Es bien conocido que en la isla existen restricciones a la libertad de expresión y a los derechos individuales en general. Todos los gobernantes de la región saben que la disidencia cubana es perseguida y encarcelada. La oposición rechazó la celebración de la cumbre de la Celac por tratarse de una “legitimación del régimen cubano”. La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, apoyada por Amnistía Internacional, denunció que en los días previos a la cumbre las autoridades realizaron una «oleada de represión» para amordazar a grupos opositores.
En todo caso, la cumbre se realizó y la oposición cubana fue ignorada por la mayoría de asistentes. Lo paradójico de esto es que, años atrás, el mismo régimen cubano se negó a asistir a un foro regional para no legitimar los intereses de Estados Unidos. Cuba fue suspendida de la OEA en 1962 por ser un gobierno de tendencia marxista-leninista, lo cual incrementó el aislamiento de la isla tras la disolución de la Unión Soviética. En 2009, cuando la OEA abrió sus puertas para la reincorporación de Cuba, con la condición de que cumpliera el principio de la “observancia a la democracia representativa” consagrado en la Carta de la OEA, los Castro se negaron diciendo que ese organismo seguía controlado por el imperio estadounidense.
Hoy Cuba claramente no necesita de la OEA para salir de su aislamiento, si es que todavía se puede considerar aislada. Más bien es la OEA la que necesita la reintegración de Cuba. La presencia por estos días en La Habana del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, se presta para esa interpretación. Para muchos analistas, la llegada de Insulza y del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon -quien se reunió con dirigentes cubanos para hablar el tema de la «detención arbitraria» de opositores-, implica una contundente victoria diplomática del castrismo. En el discurso inaugural de la Celac, Castró criticó la política estadounidense, sobre todo por su programa global de espionaje de telecomunicaciones. También dijo que «los llamados ‘centros de poder» no se resignan a haber perdido el control de esta rica región».
Para cuando Cuba fue suspendida de la OEA seguía vigente la lógica de la Guerra Fría: mientras La Habana era sancionada, no se tomaban las mismas decisiones frente a las delegaciones que tenían en Washington las dictaduras de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Esto suponía una jugada estadounidense para contener el crecimiento del comunismo en la región. Hoy la lógica de la Guerra Fría no se puede seguir aplicando, porque ambos bandos se han desideologizado. La estrategia política y de seguridad estadounidense ya no está dirigida contra el comunismo, sino contra las drogas y el terrorismo, y en los últimos meses se ha orientado cada vez más hacia el diálogo político. Cuba, entretanto, ha trabajado sobre una política más realista, ha hecho ciertas aperturas económicas (aunque no políticas, porque el Partido Comunista sigue siendo el partido único) como el levantamiento de la prohibición de alquilar inmuebles, la autorización de la compraventa de viviendas y la ampliación de las posibilidades de trabajo por cuenta propia. También impulsó una reforma migratoria para que más cubanos pudieran viajar al exterior.
Bajo esta nueva lógica y ante la presión mundial, cada vez se hace más posible que EE.UU. decida flexibilizar sus posturas hacia la ocupación que mantiene en la bahía cubana de Guantánamo -donde hace 12 años abrió una de las prisiones más cuestionadas mundialmente por los abusos a los derechos humanos allí cometidos-, y hacia el bloqueo comercial, económico y financiero contra la isla. Esa sería, en últimas, la consolidación del triunfo diplomático de los Castro.