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Después de las elecciones…

El presidente electo de Perú deberá lidiar con varios conflictos sociales. De su solución, dependerá su relación con la región.

07 de junio de 2011 - 11:20 a. m.
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Ganó Ollanta Humala desvaneciendo cualquier pretensión del expresidente Alberto Fujimori, sentenciado a 25 años y preso por múltiples crímenes, de recobrar el poder y la libertad a través de sus hijos. “Ese triunfo de la democracia peruana” como lo llamó el premio nobel de Literatura Mario Vargas Llosa llenó de júbilo a esa coalición de personas y organizaciones de todo el espectro político que lo apoyaron y lo convirtieron en un candidato de centro.

La gobernabilidad, después de estas elecciones reñidas, se la proporcionará Alejandro Toledo pues con los toledistas, Humala tendrá la mayoría en el Congreso. Ello asegurará, a su vez, que siga en el centro político. El rechazo de los grandes empresarios que generó el triunfo de Ollanta Humala se expresó con la fuerte caída de la bolsa peruana. Sin embargo, esos empresarios tienen mucho capital invertido y su desinversión no se produce en un día.

Los atemorizados serían los pequeños propietarios de papeles financieros que, respondiendo a la propaganda contra Humala, se apresuraron a venderlos. Pero el valor de los papeles transados en la bolsa peruana es tan pequeño, 2.5% del PIB, que dice muy poco sobre la situación económica del país; pocos miles de dólares transados mueven el índice bursátil con mucha rapidez.  

Los grandes empresarios estarían molestos pues tendrán que afrontar lo que Humala prometió: un impuesto a las “sobre ganancias mineras” y algún intento por llevar más competencia a los mercados de servicios. Dichas medidas reducirían la rentabilidad de la producción de materias primas y de servicios y, consecuentemente, aumentaría relativamente la rentabilidad de otras actividades. El cambio en las rentabilidades relativas modificaría la orientación de las inversiones a favor de actividades como las manufacturas. Se acentuaría, si los recursos fiscales producto del nuevo impuesto se orientan al desarrollo del capital humano y la infraestructura. De tal modo que  más allá de lo crucial en el debate sobre ética, honestidad pública y derechos humanos, la elección peruana basó en la estructura productiva, dominada por la producción y exportación minero-metalúrgica, donde se encuentran las empresas más grandes.

Esa estructura hace a la economía peruana dependiente de los ciclos internacionales y en consecuencia, los ingresos externos del país son inestables y como estos son fundamentales en la generación del ingreso interno producen crecimientos también inestables; como el derrumbe de 2009 luego de alcanzar tasas elevadas desde 2002, y la recesión entre 1998 y 2001 luego de crecer desde 1994.

Esos ingresos los reciben aquellos peruanos vinculados a la minería y a los servicios que requiere ésta ya que con ellos compran manufacturas importadas. Y para que sus precios sean bajos, compatibles con salarios bajos, requieren impuestos reducidos y una revaluación cambiaria, que es producida por las divisas generadas por el sector primario.

Por su parte, esos crecimientos inestables hacen imposible una reducción sostenida de la pobreza. Adicionalmente, como las actividades dominantes son intensivas en capital, generan poco empleo abundante y los peruanos alejados de ellas quedan fuera de los beneficios.

En ese contexto los conflictos sociales son inevitables; frecuentes alrededor de las actividades mineras que contaminan y vulneran territorios de comunidades. La solución tradicional para aplacarlos reside en limosnas, clientelismo o la fuerza. Una situación complicada que Humala está en mejores condiciones de afrontar.

Ello tendría consecuencias sobre las relaciones peruanas con Suramérica. Una estructura productiva con manufacturas crecientes requiere buenas relaciones e integración económica con sus vecinos porque necesita sus mercados; como no son suficientemente competitivas tienen que aprovechar las ventajas que da la vecindad. Por tal razón, Humala afianzaría los lazos económicos con Suramérica y participaría activamente en los procesos de integración pues requiere los mercados regionales. Así se sintonizaría plenamente con la actual política exterior colombiana que busca relaciones cordiales con los vecinos, entre otras, para darle salida a sus manufacturas.

 * Ph.D. Profesor, Pontificia Universidad Javeriana

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