Libia comienza a sufrir los efectos del desplazamiento masivo de civiles que huyen del frente de batalla. Las escuelas cerraron desde del 15 de febrero, fecha del estallido de la revuelta; las remesas de dinares procedentes de Trípoli son escuálidas; la extracción de petróleo ha caído el 75%. Todo son carencias y parálisis. Son novedad, eso sí, las colas. Para comprar pan, gasolina, retirar dinero de los bancos…
El desheredado Ezedine tiene 37 años. Nunca ha trabajado y no es un caso excepcional. Recibía su cheque de 400 dinares (US$350) cada mes. Abdu se define como un privilegiado. “Mi salario es muy bueno”, dice este ingeniero del sector petrolero. Uno y otro estaban encadenados a este régimen que entregaba subsidios para lograr la sumisión.
“El régimen colocó al pueblo en una situación de dependencia, muchísima gente cobra un sueldo del gobierno. A partir del golpe de Estado de 1969, los hoteles de Bengasi se transformaron en edificios oficiales, se cercenó la iniciativa privada y la fuerza laboral empezó a ser empleada en el sector público”, explica Fahim el Farjani, de 63 años, incrustado en una larga fila en una sucursal del banco Gumhouria. “Cuando cumples 65 —añade— recibes una pensión, pero desde que brotó el alzamiento han dejado de pagarlas. Llevo viniendo muchos días y no consigo cobrarla”, señala.
Trípoli controla los billetes, y a Bengasi no llegan. El mercado de oro y joyas, emblema de Bengasi, tampoco opera. Los comerciantes egipcios manejaban este negocio. No queda ni uno. En los hospitales, afirman enfermeras y médicos, falta anestesia, antibióticos y leche para niños. Y las tiendas de alimentos cerraron.
Es una experiencia nueva, como lo es el torrente de sensaciones desconocidas. Gadafi construyó una sociedad sin Parlamento, sin organizaciones cívicas, sin partidos políticos. Libia era él. Con una economía férreamente controlada, el país magrebí importa el 75% de sus alimentos; el petróleo aporta el 90% de los ingresos de un Estado cuyo producto interior bruto creció el 10% en 2010 y que goza de una renta per cápita que ronda los nada despreciables US$13.800. Pero eso significa poco en Libia. La redistribución brilla por su ausencia.
El plan de Gadafi es, ahora, reprimir a los rebeldes. Sus tropas retomaron Ras Lanuf, un enclave petrolero, y tienen Sirte bajo control. Es la primera retirada que llevan a cabo los sublevados desde que la aviación francesa comenzó a bombardear.