Cada dos años, las midterm elections (elecciones de mitad de mandato) pasan relativamente inadvertidas fuera de Estados Unidos. Son elecciones locales de alcance nacional, en donde se elige a los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores, pero no gozan del atractivo de las presidenciales, olvidando que las cámaras son contrapeso del poder presidencial y, realmente, cogobiernan.
Si Obama no ha podido desarrollar su agenda hasta ahora con una Cámara de Representantes de mayoría republicana, en sus dos últimos años de gobierno tendrá además el Senado en contra. Escenario que pronosticaron todas las encuestas. ¿Lograrán los republicanos que el castigo ciudadano por la parálisis en la que se han mantenido los procesos políticos en Washington recaiga en el presidente?
¿Debe Obama preocuparse si tiene que afrontar el período 2014-16 con la oposición del Congreso? La respuesta es no. Porque, salvo un par de excepciones, para los dos últimos años de su segundo mandato todas las presidencias sufren el llamado “síndrome del pato cojo” (lame duck). A esas alturas de su gobierno, el presidente en ejercicio es el pasado, ya ha gastado su popularidad y ha intentado aprobar los puntos fundamentales de su agenda, y toda la vida política estadounidense empieza a girar alrededor del siguiente ocupante del Despacho Oval.
Así que, de hecho, Obama ya es el lame duck. Su popularidad es negativa en todas las encuestas y la posibilidad de pasar grandes proyectos apenas debe tenerse por una aspiración de ejecución improbable. Con Senado y Cámara de Representantes en contra, esa tendencia se consolida, se agrava coyunturalmente, pero no cambia que Obama, más que el presidente, es el futuro expresidente. La política exterior, en la que el presidente no debe buscar de manera permanente la refrendación de las Cámaras, se convierte en el refugio y centro de acción de los presidentes salientes. ¿Será así con Obama? Ya veremos.
Para quien esta carrera de mitad de legislatura cobró transcendencia fue para la gran candidata a reemplazar a Barack Obama en la Casa Blanca: Hillary Clinton. Obviamente, aún debe ganar las primarias demócratas y enfrentar a los republicanos en 2016, pero si se consolida la división entre cámaras —republicanos— y Casa Blanca —demócratas—, podría verse convertida —o en realidad, cualquier demócrata— en lame duck desde el mismo momento en que ocupe el cargo, perdiendo el momento en el que el Ejecutivo tiene la iniciativa y la popularidad necesarias para cumplir sus grandes promesas electorales. Ante esa posibilidad, el único consuelo para Hillary Clinton es que en 2016 las elecciones presidenciales estarán acompañadas por unas nuevas midterm elections.
Cuál puede ser el futuro del Partido Republicano es otro de los puntos de interés que dejan estas elecciones. Si sus bases optan por el conservatismo fiscal y el radicalismo ideológico del Tea Party, o si se decantan por una posición moderada en temas de valores morales y minorías del aparato del partido, estarán apuntando una tendencia determinante para establecer el perfil de su próximo candidato presidencial y, más importante, sobre la identidad ideológica del republicanismo en el futuro. Todo eso, y muchos asuntos locales, es lo que los estadounidenses decidieron en esas elecciones desconocidas y tan poco importantes. ¿Siguen pensando que estas elecciones de mitad de legislatura no son importantes?
* Profesor de relaciones internacionales.Director del Centro de Investigación Hipatia de Alejandría, Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales, Universidad Santo Tomás. @mbenlaz