Tuve el privilegio honroso de contar con la amistad de Leopoldo Calvo Sotelo y de su esposa Pilar Ibáñez Martin. Igualmente tuve el honor de ser recibido en su docta casa y deleitosa, de Ribadeo, con mi primera esposa Rosa Helena y mis amigos Santiago y Chiqui Rengifo Calderón. Aquella casa llena de evocaciones familiares, que habitara el abuelo Ramón Bustelo, diputado liberal de comienzo del siglo XX y que ha sido recordada con alegría por su sobrina Mercedes Cabrera, brillante Ministra de Educación del gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, aquella casa en la Ría de Ribadeo hasta donde prolonga Galicia su dulzura, como queriendo entrar en Asturias, era bien conocida por todo el mundo en la región; pues apenas llegaba el alba, su dueño se alejaba hacia la ciudad trepado en una bellísima y veloz moto que él mismo conducía. Salía yo en su seguimiento en automóvil, pero cuando preguntaba por él donde el panadero, ya Leopoldo había recogido el pan y volaba en busca de los periódicos, los cuales a mi llegada ya él había recogido. Todos se referían a él con respeto y con cariño. Una vez en la casa, las tertulias eran un interrogatorio interminable sobre las ensoñaciones y frustraciones de América Latina; o en torno a Cartagena de Indias, que visitó varias veces como Ministro de Transporte del gobierno de Suárez.
En uno de aquellos viajes lo acompañé, para mi desafío y mi deleite, lo primero porque estaba siempre haciendo socráticamente preguntas sobre lo humano y lo divino, con cuyas respuestas nunca yo lo alcanzaba como en la moto de Ribadeo; y lo segundo porque por momentos se alejaba de todos en el avión y regresaba con amenazantes octosílabos de esta guisa:
¿Quién es romántico en flor,
escritor y conductor,
caminador y hablador?
¡El señor Embajador!
¿Quién mezcla guinda y salario?
-Nuestro amigo Belisario.
Y proseguía en una hilarante retahíla de cadencias y rimas que yo era incapaz de contestar.
¡Todavía le debo un soneto! En algún momento se lo enviaré a su nuevo domicilio de Ribadeo Celestial.
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Era pensador de altas instancias metafísicas, y político de ideas y decisiones categóricas. Por ejemplo, fue Calvo Sotelo quien hizo el tránsito entre la renuncia de Adolfo Suárez a la Presidencia del Gobierno el 29 de enero de 1981 y el triunfo espectacular del PSOE con Felipe González en octubre de 1982, triunfo que presidió y padeció, así como padeció la disolución de la UCD.
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Fue un corto período como presidente elegido en mitad de las tormentas. (Los militares golpistas irrumpieron violentamente en el recinto de las Cortes el día de su elección). Pero breve trayecto en que Calvo Sotelo no vaciló en incorporar a España en la OTAN, sin improvisaciones porque conocía el tema al dedillo como ministro que fuera para la Comunidad Europea, a pesar del insufrible personaje Giscard d’ Estaing, presidente de Francia, a quien Calvo Sotelo no podía ni ver, según Santos Juliá. Y trayecto en el que, no obstante sus convicciones católicas, como ha escrito su amigo y Ministro de Defensa Alberto Oliart, “comprendió que el país necesitaba una legislación que fuera más allá de sus propias convicciones religiosas y aprobó la ley del divorcio en atención a su lealtad al ideal democrático”.
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En alguna conferencia mía en un ciclo madrileño sobre temas iberoamericanos en la Universidad Central, Calvo Sotelo hizo de introductor ante las autoridades universitarias y ante el entonces embajador y después presidente Ernesto Samper Pizano, con una página llena de generosidad, que es prólogo de un libro mío con ensayos académicos, de pronta aparición.
Ingeniero de caminos, Ministro de Obras Públicas de la Comunidad Europea y Ministro de Comercio que hablaba inglés, francés, italiano y alemán a la perfección, durante sus veintiún meses de Presidente, rechazó la propuesta de un gobierno de coalición que le hiciera su amigo Felipe González. Pero conversaba con él a diario sobre los temas fundamentales de la España que compartían. “Hablábamos mucho, nos veíamos con bastante frecuencia y más veces de las que trascendían a la opinión pública —escribió González a su muerte—, porque eran tiempos difíciles en los que todos teníamos que remar en la misma dirección: consolidar la democracia y procurar que los sectores involucrados estuvieran controlados”.
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Ha muerto un Grande de España, un hombre de estado, un ser leal y honesto, el artífice de la transición democrática. Tales fueron algunos de los titulares de la prensa española sin ninguna salvedad, ante su muerte el pasado 3 de mayo, en su casa de Pozuelo de Alarcón en Madrid.
Un hermoso y elocuente consenso se produjo alrededor de su féretro: la discreción de sombra callada con que vivía en sociedad, fue la misma silenciosa grandeza con que murió. Aquel silencio lo ha roto la gratitud de España entera.
El hombre de la transición
Leopoldo Calvo-Sotelo fue uno de los cinco presidentes que tuvo España desde el fin de la dictadura. Llegó a la jefatura del Ejecutivo en febrero de 1981 y entregó su cargo a Felipe González el primero de diciembre de 1982. Pese a la brevedad de su mandato y a las dificultades políticas y económicas que tuvo que enfrentar durante ese año, Calvo-Sotelo tomó decisiones cruciales en la modernización del país, como el ingreso en la OTAN y la Ley de Divorcio. Leopoldo Calvo-Sotelo fue un ex presidente discreto. Se mantuvo fiel a su opción política conservadora y apoyó a los gobiernos del Partido Popular. España perdió a un político de primera, a un auténtico hombre de Estado.
El emotivo adiós a Leopoldo Calvo Sotelo
Miles de personas despidieron, el pasado 5 de mayo en Ribadeo (Lugo), al ex presidente del gobierno Leopoldo Calvo Sotelo, quien fue enterrado en el cementerio municipal de la localidad después de una misa funeral en la iglesia parroquial y de que cientos de personas desfilaran por la capilla ardiente que se instaló en el ayuntamiento para rendirle un último homenaje. El funeral de Estado estuvo presidido por los Reyes y por el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. “Nunca olvidaré su encomiable entrega al servicio de España durante tantos años, su impagable contribución a nuestra Transición, su labor para situar a España en el lugar que le corresponde en el mundo, y su probada y permanente lealtad a la Corona. Murió un gran español, un gran hombre de Estado, un demócrata y una persona muy querida”, fueron las palabras del Rey, Don Juan Carlos.