Mientras Europa estaba distraída con su crisis y los problemas financieros que acechan la región, hubo un descanso colectivo de los eventos que plagaron la geopolítica internacional desde aquel fatídico 11 de septiembre de 2001. El terror que había supuesto Al Qaeda y sus bombas sincronizadas en las capitales del mundo parecían haber quedado en el pasado. Europa se dedicó a lamerse las heridas de la peor crisis económica que había afectado a la Unión desde su institución. Mientras tanto, y no muy lejos, brotaban primaveras y guerras en el Oriente Próximo y Medio. La democracia parecía estar llegando a sitios recónditos con tradición totalitaria y como tal se tildó al movimiento transregional como la Primavera Árabe.
De repente, y sólo evidente este año, acompañado por un jadeo europeo, surgió un grupo jamás visto, el Estado Islámico (EI), como ahora se conoce (también conocido como ISIS o ISIL). Su campaña para generar apoyo entre musulmanes y jóvenes desposeídos del mundo en crisis financiera y pos 9/11 parece retumbar en los barrios marginalizados y obreros de Occidente.
Aunque Al Qaeda, e incluso grupos islámicos más moderados, rechazaban los agravios coloniales del pasado y clamaban por un renacimiento islámico, la diferencia con EI yace en su ocupación de grandes terrenos, la posesión de un armamento importante, su financiación a través de robos bancarios, piratería petrolífera y extorsión. El Estado Islámico dice haber tomado el primer paso para saldar de una vez por todas las malas jugadas del pasado colonial en Oriente Próximo con la creación de un califato que, al consumir naciones ya existentes (como Irak y Siria), unirá a los musulmanes para poder construir una hermandad piadosa y fuerte bajo el liderazgo de Abu Bakr Al Baghdadi.
Con este fin, sus mensajes para recluir han probado ser efectivos. La rebelión militante en Siria e Irak ha atraído a más de 3.000 occidentales, entre ellos más de 100 norteamericanos y unos 2.000 europeos. Aunque muchos han vuelto a sus países, expertos señalan que la mayoría que permanece en Oriente Próximo se ha sumado a las filas de EI, atraídos por sus recientes logros.
El Ministerio de Interior español ha detectado 51 personas con nacionalidad española involucradas en el conflicto. Europol, que agrupa a las policías europeas, concluye en un informe que jóvenes yihadistas son conducidos hacia el radicalismo principalmente por insatisfacción laboral, social y política. El informe continúa destacando la importancia del grupo en la vida de estos individuos, ya que en su seno pueden desarrollar su personalidad. Como tal, la organización se vuelve parte integral de su nueva identidad, capacitándoles para llevar a cabo la violencia extrema que se está gestando en Oriente Medio en estos días.
El instituto de pensamiento madrileño Real Instituto Elcano ha intentado durante años construir un perfil del típico yihadista español que viaja a combatir en Siria y en Irak. En su mayoría son de la ciudad autónoma Ceuta, enclavada en un rincón de Marruecos mirando hacia España continental, y cuenta con una población de 85.000 habitantes, 37% de los cuales son musulmanes autóctonos. Marroquíes residentes en España también han tomado el paso hacia Oriente desde sus hogares en Ceuta, pero también desde Málaga y Girona, ciudades importantes de la España peninsular. Según el Instituto, la edad de los combatientes en Siria oscila entre los 16 y los 49 años y suelen estar casados.
Con la excepción de algunos, ningún yihadista identificado contaba con experiencia militar antes del inicio del conflicto sirio. En cambio, la mayoría sí había participado en encuentros de propagación del salafismo yihadista (la rama del Islam puritana, radical y extrema, y con origen en la Península Arábiga, a la cual se suscribe el EI) celebrados desde 2008 en Ceuta y más esporádicamente en el sur de la Comunidad Autónoma de Andalucía.
Antes de convertirse en miembros de EI u otras organizaciones militantes, los yihadistas que vienen desde Europa son sometidos a un proceso intenso de radicalización a través de actividades al aire libre, mediante las cuales participan en sesiones de preparación física y reuniones a puerta cerrada en domicilios privados o lugares de culto en la misma Ceuta o en localidades cercanas al otro lado de la frontera con Marruecos.
El incentivo principal para estimular el reclutamiento suele ser económico, proporcionando alivio financiero a familias de soldados potenciales, normalmente de extracto humilde. El dinero es obtenido de donaciones, colectas y el narcotráfico. Una vez decidido a convertirse en soldado activo, el recluta empieza su viaje trasladándose en ferry hasta la península, donde toma un avión desde Málaga o Madrid con rumbo a Estambul. Una vez allí, un vuelo doméstico deja a los yihadistas futuros en la provincia fronteriza de Hatay, en donde se reparten entre Irak y Siria.
Mientras tanto, los gobiernos europeos buscan cómo enfrentarse a la amenaza de un grupo endógeno militante que quiere ir a luchar, o bien, desea regresar a casa con sus experiencias y doctrina debajo del brazo. El ministro de Justicia holandés, Ivo Opstelten, declaró que su país había cancelado los pasaportes de 33 personas sospechosas de querer unirse a grupos terroristas, mientras sus hijos fueron puestos bajo cuidado institucional. Las autoridades de Francia, Alemania, Italia y España han arrestado a varios individuos sospechosos de ser yihadistas para EI en las últimas semanas, entre ellos algunos que se piensa vinieron desde Siria con el propósito de reclutar.
El Reino Unido, que elevó su alerta de amenaza de terror el mes pasado, ha presentado una serie de medidas a principios de septiembre que incluyen una ley que permite retirar los pasaportes de personas sospechosas de terrorismo y que abre la puerta a prohibir la entrada al país a sus propios ciudadanos si se piensa que éstos participaron o participarán en terrorismo.
Es de poco consuelo que el Estado Islámico aún no ha hecho llamados para organizar ataques en Occidente, a diferencia de Al Qaeda. Por ahora, este grupo está enfocado en crear la semejanza de un estado que sigue la Sharia (ley islámica) en todo el mundo musulmán, prometiendo un nuevo amanecer para una segunda edad dorada islámica, mensaje que retumba entre una juventud desilusionada con la Primavera Árabe, la crisis financiera mundial y el desgaste de las democracias occidentales.
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