El episodio fue una afrenta para la médula de las fuerzas militares. Habían alistado todo con cuidado: los tanques debían estar listos, lo mismo la artillería, los uniformes. Era una tarde fría de otoño, y el Ejército de la pequeña Bielorrusia se alistaba para realizar un ejercicio de maniobras conjuntas con Rusia, esa suerte de patriarca geopolítico que aún hoy observa y rige vigilante el destino de esta ex república soviética.
Y apareció entonces Alexander Lukashenko. Aquel a quien Occidente llama “el último dictador de Europa”, vestido, como siempre, acorde a la ocasión: uniformado impecablemente, como lo había hecho en este tipo de ceremonias durante los 12 años de un turbio mandato. Esta vez, sin embargo, algo había de distinto en el protocolo ceremonial: a su lado, un pequeño rubio y cachetón, réplica del mandatario, tan impecable y tan férreo, caminaba a su lado como si ambos fueran figuritas perdidas de un juego de guerra. Era Nikolai, de cuatro años, tercer hijo (el único ilegítimo) del mandatario, de quien los diez millones de bielorrusos habían escuchado de oídas, pero a quien pocos habían visto en vivo.
Desde entonces, el pequeño Nikolai —a quien su padre entrena con estoicismo, haciéndolo nadar, por ejemplo, en las aguas heladas de los lagos de invierno— se ha convertido en la última figura del indescifrable juego político de un presidente que prometió desde 1996 prolongar el modelo socialista soviético en su territorio sin ocultar sus visos dictatoriales: no admite observadores internacionales en sus elecciones, varios de sus opositores y críticos han desaparecido misteriosamente o son asesinados, y desde este año ha prometido que su hijo será su heredero y futuro presidente de Bielorrusia.
En muchas ocasiones, padre e hijo aparecen juntos en eventos oficiales. Nikolai lo ha acompañado incluso en reuniones internacionales, en detrimento de la primera dama —quien vive recluida en una villa remota y con quien Lukashenko tuvo dos hijos que desempeñan hoy altos cargos burocráticos—. Así, de sutil manera, el mandatario ha venido creando a su antojo una suerte de dinastía modelo siglo XXI.
Unos pocos, sin embargo, se rebelan a esta anacrónica excentricidad. “Ha sido una vergüenza”, dijo en su momento un exMinistro del Interior, tras la aparición de Nikolai durante la revista militar. “Si apareciera con mi hijo en un desfile así sería tratado como un loco, es realmente vergonzoso”, aseguró Pavel Kozlovsky, ex ministro de Defensa.
Lukashenko, sin embargo, no parece inmutarse. A él, por el contrario, lo asaltan mayores preocupaciones: ¿cómo congraciarse con Europa?, esa vecina región que tan poco lo comprende, y donde hasta hoy no se ha atrevido a llevar, en reemplazo de su primera dama, a su infantil heredero.