Una de las tesis que arroja Umberto Eco en ‘Cinco relatos morales’ es cómo, más allá de sus diferencias conceptuales e históricas, la izquierda y la derecha pueden tocarse. Bien hicieron los españoles al hablar de izquierdas y derechas para clasificar los especímenes que pueden encontrarse en cada ideología.
Y es que el cierre de la frontera entre Colombia y Venezuela podría ser una postal postmoderna de Berlín en plena Guerra Fría o una pequeña franja de Gaza. La diferencia, me dirán, radica en que el chavismo se define a sí mismo como una revolución de ideología de izquierda, socialista, marxista y leninista cuyas acciones -desde hace rato- muestran medidas de derecha atribuibles, en su tiempo, a Hitler o a Pinochet.
La movilización de tropas militares en la frontera, la deportación de miles de familias colombianas a la buena de Dios y la acción de marcar casas con una R de revisada o una D para demoler, son acciones que distan, por mucho, de un gobierno que se llena la boca hablando de izquierda y de igualdad. Muestra de cómo los extremos se tocan.
Qué pasa en la frontera entre Colombia y Venezuela es algo que colombianos y venezolanos entendemos. Como periodista y venezolano me ha tocado, obligatoriamente, pasearme y entender toda la arenga conceptual con la que el chavismo se definía a sí mismo, la invención de cantidad de epítetos negativos para definir al contrario y las consignas de sus batallas que solo ellos –los del gobierno- ganan y el país pierde.
Pasa que las batallas del gobierno suelen ser oportunistas y esta vez no es la excepción. Apenas ahora Nicolás Maduro y compañía acaban de darse cuenta del problema que representan los grupos paramilitares y el contrabando de gasolina y artículos de primera necesidad. Para nadie es secreto que esta situación, prolongada y aprovechada por los mismos efectivos de seguridad castrense, pasa desde hace mucho. Pero para el presidente de Venezuela, la gota que rebasó el vaso fue la “emboscada” que sufrieron tres efectivos militares y un civil, víctimas de paramilitares colombianos.
Nicolás Maduro ha sabido demostrar fuerza –troglodita, pero fuerza al fin- cuando tiene que hacerlo, e inocentes y contrabandistas, acostumbrados a su cotidiano, hoy, en pleno estado de excepción, botan gasolina por los desagües; viven un toque de queda a discreción de la autoridad que les toque en las calles; sufren allanamientos sin órdenes judiciales a riesgo de perder sus casas y tienen prohibido el uso de cualquier dispositivo electrónico.
Pero las redes sociales no perdonan y desde el 20 de agosto están llenas de imágenes y videos de familias desplazándose en medio del río Táchira con parte de su mobiliario en hombros; casas marcadas y casas demolidas; alambres de púas separando ambos países y militares estoicos con cara de pocos amigos, como retrato de la debacle del chavismo romántico del que Hugo Chávez hablaba a finales de los 90 y principios de 2000.
Esta información de primera mano llega por vía de mi amigo Rafael, reportero y fotógrafo quien desde Whatsapp me mantiene al tanto de qué pasa y de su seguridad. Así cuenta cómo la presencia de la prensa está “totalmente prohibida” a menos que estés acreditado por el Ministerio de Comunicación e Información (Minci); cómo después de tomar tres fotos fue retenido por efectivos militares quienes al ver la credencial del medio que representa lo tildaron de “golpista” y le dieron vueltas en una patrulla militar sin rumbo fijo hasta dejarlo en una calle cercana a su hotel y la desmantelación de una red de prostitución infantil “que todo el pueblo conocía” y que cobraba 600Bs por encuentro sexual con niñas de 13 a 16 años.
Nada tiene que ver la frontera con políticas de izquierda de tendencias derechistas o la tan mentada por el gobierno, derecha apátrida y golpista. La distancia que separa a un país de otro funcionaba como un ecosistema aparte de ambos países que hoy, sufre las consecuencias de un modelo político exacerbado y diametralmente opuesto al que un día pretendió ser. Sea por culpa del fracaso del modelo del Socialismo del siglo XXI, por conveniencia electoral o ansias de mantenerse en el poder a como dé lugar, el gobierno venezolano se ha ido transformando en aquello que tanto reclamó: un Estado represor, excluyente y fascista.
Maduro calificó el cierre de la frontera como “apenas la punta del iceberg” de las acciones a tomar contra la violencia paramilitar y el contrabando. Como si toda la gasolina y alimentos contrabandeados; todos los grupos paramilitares de lado y lado; todos los muertos; redes de prostitución y toda la corruptela por parte de los organismos de seguridad que permitían estos escenarios, no hubiesen existido antes, hasta ahora que decidió tomar acciones fuertes –otra vez, trogloditas, pero fuertes- en agosto de 2015, en plena víspera de elecciones parlamentarias.