El informe se tomó como una señal de alerta en la sede de la CIA. Los analistas iban de un lado a otro, haciendo llamadas a sus hombres en Corea del Norte y sacando conjeturas. La alarma se extendió a los servicios secretos de China, Rusia, Japón y Corea del Sur. El culpable de tanto revuelo no era otro que Kim Jong Il, el líder del régimen comunista norcoreano.
Minutos después la prensa le confirmó al mundo la noticia: Kim no asistió a las celebraciones del aniversario 60 de su nación. Según datos de la CIA, había sufrido un derrame cerebral y su estado de salud era desconocido. El diario surcoreano Chosun Ilbo publicó que se había desvanecido en agosto y que cinco médicos chinos llegaron a Pyongyang, la capital del país, para atenderlo.
La información parecía veraz: desde el pasado 14 de agosto no se veía a Kim en un acto público. La cúpula comunista norcoreana, como siempre, no dijo nada.
Los japoneses, sin embargo, sabían que Kim estaba muerto. El mes pasado, en una entrevista con Toshimitsu Shingemura, docente de la Universidad de Waseda y experto en la Península Coreana, el diario Shukan Gendai publicó que el líder norcoreano había dejado este mundo a finales de 2003 y que desde entonces el régimen utilizaba varios dobles para evitar el pánico entre la población hambrienta.
Los norcoreanos creen firmemente que su Querido Líder, término acuñado por Kim en los años 70, sigue dirigiendo los destinos del país sin ningún problema y menos de salud. Ellos están acostumbrados a celebrar el día de su cumpleaños como fiesta nacional, adorar sus retratos y los de su padre, Kim Il Sung, fundador de la nación, y a ser castigados si incumplen sus órdenes.
La vida de Kim está llena de majestuosidad y excesos. Ingresó en 1961 al CND, el estamento que regía su progenitor y que controla el día a día de los norcoreanos. Escaló posiciones rápidamente hasta llegar al departamento economía, donde diseñó los planes de producción que llevaron al país a la autosuficiencia en los 80.
Al mismo tiempo cultivaba su afición por el cine. En 1978 ordenó el secuestro del director y productor surcoreano Shing Sang Ok, a quien le encomendó la tarea de edificar la industria cinematográfica norcoreana.
Sus detractores argumentan que importa cada año 700.000 dólares en coñac, que es el dueño de una inmensa colección de automóviles deportivos y unas 20.000 cintas de Hollywood, y que realiza sus viajes en un tren privado por la fobia que siente a los aviones. Vive obsesionado con su estatura, por eso viste zapatos con plataforma pare verse alto.
Los peligrosos servicios secretos del régimen le deben su nacimiento. La comunidad internacional le atribuye los atentados en Birmania contra una delegación surcoreana en 1983, en la que murieron varios ministros.
Por eso las agencias de seguridad internacionales tomaron atenta nota cuando, en 2006 y ya como líder del régimen tras la muerte de su padre, anunció que Corea del Norte había desarrollado armas nucleares. Washington se alarmó y de inmediato impulsó sanciones internacionales contra Pyongyang. Corea del Sur prefirió negociar y ofreció un ambicioso plan de reunificación a cambio del desarme.
La noticia de su enfermedad trajo el pánico a las naciones que participan en la mesa de diálogo, las mismas que se enteraron de la noticia a través de sus servicios secretos en la capital norcoreana.
“Esas informaciones no valen nada y responden a una conspiración”, declaró Song il-no, embajador en Japón a la agencia Kyodo, transmitiendo un mensaje tácito del régimen: el Querido Líder está bien y vivirá muchos años más. El mundo sigue a la espera de más noticias.
Lo que sigue en Corea del Norte
Tras la muerte de su padre, el fundador de la nación, en 1993, Kim Jong Il asumió el poder. La economía, que había sido su fuerte, fracasó tras una planificación productiva errada y la desaparición de los subsidios soviéticos.
A mediados de los años 90, el país se sumió en una hambruna generalizada por los desastres naturales y la caída en el crecimiento (-7% anual). Se calcula que murieron alrededor de tres millones de personas por el hambre.
La situación actual en Corea del Norte no dista mucho del pasado. Acosado por la crisis alimentaria mundial y las sanciones impulsadas por Washington, los hogares norcoreanos viven con dos comidas al día.
La enfermedad del líder comunista puede desatar el caos, pues si Kim muere prematuramente no hay una persona que asuma el poder: Corea del Norte es el único régimen comunista con sucesión hereditaria.
Se dice que su hijo Kim Jong Chol, de 26 años y encargado de la propaganda del Partido, es el más firme sucesor.