Poco antes de arrancar la rueda de prensa de hace unas semanas, en la que sería anunciado el acuerdo para desmantelar el arsenal químico de Siria, Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, se sentó a charlar con los periodistas que habían acudido al encuentro en Ginebra, Suiza.
Con su inglés fluido y su traje italiano intercambió algunas palabras, incluso un par de bromas, antes de arrancar con los asuntos oficiales. En medio de una conversación poco trascendental en un momento decididamente trascendental, un periodista se apresuró a preguntarle si el acuerdo estaba listo. Lavrov le respondió pausadamente: “Está muy sediento de sangre”. Otro más le preguntó si ya había hablado con el gobierno sirio. La respuesta: “No, ¿y usted?”.
Lavrov es el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia desde 2004, lo que lo convierte en el titular de esa cartera que más ha durado en el cargo en la era después de la Guerra Fría. Anteriormente a su estancia como el jefe de la diplomacia rusa, el funcionario estuvo como parte de la delegación de su país en las Naciones Unidas durante 20 años, tiempo en el que escaló hasta ser el embajador de su país ante este organismo.
Lo que estos números dicen es que buena parte de las controversiales posturas de Rusia frente al mundo son en gran medida indisolubles de la figura de este diplomático de 63 años. Para mencionar algunas: el conflicto con Georgia, la defensa de unas elecciones que fueron llamadas injustas y arregladas por algunos (y que permitieron el regreso de Vladimir Putin a la presidencia rusa en 2011) y, notablemente, la posición de Rusia como principal defensor de Siria ante la comunidad internacional, incluso cuando una parte de ésta se encontraba dispuesta a atacar al régimen de Bashar al Asad.
Lavrov arrancó su formación en los tiempos de la Unión Soviética y esto, en parte, podría explicar su carácter como diplomático: representar internacionalmente a un país que abruptamente dejó de existir. El trauma derivado de la desintegración del imperio soviético, además de los consecuentes años de transición en los que Rusia pareció ser un sinónimo de decadencia, parece explicar la ferviente labor de Lavrov como gerente de la política externa rusa: funciona lo que le sirve a Rusia, lo demás es otra historia.
John Negroponte, exembajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas, caracterizó para Foreign Policy el trabajo de Lavrov en este organismo como “ejercer el poder de veto (en el Consejo de Seguridad de la ONU) para contribuir a la gloria de Rusia y tratar de derribar a los norteamericanos cada vez que pudiera”.
Un hombre de carácter, sea lo que sea que esto signifique. La historia es famosa: Lavrov es un fumador consumado (además de un devoto de las bondades del whisky) y en 2003 la ONU prohibió fumar en su sede principal. El diplomático ruso replicó que Kofi Annan, secretario general en ese entonces, no era el dueño del edificio. Algunos reportes aseguran que el día de la rueda de prensa en Ginebra de hace unas semanas, un fotógrafo trató de juntar a los diplomáticos para la foto oficial: “Usted no nos da órdenes, usted sólo captura el momento”.
Pero lo que parece ser una necesidad de derribar a Estados Unidos en la arena internacional puede que también sea una política consistente de engrandecer a Rusia, aunque una cosa puede no anular la otra, claro está.
Algunos minutos después de que John Kerry, secretario de Estado norteamericano, señalara en Londres, casi informalmente, que la única forma de suspender un posible ataque contra Siria sería la entrega de su arsenal químico, Lavrov daba una rueda de prensa para anunciar que el régimen sirio estaba dispuesto a cumplir lo propuesto por Kerry. La propuesta no fue hecha en rigor, pero el diplomático ruso aprovechó una oportunidad dorada para continuar con la agenda rusa de evitar una intervención militar extranjera en Siria y mantener a Al Asad en el gobierno de un país que hospeda la única base naval de Rusia en el Mediterráneo.
En una semana, la cuestión siria (que es, principalmente, una guerra civil descarnada y brutal, como si acaso todas no lo fueran) quedó reducida a un asunto de desmantelamiento de arsenal químico; los cambios esenciales (el derrocamiento de Al Asad o la solución del conflicto armado, o las dos) quedaron en el trasfondo gracias a un movimiento de un funcionario que, según el mismo Negroponte, tiene una sola moralidad: el estado ruso.
Lavrov se ha ganado el título de “Ministro No”, en alusión a un apodo otorgado a otro diplomático ruso famoso por ejercer el poder de veto en el Consejo de Seguridad durante la era soviética. Después de más de tres décadas al servicio de su país, el no sistemático con el que Lavrov se planta frente a buena parte de la comunidad internacional parece reflejar la ambición del gobierno de Putin: reclamar un lugar más alto para un país que fue imperio y aún no lo olvida.
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