“¿Y es que se había ido?”, pregunta irónica la periodista Anne Sinclair en su columna del Huffington Post, a propósito de la entrevista televisada del pasado domingo en la que el expresidente francés Nicolás Sarkozy salió, si no de un silencio, al menos sí de una prudencia cuidadosamente cultivada y sorprendente para un político conocido por su impulsividad.
A pesar de mantenerse en el terreno de lo ambiguo respecto a su futuro, al punto de insinuar que se dedicaría sobre todo a dar conferencias sobre su experiencia de mandatario, el hombre fuerte del partido de derecha UMP nunca ha estado verdaderamente ausente de la escena política francesa. Desde su derrota por un estrecho margen contra el socialista François Hollande el 6 de mayo de 2012, Sarkozy ha apoyado candidatos en las elecciones parlamentarias y a su antigua vocera, Nathalie Kosciusko-Morizet, en su campaña por la Alcaldía de París. También, sus problemas con la justicia lo han mantenido en el centro de la actualidad: las declaraciones trucadas de sus gastos de campaña, que le valieron a su partido una deuda de 11 millones de euros, de la cual aún no se ha repuesto, las sospechas de transacciones monetarias con el régimen de Gadafi y una acusación aún no resuelta por obstrucción a la justicia que le valió una detención preventiva de 24 horas.
Fue ese incidente el que probablemente retrasó el esperado regreso “oficial” de Sarko. Para el periodista Bruno Jeudy, la caída interminable de la popularidad de Hollande y el giro hacia la derecha del primer ministro Manuel Valls serían otros de los factores que obligaron al expresidente a retrasar el anuncio de su regreso, esperado desde hace meses y del que se rumoraba sería una simple declaración en las redes sociales.
Sarkozy prefirió finalmente una entrevista en la cadena France 2, en lugar de la mucho más favorable hacia él TF1. A diferencia de lo acostumbrado durante su mandato, en esta ocasión eligió a un periodista más bien imparcial, Laurent Delahousse. Tanto el medio como las líneas de su intervención habrían sido preparados junto a su más cercano asesor, el exministro de la Inmigración, Brice Hortefeux.
Durante la entrevista, el exmandatario, como se preveía, criticó la gestión de François Hollande y defendió algunas ideas presentadas durante su campaña, entre ellas las de revisar los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación en el interior de Europa y recurrir con mayor frecuencia al referendo nacional como mecanismo de decisión. A la hora de reconocer sus errores, prefirió hablar de sus salidas de tono y su comportamiento agresivo que de las decisiones políticas y evitó el polémico tema del matrimonio igualitario limitándose a decir que Hollande había “humillado a las familias y a la gente que cree en la familia”.
“Sarkozy ha madurado y comprende los errores que cometió”, señala Geoffroy Didier, quien fuera miembro del movimiento Sarkozistas de Izquierda y actualmente milita en Derecha Fuerte. Jean-Jacques Urvoas, diputado socialista, compara el regreso de Sarkozy con el de Napoleón, “que volvió por 100 días antes de la derrota definitiva”. Florian Philippot, del ultraderechista Frente Nacional, afirma que “ese ‘regreso’ le interesa sólo a una mínima parte de los franceses, para la mayoría ‘no tiene ninguna importancia’”.
En opinión del periodista Laurent Neumann, autor de un libro sobre la campaña presidencial de 2012, “paradójicamente, el muy mediático regreso de Sarkozy va a beneficiar a Hollande porque los medios van a dejarlos en paz a él y a Valls para concentrarse en el expresidente”.
Sarkozy no es el primer presidente francés derrotado que intenta regresar al poder. Valéry Giscard, quien perdió su reelección frente a Miterrand en 1981, trabajó durante años para labrar una nueva candidatura, y aunque obtuvo puestos en el legislativo, nunca logró consolidarse como figura nacional.
En noviembre, Sarkozy deberá ganar una primera elección, la de la presidencia de la UMP. En ella intentará posicionarse como un líder capaz de reunir todas las corrientes que se crearon luego de la derrota de 2012. El ex primer ministro François Fillon, el diputado Bruno Le Maire y, sobre todo, el moderado alcalde de Burdeos, Alain Juppé, quien goza de simpatías en el centro y la izquierda, se han consolidado como rivales de peso que no tienen ningún interés en sentarse a esperar hasta 2022 para dejarle el camino libre al exmandatario en 2017.
La primera salida de Sarkozy a la plaza tendrá lugar este jueves, en la modesta ciudad de Lambersant, al norte de Francia. La pelea por la sucesión de François Hollande ha comenzado.
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