El martes 22 de marzo, día en el que el Estado Islámico realizó dos ataques terroristas en Bruselas en el que 35 personas perdieron la vida y 340 más resultaron heridas, Jhon Jairo Valderrama, colombiano, licenciado en educación y teología, exrector de un colegio en Colombia y orientador estudiantil, quien desde hacía un mes había decidido junto a su esposa y sus dos hijas de 14 y 18 años radicarse en Bruselas, veía en el televisor, consternado, la noticia del día.
Mientras tanto, Tatiana Valderrama, su hija de 14 años, miraba con atención a un grupo de policías que armados hasta los dientes, con la cara tapada y un chaleco antibalas, intentaba entrar al edificio. “Después nos vinieron a tocar a la puerta, nos hicieron poner las chaquetas y nos evacuaron por un balcón hacia una ambulancia de la Cruz Roja que esperaba por nosotras”, recuerda.
Lo que hasta ese momento la familia Valderrama no sabía era que en ese mismo edificio y en el mismo piso, en un apartamento anexo a donde ellos viven, se estaban alojando los terroristas del ISIS que habían planeado el ataque de esa mañana en la capital europea. Hasta ese momento, la familia Valderrama se enteraba de que durante semanas terroristas del Estado Islámico habían sido sus vecinos.
Después, en varias entrevistas, Valderrama señaló reiteradamente que ni él ni su familia querían seguir viviendo en ese apartamento, que sus hijas, recién llegadas de Colombia, estaban muy asustadas y que hablarían con el dueño para llegar a un acuerdo porque habían firmado un contrato por un año y además, habían hecho un depósito por 3.000 euros.
Pero hoy, después de casi un mes, la voz de Valderrama es de resignación, de desesperanza. “El dueño del apartamento no ha dado la cara para hablar, no nos ha puesto cuidado”, señaló. “Solo nos dijo que tenemos que cumplir el contrato. Es decir, que debemos permanecer aquí por un año, de lo contrario tendríamos que pagar 3.000 euros de multa por incumplimiento, que equivaldrían a unos diez millones de pesos y plata es lo que no tenemos”, agregó.
Después de escuchar la respuesta tajante del dueño del apartamento, Jhon Jairo quiso buscar ayuda. Entonces fue a la Casa Latina en Bruselas y escribió un correo electrónico a Rodrigo Rivera, el embajador de Colombia en Bélgica, pidiendo asesoramiento y ayuda. En la Casa Latina le dijeron que lo mejor era que cumpliera el contrato y el embajador lo puso en contacto con una persona para que lo orientara. Una opción, que hasta el momento, no ha resultado exitosa.
Por ahora en la comuna de Schaerbeek, ubicada al noreste de Bruselas, todo parece volver a la normalidad. No se ha visto presencia policial ni en el edificio ni en el barrio. El apartamento donde vivían los terroristas permanece cerrado y la familia colombiana se ha sumido en la resignación. “Nos toca resignarnos porque qué más…”, admite John Jairo. “Mi esposa trabaja, nosotros estamos recién llegados y estamos también con las vueltas del registro en la comuna, aprender el idioma, buscar trabajo…la vida del inmigrante. Un inmigrante tiene que lucharla y en esas estamos. Hay que seguir adelante”.