“Sólo ladridos y nadie muerde”. Las palabras, citadas por el diario inglés The Guardian, son de Vladimir Chizhov, embajador ruso ante la Unión Europea (UE), y se referían a las posibles sanciones que el bloque le impondría a Rusia por sus acciones en Crimea. La declaración es del miércoles, un día antes de que los líderes de las mayores economías del continente se reunieran en Bruselas para determinar cuáles serían las acciones contra la invasión de la península ucraniana.
Chizhov tenía razón: no hubo mordiscos. Al menos no los esperados. Después de una reunión de varias horas en Bruselas, las resoluciones que se adoptaron fueron las siguientes: suspender las negociaciones para la exención de visa a ciudadanos rusos en la Comunidad Europea, detener un nuevo tratado de relaciones entre ambas partes y frenar todas las preparaciones para la cumbre del G-8 que se celebraría en Sochi en junio.
En palabras del mismo funcionario, ambas negociaciones ya estaban paralizadas. Además, la cumbre del G-8 estaba prácticamente desarmada una semana antes de las primeras acciones militares en la península. Entonces, ¿qué pasó de nuevo?
Lo más llamativo fue la falta de acuerdo entre los líderes europeos para actuar en el plano financiero, quizá la segunda arma más poderosa contra Rusia, después de la vía militar. Si bien todos los mandatarios de la cumbre de Bruselas han condenado ampliamente la invasión de Crimea, varios (si no todos) tienen buenas razones para dejar en paz el comercio con los rusos.
Uno de los mayores opositores a este tipo de medidas es Alemania, el principal socio comercial de Rusia en Europa (las transacciones entre ambos países llegaron a casi US$75.000 millones en 2013) y cuyas necesidades energéticas lo sitúan como el consumidor número uno de gas ruso: 6.000 empresas alemanas tienen negocios en territorio ruso.
Las razones de Italia para no emprender el camino de las restricciones económicas están bien ligadas a los cerca de US$54.000 millones que registró en comercio bilateral con Rusia durante 2013, al igual que Inglaterra, país que sostuvo intercambios con los rusos por más de US$24.000 millones el año pasado. Según los cálculos del embajador Chizhov, el comercio entre Europa y su país está avaluado en 1.000 millones de euros cada día.
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos anunció el jueves que establecerá un bloqueo de visas para personas que han colaborado con la desestabilización en Ucrania, pero no reveló a quienes cobijaría la restricción. Aún no resulta claro si este país contempla sanciones económicas contra Rusia, aunque algunos funcionarios han hablado de ellas en días recientes. El comercio de los estadounidenses con los rusos llegó, en 2013, a poco menos de US$28.000 millones, 11 veces menos que el de la Unión Europea en el mismo período.
Poco tiempo después de terminada la reunión de Bruselas, Barack Obama, presidente de Estados Unidos, hizo un breve pronunciamiento acerca de la crisis en Crimea y aseguró que aún hay un camino para estabilizar la situación. Invitó a Rusia a considerar tres pasos: permitir el ingreso de monitores internacionales (un grupo de 40 de ellos fue obligado a salir de Crimea ayer, tan pronto aterrizaron en la región), conservar los derechos de las bases militares rusas en Crimea y permitir las elecciones generales en Ucrania, programadas para el 25 de mayo. “Hemos tomado estos pasos (las restricciones de viaje) en coordinación con nuestros aliados europeos. (…) Estoy complacido con la unidad internacional que se ha demostrado”.
Las palabras de Obama parecen reconfortantes en el plano diplomático, pero algo en desacuerdo con lo que sucede en el terreno, pues, en últimas, las sanciones no parecen disuadir en absoluto al gobierno de Vladimir Putin, al menos hasta ahora: Crimea sigue en manos de tropas rusas (aunque Rusia continúa negando su participación en la ocupación militar del lugar) y, a la luz de la votación del jueves en el Parlamento regional, la región pasará a ser prontamente territorio ruso.