En el Valle del Bekaa las pelotas ruedan de manera extraña. Una piedra, sólo una, puede entorpecer cualquier jugada: un gol que iba a ser o un pase que por un rebote desafortunado terminó yendo a ninguna parte. Allí, en ese campo de refugiados enclavado en la región más fértil del Líbano, se puede jugar fútbol, lo que no significa que existan garantías para que el balón vaya a donde mejor deba ir. Quizá hasta termine adentro de un toldo, de una de esas “estructuras” improvisadas que dan albergue a unos 350.000 desplazados por una guerra que no termina y sigue acumulando desgracias. El valle aparece entre dos grandes cadenas montañosas y se extiende por todo el oriente, hasta bordear la frontera con Siria y cientos de familias han cruzado la línea escapando sin mirar atrás. En el campo de refugiados del Valle del Bekaa rara vez llueve.
En el Hogar San José de los Hermanos Maristas de Montevideo hay campos de fútbol. Verdes y planos. Desde hace dos semanas niños sirios juegan para pasar el rato. El día que llegaron, a Guzmán, un ‘pibe’ uruguayo de quinto año de primaria, sus caras lo “mataron” cuando los vio bajar del “ómnibus”, o sea lo emocionaron, lo enternecieron. Venían con sus familias y acababan de cruzar más de medio mundo buscando tranquilidad. El día que llegaron llovió de tarde y de noche en la capital de Uruguay, y felices de ver caer agua del cielo, los niños sirios jugaron una vez más al fútbol mientras sus padres y hermanos mayores salían a los campos a mojarse, como si se estuvieran cargando de lluvia para su nueva vida. Guzmán confesaría después que la noche anterior le había costado dormir, ansioso por conocer a quienes serían sus nuevos compañeros en la Escuela Experimental de Malvín.
¡Cómo une la pelota!, dice el presidente uruguayo José Mujica. Esa es su conclusión ahora que han pasado seis meses desde que tuvo la idea de recibir en su país a un grupo de damnificados de ese conflicto inacabado. Miles de kilómetros recorridos y así es como la guerra iniciada en marzo de 2011, entre los rebeldes sirios y el presidente Bashar al Asad, lleva a Uruguay no sólo sus gajes, sino la oportunidad de encontrar salidas viables para las víctimas. Uruguay es el primer país de América Latina que recibe refugiados sirios y ante los aplausos a su idea, José Mujica les habla a los líderes que por eso lo felicitan: “Más vale que no me alaben y hagan algo parecido (…) no se hagan los distraídos, hay una guerra que no la podemos parar. Lo mínimo es solidaridad con los niños. Yo sé que hay niños pobres en todas partes del mundo. Pero una cosa es pobreza y otra cosa son niños sueltos en medio de una guerra”.
En marzo de este año, el gobierno uruguayo estableció contacto con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). El motivo, dar una mano, así fuera pequeña, en la atención a la emergencia humanitaria siria: más de 150.000 muertos por las bombas, los combates y las balas perdidas, y cerca de 2,6 millones de desplazados desperdigados por el Líbano, Jordania y Turquía.
Con cerca de 175.000 kilómetros cuadrados de superficie y casi 3,5 millones de habitantes, Uruguay no podía aspirar a acoger tantas tragedias a la vez. Estableció un límite de 120 refugiados que llegarían desde el Valle del Bekaa en dos grupos, con la condición de que al menos el 60% fueran niños. Destinaría unos US$3 millones para recibirlos, alimentarlos, entregarles una vivienda —que los adultos con trabajo tendrán que pagar— y darles educación en español a pequeños y grandes. El grupo de los seleccionados acumulaban entre cuatro y dos años de refugio en el Valle de Bekaa y corrían más riesgo que otros en un enorme grupo de gente que se ha acostumbrado a correr muchos riesgos.
Así que una tarde de mayo al teléfono de la maestra Mariela Iza, del colegio Jesús María de Montevideo, especialista en dificultades del aprendizaje, entró una llamada: el gobierno la contactaba para que estuviera al frente, para que ideara un plan que sirviera para recibir a los refugiados y además fuera el punto de partida para introducirlos en la sociedad uruguaya. “¿Qué me dijo el presidente Mujica cuando nos reunimos por primera vez? Que teníamos que ayudar, que era importante para la humanidad. Al final me dijo ‘muchas gracias’”, relató para El Espectador la maestra Iza, quien hoy asegura sentirse afortunada por haber sido ella, porque aunque no lo cuente, en algún rincón de sus emociones algo le dice que todo esto está muy cerca de hacer historia.
Junto a la profesora Silvia Iglesias, encargada del área de lenguas extranjeras del colegio Jesús María, la maestra Iza construyó un plan de siete semanas con clases intensivas de español: saludos, situaciones cotidianas, tradiciones uruguayas… “sabemos que existen diferencias culturales, que vienen de otra religión y es nuestra tarea que se sientan cómodos rápidamente. Al principio había muchas emociones en el aire, algunos de los mayores no creían que estuvieran acá, estaban muy emocionados. Claro que cargaban con la tristeza de haber dejado el lugar al que pertenecen, pero su emoción iba por otro camino: no alcanzaban a entender cómo era que gente de un país tan lejano los recibiera y los tratara tan bien”, comenta la maestra, como si hoy fuera más fácil tener que viajar 30 horas y cruzar continentes, que darle una mano al necesitado.
Con los días las rutinas se van construyendo de a poco. Si estuvieran en Siria, las mujeres estarían en su hogar, aguardando porque su esposo llevara todos los insumos necesarios para sostener el hogar. En Montevideo, en cambio, las parejas van juntas al mercado. “Una simple anécdota, para ejemplificar. Le damos la bienvenida a su cultura y ellos también pueden darle su bienvenida a la nuestra”.
Las clases en el Hogar San José se alternan con la asistencia, dos días a la semana, a un jardín infantil, para los más pequeños; a una escuela primaria, para los intermedios, y a un liceo, para los más grandes. Gran parte de la acción ha transcurrido en la Escuela Experimental de Malvín, a la que se han sumado 13 nuevos compañeros musulmanes a los 469 alumnos con los que contaba. Los letreros de “baños”, “dirección”, “cafetería”, tienen sus versiones en árabe, pintadas por los mismos niños. Cuando los “nuevos” llegaron todos cantaron canciones, los recibieron con abrazos y les dieron la bienvenida: por momentos los niños sirios fueron estrellas de rock seguidas por sus fanáticos. Fue entonces cuando la directora, Laura Beytía, se “quebró” porque se dio cuenta de que estaba pasando por el mejor y más importante punto de su carrera y porque “está bueno” ver que los seres humanos también pueden construir escenarios sublimes entre sí. Cuando a los niños les preguntaron si habían tenido problemas para comunicarse porque no saben español dijeron para nada: “tienen un nivel de gestos muy bueno”, sugirió una niña. Además, el fútbol y las escondidas son lenguajes universales.
Uruguay adoptó por ahora a cinco familias. Cuando el otro año comience, se distribuirán por diversos puntos del territorio y los mayores trabajarán como caseros de banquetes u operarios de empresas estatales. Luego, en febrero, llegará un segundo grupo con cerca de 80 personas más, con el apoyo de la Organización Mundial para las Migraciones y Acnur nuevamente. Volarán eternidades como sus antecesores y la historia comenzará otra vez. De modo que esa quizá sea la despedida de José Mujica del gobierno: el 1° de marzo le dará paso a su sucesor.
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@Motamotta