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El tsunami político

La falta de liderazgo y dirección se ha hecho evidente durante la catástrofe en el país.

15 de marzo de 2011 - 07:03 p. m.
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Los terremotos en Japón no son exclusivos de la naturaleza. La política y la economía también se han dado sus mañas para hacer temblar a la sociedad japonesa. Hay tres episodios —dos políticos y uno económico— que están encadenados con la actualidad que vivimos. El primero fue el escándalo de corrupción más grande de la posguerra en el que se vio envuelto el primer ministro Tanaka y que lo obligó a renunciar. Por haber recibido cerca de US$2 millones para favorecer a la Lockheed Corporation en la compra de unos aviones por parte de All Nippon Airways, tuvo que enfrentar un juicio en el cual fue condenado a cuatro años de prisión. Tanaka apeló una y otra vez ante las distintas instancias y murió sin que se le pudiera hacer efectiva la sanción.

El segundo escándalo fue el del también primer ministro Taboru Takeshita, quien se vio forzado a renunciar tras destaparse la compra de acciones de una compañía pocos días antes de que entrara a la Bolsa de Tokio. A los dos escándalos mencionados que socavaron la política japonesa se sumaría la explosión de la burbuja económica que había hecho surgir a Japón como la economía más dinámica de la segunda mitad de la década del 80. La revaluación del yen después del Acuerdo del Plaza en Nueva York en 1985 valorizó los activos japoneses en el mundo a alturas insospechadas.

El deterioro de la economía trajo consigo el debilitamiento tanto de los bancos como del sector productivo. Y la acumulación del efecto de la corrupción política condujo al deterioro del poder en manos del partido Liberal-Democrático (LDP) desde 1955. Con ello entraron en crisis los actores que hicieron posible lo que se conoció como “Japón S.A.”, es decir, la alianza del partido de gobierno con los empresarios en un propósito compartido: el desarrollo económico de Japón. Estrategia reconocida como uno de los pilares de lo que algunos denominan el milagro japonés.

Dos hechos se sumarían a lo anterior. El primero en 1994, cuando el LDP debió ceder el gobierno al Partido Socialista, que estaría en el poder hasta que el primero recuperó su espacio en 1996. Sin embargo, a partir de 2006 la inestabilidad del los jefes de gobierno se agudizó. Entre 2006 y 2009 se sucedieron tres primeros ministros, quienes duraron en el poder escasamente un año cada uno. Tanta vacilación llevó al colapso del LDP, que había gobernado desde 1955, con la excepción dicha entre 1994 y 1996.

Los temblores acumulados trajeron el primer tsunami político que dio al traste con el LDP y le abrió la puerta al partido Democrático de Japón (DPJ) que con la estrategia de Ichiro Ozawa obtuvo una victoria que llevó a Yukio Hatoyama al poder en 2010. Renunció en junio de 2010 antes de cumplir nueve meses de gestión.

El sucesor y actual primer ministro Naoto Kan, asumió el cargo el 4 de junio de 2010. Pero nada le ha sido fácil. El 11 de julio, recién al inicio de su mandato, condujo a su partido a una costosa derrota política que le significó perder las mayorías en la Cámara Alta de la Dieta. Si bien sus fuerzas están en la Cámara Baja, donde se concentra el mayor poder político, perder la otra Cámara le significó abrir una grieta que lo expuso a serias vulnerabilidades.

Las mayores dificultades se concentran en la lucha interna dentro de su partido, que se ha polarizado. En efecto, Ozawa, la piedra en el zapato en este episodio, estuvo envuelto en un escándalo sobre los fondos de su campaña y fue llamado a juicio. Su negativa a acatar las sugerencias del primer ministro para abandonar el partido le ha acarreado la suspensión por parte de la colectividad. Y esto ha endurecido a sus seguidores, quienes amenazan con una disidencia. El opositor LDP ha aprovechado la coyuntura para reclamar la disolución de la Dieta y forzar la convocatoria a nuevas elecciones, consiente de que los bajísimos niveles de popularidad de Kan podrían abrirle de nuevo las puertas del poder.

Dos décadas perdidas sin crecimiento económico y un desbarajuste político constituyen el telón de fondo de la tragedia que sacude a Japón y que reclama la solidaridad de todos los colombianos. En la historia japonesa son múltiples los episodios de origen externo que han contribuido a que el país supere sus laberintos y se reencauce. Lo que hoy se hace evidente es una falta de dirección y de propósito, lo mismo que la ausencia de un líder y la incapacidad de formular y recuperar la ruta. Los índices de aprobación del primer ministro Kan, que están por debajo del 20%, reflejan esa desilusión.

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Japón requiere un nuevo pacto que involucre a todos los sectores. Y la incapacidad de los actores políticos seguramente llevará a que otras fuerzas, como los actores empresariales y la sociedad civil, dirijan el cauce de la recuperación. Ese es el tsunami político que sobrevendrá tras los terremotos. Los miles de japoneses que resisten la tragedia con estoicismo y disciplina están en la búsqueda de una bandera y un abanderado. Y eso llegará. Bansai! Bansai!

 *Analista internacional

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