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El día después de la tragedia del tren en Argentina

Pasajeros impactados por el choque, pero habituados a viajar en condiciones deficientes, volvieron a la estación.

23 de febrero de 2012 - 05:00 p. m.
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A metros de la plaza Miserere, en el corazón de la ciudad de Buenos Aires, la estación de Once amanece con postales del dolor. Todavía quedan escombros de la tragedia que dejó un saldo de 50 muertos y 703 heridos, según el informe oficial, pero ningún ciudadano colombiano entre ellos, tal cual le aseguró a El Espectador el agregado de prensa de la Embajada de Colombia, Andrés Arango.

Hay bronca contra Roque Cirigliano, director de material de TBA (Trenes de Buenos Aires), la concesionaria del Ferrocarril Sarmiento, cuya formación 3772 perdió el control el miércoles en la mañana, cuando el país retomaba la actividad después de los feriados de Carnaval. Se va insultado por los usuarios, cansados de viajar hacinados, al tiempo que le apunta al maquinista Antonio Córdoba, internado, bajo custodia policial, convencido de que la falla tuvo que ver con los frenos y sin rastros de haber estado ebrio, como resultado del examen de alcoholemia al que fue sometido. El día después de la catástrofe todavía se buscan razones. La realidad es que la historia ferroviaria argentina está plagada de este tipo de accidentes por la falta de inversiones. Y esta fatalidad se produjo justamente cuando el Gobierno decidió retirar los subsidios para los medios de transporte y los servicios públicos.

Hoy, viajar en los vagones del tren de Sarmiento, especialmente en hora pico, es padecer en carne propia el mismo asedio que sufren las vacas que desfilan rumbo al matadero. Los pasajeros resultan animales urbanos. Espalda con espalda, en el mejor de los casos, cubiertos de calores y olores, hacen equilibrio y rezan para llegar sanos y salvos a sus destinos. Una consecuencia, a fin de cuentas, de la falta de inversiones en los 34.059 kilómetros de vías que tiene la red ferroviaria argentina, una de las más grandes de todo el mundo y, a su vez, la más extensa de toda Latinoamérica.

Según un informe de la Asociación de Ingenieros Técnicos y Especialistas, la República Argentina sufre el mayor deterioro de su sistema ferroviario, tanto en la infraestructura (vías, obras de arte, estaciones, playas de cargas, líneas de comunicaciones y sistemas de señalización, depósitos de locomotoras y equipos de mantenimiento) como en equipos de tracción, material rodante de cargas y pasajeros, además del correspondiente equipamiento de reparaciones, material de reposición y accesorios. Las instalaciones ferroviarias están enajenadas y con un atraso tecnológico alarmante. Bajo esta coyuntura, resultó irrisorio el proyecto del tren de alta velocidad que uniría las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Rosario y había sido anunciado con bombos y platillos por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en 2008, cuando firmó un contrato con la empresa francesa Alstom, luego cancelado.

El Plan de Inversiones Ferroviarias para el período 2006-2012, que contaba con 4 millones de dólares, lejos estuvo de la modernización de este medio de transporte, que ya venía descuartizado desde los tiempos del Proceso Militar y había sido vendido a manos privadas durante la gestión del expresidente Carlos Menem. Con una fuerte política de subsidios, el fallecido Néstor Kirchner prometió soterramientos, muros de contención y vagones modernos, pero poco y nada se cumplió.

Y ayer, mientras Cirigliano decía que el servicio del Sarmiento, que une Moreno, en el oeste de la provincia de Buenos Aires con Once, era “aceptable”, un grupo de pasajeros denunció que en la estación Ramos Mejía el tren estuvo demorado 20 minutos por un problema en los frenos. Pasajeros impactados por el choque que dejó 50 muertos, pero habituados a viajar en condiciones deficientes, volvieron a subirse al tren.

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