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El paraíso perdido

La tensión crece en la península, que, como una buena parte de Ucrania, se divide entre pertenecer oficialmente a este país y vivir de corazón en Rusia.

28 de febrero de 2014 - 10:00 p. m.
Ciudadanos prorrusos y proucranianos se enfrentaron esta semana en las afueras del Parlamento de Crimea, en Simferopol, la capital de la península. / EFE
Foto: EFE - ARTUR SHVARTS
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Hace algunos años un periodista ucraniano escribió en una nota acerca de Crimea que la península representa “una oportunidad singular de que los ucranianos se sientan extranjeros en su propio territorio”.

La frase lleva una poderosa carga de profundidad. Crimea: el paraíso perdido de los rusos que hoy es parte de Ucrania, un lugar en el que el 60% de sus habitantes se identifica como ruso.

La balanza parecería estar inclinándose cada vez más del lado de Rusia, la nación que se hizo con la península en tiempos de Catalina la Grande y la entregó a Ucrania como un gesto de buena voluntad en 1954, cuando ambos países eran uno solo bajo la hoz y el martillo y el liderazgo de Nikita Jrushchov. Como escribió la periodista británica Cathy Newman: “La historia de Crimea sugiere cuán imprudente es pensar que la posesión de un territorio, en especial si hablamos de un paraíso, es para siempre”.

Ayer, militares sin insignias, aunque bien armados y entrenados, tomaron el control del aeropuerto internacional de Simferopol, la capital de la península. Un día antes habían entrado al Parlamento de Crimea cuando éste votaba para sostener un referendo que definirá una mayor autonomía de Ucrania.

Al menos formalmente, Rusia perdió las costas doradas de Sebastopol y Yalta y varios de los balnearios que durante siglos descongelaron a la élite rusa con el colapso de la Unión Soviética. En medio de la resaca por la caída del Muro, Crimea decidió declarar en 1992 su independencia de Ucrania: la disputa se saldó con la declaración de la República Autónoma de Crimea. Pero, aunque contaría con sus propios órganos de control, la península seguiría siendo parte de Ucrania.

El asunto iba más allá del control político más inmediato, pues también estaba el espinoso tema de la Flota del Mar Negro, una de las salidas navales más estratégicas para Rusia, pues le permite acceso al Mediterráneo, cuyo puerto ha sido Sebastopol desde la época de los zares y lo seguirá siendo, al menos hasta 2042, año en que caduca un acuerdo firmado por Ucrania y los rusos para este fin.

Un periódico local reportó que a principios de esta semana el alcalde de Sebastopol (declarada ciudad heroica por los soviéticos luego de resistir durante 247 días el asedio nazi) renunció y el concejo de la ciudad eligió para el cargo a Aleksei Chaliy, ciudadano ruso. La agencia Reuters informó ayer que hombres armados, portando el uniforme de la Flota del Mar Negro, habían ocupado una oficina de aduanas y fronteras de Ucrania. En la tarde, un convoy de nueve vehículos blindados de la Flota fue visto en la carretera que comunica a Sebastopol con Simferopol. Rusia aseguró que este movimiento de tropas es para incrementar la seguridad del puerto.

Aunque no se sabe a ciencia cierta quiénes son los hombres armados del aeropuerto y el Parlamento regional, tampoco parece extrañar la existencia de grupos paramilitares en Crimea, península que sirve de hogar a la Unión Crimea de Cosacos, un grupo con más de 7.000 integrantes que, además de añorar la versión rusa del borsch (un plato que, como el pisco, tiene una disputa por su lugar de origen), imparte entrenamiento militar a sus miembros.

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De haber un intento separatista es poco probable que haya una reacción en contra, y menos en Sebastopol. En una ciudad en la que sólo una escuela pública enseña en ucraniano (las demás lo hacen en ruso), cuya población está conformada por un 70% de etnia rusa, con más de 2.000 monumentos que conmemoran la gloria soviética en lugares como la plaza Lenin, la calle de los Héroes de Stalingrado o cerca al cine Moscú, separarse de Ucrania y anexarse a Rusia pareciera ser un acto, no sólo natural, sino incluso soberano.

Apenas una semana después de la salida del presidente Víktor Yanukóvich (quien reapareció ayer en Rusia para una conferencia de prensa), la situación política de Ucrania es tensa, por decir lo menos, pero lo que sucede en Crimea es crítico. La aparición de hombres armados eleva las apuestas pues pone al gobierno de Kiev en una posición incómoda: reaccionar en contra de la amenaza armada o tratar de disuadir pacíficamente a una región que siente a Rusia como la madre patria. De ser lo primero, una confrontación de fuerzas parecería ser una buena excusa para que los rusos repitan el escenario de Osetia del Sur, región a la que entraron para defender a sus nacionales presentes en el territorio.

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En el fondo, además de los intereses económicos y militares de Crimea, lo que hay es un problema de identidad, una especie de esquizofrenia nacionalista que no por ser algo enfermiza es menos poderosa. Newman vuelve a resumirlo magistralmente: “Tal vez haya de pasar otra generación, o varias, incluso muchas, para que Crimea se defina como ucraniana, y no ucraniana por defecto”.

 

 

slarotta@elespectador.com

@troskiller

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