Se les acusa de secuestrarla en un campo, hacer que tragara drogas y encerrarla por tres días en un templo, donde la golpearon, violaron y por último la estrangularon de manera planificada. Con tan solo un metro de estatura, estaba totalmente indefensa. Para la niña de ocho años no hubo empatía alguna. Fue como si a duras penas calificara como ser humano, como si su vida no contara excepto para ser blanco de ataque.
Los investigadores policiales dicen que una pandilla de hombres hindúes la eligieron específicamente para enviar un mensaje que aterraría a su comunidad de nómadas musulmanes. Se les acusa de secuestrarla en un campo, hacer que tragara drogas y encerrarla por tres días en un templo, donde la golpearon, violaron y por último la estrangularon de manera planificada. Con tan solo un metro de estatura, estaba totalmente indefensa.
Aunque ha habido protestas de indignación en todo el país, e incluso internacionalmente, aquí en Rasana, el poblado en el estado de Jammu y Kashmir donde la niña fue asesinada, la atmósfera es distinta.
Rasana es un pequeño caserío compuesto por 20 familias y para recorrerlo bastan cinco minutos: hay que pasar los campos de trigo seco y rasposo que huelen a estiércol de vaca, las pequeñas casas de ladrillo que se encuentran apenas escondidas detrás de muros, y, por último, el pequeño templo rosa, que ahora está cerrado con un candado.
Parece que el remordimiento y la empatía escasean en ese lugar. Pocas personas en el poblado mayoritariamente hindú hablan sobre lo inhumano del crimen o del hecho de que los padres traumatizados de la niña huyeron. Dado que se les impidió enterrar a su hija cerca de su hogar, la familia tuvo que llevarse el cuerpo consigo.
En cambio, uno escucha cosas como: nuestra tierra y su tierra. Nosotros y ellos.
“Esta es una gran conspiración para desmoralizar a los hindúes”, dijo Bhagmal Khajuria, un anciano de un poblado cercano, quien insistió en que los ocho hombres arrestados en relación con la muerte de la niña fueron incriminados.
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Se le preguntó quién creía que estaba detrás de esa conspiración. “Los separatistas”, contestó refunfuñando, haciendo referencia a los musulmanes en otras partes de este estado, Jammu y Kashmir, que quieren independizarse de India.
Muchos indios habrían esperado que después del último terrorífico caso de violación, en 2012, cuando una joven fue vejada y perdió la vida en un autobús en Nueva Delhi, las cosas cambiarían, pero los cambios son mínimos.
Algunas leyes se han endurecido y el gobierno indio ahora quiere aplicar la pena de muerte a los violadores de menores. Sin embargo, los índices de sentencias para casos de violación siguen siendo bajos y decenas de políticos indios acusados de abuso sexual siguen siendo electos (aunque está claro que eso no solo sucede en India).
En este país sigue habiendo divisiones religiosas, étnicas y políticas que hacen que hasta un crimen tan espantoso como este se politice de inmediato, y quede inmerso en el remolino de una eterna guerra comunitaria. Muchos académicos culpan al ascenso de la derecha hindú, ya que dicen que ha iniciado una guerra en contra de los musulmanes, sin importar dónde se encuentran ni su corta edad.
Tras la muerte de la niña, el primer ministro Narendra Modi, cuyo partido está enraizado en el nacionalismo hindú, fue duramente criticado por no pronunciarse de inmediato para denunciar el ataque. No fue sino hasta que hubo protestas que retomó este caso y otra reciente acusación de violación, y lo que dijo fue: “Nuestras hijas definitivamente tendrán justicia”.
Defensa de Modi Los funcionarios en el partido de Modi niegan que este caso se haya manejado de forma inadecuada o que su política haya polarizado al país. Todo lo que han estado tratando de hacer después de la muerte de la niña, dijeron, es “pacificar a la gente”.
A pesar de ello, algunos de los defensores más acérrimos de los sospechosos del asesinato de la niña han sido funcionarios de alto rango del partido de Modi. Los analistas dicen que esto coincide con la forma en la que el partido ha operado durante años.
“A los jóvenes se les enseña que los musulmanes mancillan esta nación y que pueden hacer lo que quieran con ellos”, comentó J. Devika, historiadora del Centro de Estudios de Desarrollo en Thiruvananthapuram.
La historiadora acusó al partido de Modi y a sus aliados de “convertir la religión hindú en un arma”.
