Han pasado 77 años, pero no parece tan lejano. En noviembre de 1938, el estudiante negro Lloyd Gaines fue rechazado de la Escuela de Leyes de la Universidad de Misuri a causa de su color de piel. Gaines se había graduado de la Universidad Lincoln, fundada en 1866 por un grupo de veteranos de la Guerra Civil que pensaron que los afroamericanos tenían derecho a educarse, y tenía en su haber buenas notas, becas y referencias optimistas sobre su nivel académico. Sin embargo, el secretario de la facultad, Cy Woodson Canada, eludió su historial y afirmó su rechazo en el hecho de que nadie —nadie— lo obligaba a aceptar a un negro en su escuela. El lío terminó en los tribunales y en diciembre la Corte Suprema sentenció que las universidades estatales debían permitir la entrada de negros en sus campus o crear un espacio reservado para ellos. Es decir: Canada podía aceptar a Gaines —la suya era la única escuela de leyes en la zona— o levantar un espacio para su uso individual, alejado de la cáfila blanca. Entonces, con ayuda estatal, Canada prefirió la segunda opción: la escuela de cosmetología de la Universidad Lincoln se convirtió en la nueva escuela de leyes, sólo para negros.
La historia es una de las referencias de los integrantes de Concerned Student 1950, un grupo de once estudiantes de la Universidad de Misuri, para afirmar que la resistencia a los negros en las universidades de EE.UU. persiste. Ha tomado, quizá, otra forma. Las protestas que han protagonizado desde la semana pasada están basadas en esa premisa: el racismo se transforma, pero no termina. Hace un tiempo, en uno de los baños de la universidad, apareció una esvástica modelada con heces; en otra ocasión, un estudiante blanco atendió un ensayo de teatro (los actores eran negros) para espetarles con palabras denigrantes su inferioridad. Para el movimiento, que hace referencia a los primeros nueve estudiantes negros que entraron a esa universidad en 1950, ambos hechos son por una parte el resultado de la ceguera institucional (el rector, Timothy Wolfe, renunció aceptando, de manera implícita, que no había respondido a las peticiones de los estudiantes) y, por otra, la expresión de una discriminación que sabe transformarse.
Los dos últimos años en Misuri han demostrado con creces dicha afirmación. La muerte de Michael Brown, 18 años, a manos de un policía, produjo una serie de protestas quizá distintas en su naturaleza a las que han ocurrido esta semana: en esta ocasión, la discusión llega a la universidad, un lugar donde se espera una respuesta más equitativa en materia racial. Sin embargo, y a pesar de los avances de las últimas décadas (según el Pew Research Center, 1,7 millones de negros se matricularon en universidades desde 1992 hasta 2013), el movimiento de Misuri expresa, en primer lugar, que la universidad expresa las tensiones sociales en EE.UU. y, en segundo, que se ha mantenido como un lugar donde aún campea la discriminación desde la fundación de universidades exclusivas para negros a mediados del siglo XIX y a pesar de sus luchas legales, a mitades del XX, para ingresar a entidades de educación donde predominaban los blancos.
Una historia de ese entonces podría ilustrar con más veracidad: Gus T. Ridgel, de 89 años, fue uno de los primeros estudiantes negros que cruzaron el dintel de la Universidad de Misuri. En un relato a The New York Times, Ridgel recordaba que vivía solo en una habitación para dos personas y que, por lo general, comía sin compañía. En una ocasión, cuando entró con tres compañeros blancos a una cafetería, el mesero dijo que podía servirles a los tres pero a él, el negro, no. “Si no nos puede servir a los cuatro —respondieron ellos—, no le puede servir a ninguno”. Y se fueron.
En una columna publicada esta semana en The New Yorker, Jelani Cobb recordaba que el pueblo negro en EE.UU. sigue estando desprotegido y carece de la fuerza de sus oponentes para defenderse. En la visión contraria, el analista David French formuló en National Review: “Ellos (los negros) no son débiles. No necesitan protección. Están comprometidos en una clásica lucha por el poder, por ahora contra una oposición débil, ineficaz y cobarde”. Cobb expresa entre líneas que es mucho más sencillo luchar por el poder cuando se está en él, sobre él, cuando se dominan todas sus cabezas, que luchar desde afuera, como los estudiantes de la Universidad de Misuri o su contraparte en Yale, también levantados por actos similares en su campus. El diario Columbia Missourian registró en su edición de ayer esta frase: “El centro (del poder) ha cambiado. El exterior aún no”.