Los académicos afirman que es difícil no ver la muerte de la niña como parte de un patrón amenazante. Según un análisis reciente, los crímenes de odio han aumentado de forma pronunciada bajo el gobierno de Modi. Las víctimas son en su mayoría musulmanes e hindúes de castas inferiores.
Las autoridades en el área de Rasana luchan para contener la ira, en ambos lados. En esta área, al igual que en buena parte de India, coexisten las religiones, ya que los hindúes y los musulmanes son vecinos y por lo general se llevan bien, hasta que alguien los provoca.
Primero fueron los abogados hindúes que impidieron físicamente a los policías denunciar el asesinato de la niña ante un tribunal. Después surgieron las protestas y las contraprotestas, algunas violentas, encabezadas por funcionarios del partido de Modi, quienes afirman que los sospechosos fueron incriminados y son inocentes.
Decenas de amas de casa y abuelas hindúes se les unieron, mediante una huelga de hambre, y decían estar listas para morir. Varias de ellas estuvieron a punto de hacerlo y tuvieron que ser hospitalizadas.
Los temas de conversación entre los protestantes hindúes tienen una cierta similitud: acusan al gobierno estatal de dejarse manipular por los musulmanes y exigen que la Agencia Central de Investigación, una agencia federal a la que muchos consideran una herramienta del partido de Modi, asuma la investigación para que no esté en manos de la policía estatal.
Al mismo tiempo, los manifestantes musulmanes en otras partes de este estado han inundado las calles —y se han enfrentado a la policía— para insistir que se cuelgue a los sospechosos.
Señales de peligro La primera señal de peligro llegó la noche del 10 de enero, cuando cinco caballos caminaron lentamente de regreso a un campo de los nómadas sin su dueña de ocho años, dijo el padre de la niña en una entrevista. La niña, que amaba a los caballos y los montaba sin silla, usando su pañuelo como rienda, no estaba por ningún lado.
Su padre percibía que algo estaba muy mal. De inmediato tomó una lámpara y organizó un escuadrón de búsqueda, para explorar todas las acequias, drenajes y granjas de la zona. Nada.
Luego buscaron casa por casa. Nada.
El pánico aumentaba y decenas de nómadas como ellos se internaron en los bosques cercanos. La niña seguía sin aparecer.
Entonces, llegaron a un pequeño templo hindú. Los nómadas dijeron que fueron intimidados por el hombre que lo resguardaba, un exrecaudador conocido por su habilidad para leer la palma de la mano, los horóscopos y hasta el futuro, como algunos se aventuraban a afirmar. El hombre tranquilizó a los padres de la niña diciéndoles con una voz autoritaria: “No se preocupen. Su hija está bien. Alguien la está cuidando”.
Según la policía, en ese preciso instante, un grupo de jóvenes, que recibían instrucciones del mismo hombre que cuidaba el templo, estaba violando a la niña del otro lado de la puerta. Después de tres días decidieron matarla.
Según los investigadores, lo que motivó el crimen no fue otra cosa sino la limpieza étnica. Los investigadores afirman que Sanji Ram, el custodio del templo, odiaba a los nómadas por ingresar a su área y orquestó el asesinato para alejarlos.
Los nómadas provienen de un grupo predominantemente musulmán, conocido como los bakarwals. Durante generaciones, han recorrido Jammu y Kashmir con rebaños de ovejas, cabras, caballos y perros, que se abren paso por valles montañosos accidentados y recorren a galope calles concurridas.
Sin embargo, la vida está cambiando para los bakarwals. Un puñado de familias han comenzado a establecerse en el área de Rasana, debido a que han adquirido tierras de granjeros o campesinos hindúes, donde construyen sólidas casas de ladrillo y permanecen por más de un año, de tal modo que sus hijos pueden ir a la escuela, lo que es un gran avance para ellos. La familia de la niña asesinada era una de estas familias.
Esto enfureció a Sanji Ram, a quienes los pobladores describen como un devoto hindú y un fanático apasionado de Modi. Varios pobladores dijeron que Ram rentaba con gusto sus tierras de cultivo a los nómadas hindúes, pero, como política, nunca a los musulmanes.
Después del asesinato de la niña y de que su cuerpo fue arrojado a una zanja, los investigadores dicen que otros dos policías, ambos hindúes, destruyeron las evidencias. Antes de que el vestido de la niña fuera enviado a un laboratorio forense, los oficiales trataron de lavarlo.
Su intento no funcionó y los investigadores dijeron tener evidencia de ADN “irrebatible”. También afirmaron que los ocho sospechosos confesaron.
The New York Times 2018