Si quieres saber cómo van los Estados Unidos, es mejor que pongas tus ojos en Ohio. La gente repite la premisa como una verdad que no admite discusión. Es fácil decirlo cuando la historia está de lado del estado: John F. Kennedy fue el último candidato capaz de llegar a la Casa Blanca sin recibir su cosecha electoral. Desde 1964 no ha habido ningún otro demócrata que pudiera proclamarse presidente sin ganar aquí. Para los republicanos, la historia incluso puede ser más determinante: ninguno de sus hombres fuertes ha sido electo primer mandatario sin tener a Ohio. En este pequeño “país” de casi 11,5 millones de habitantes se juega el futuro político de la nación para los próximos cuatro años.
Son 18 votos electorales que el pasado se ha encargado de convertir en una suerte de amuleto. El que salga favorecido el martes en este lugar, entre Barack Obama y Mitt Romney, es casi seguro que podría entonces cruzarse de brazos y esperar a que su rival dé el honorable discurso de rendición y buena suerte. El problema a esta altura de la campaña es que la gente todavía no parece tomar partido. En este estado sin políticas unánimes cualquiera de los dos podría tomar el botín; al menos eso dicen las encuestas. La balanza se inclina ligeramente hacia el lado de Obama: Real Clear Politics le otorga un 48,9% de intención de voto, contra un 46,6% de Romney. El sondeo de Quinnipiac, la cadena CBS y The New York Times le da al presidente el 50% contra el 45% de su rival; y en el resto de encuestas el promedio de diferencia, usualmente a favor de Obama, no supera el 3%. En otras palabras, la ventaja podría ser perfectamente el margen de error.
Esta ligera superioridad tiene preocupado como nunca antes a Rives Grogan, un pastor cristiano que Dios envió desde California —eso dice él— porque la realidad podría ser catastrófica en caso de que Obama fuera reelegido: “El presidente es el diablo”. En una de las enormes plazas de la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus, el hombre no para de gritar a los transeúntes: “¿Saben qué? El presidente planea asesinar a 3.000 niños al día si gana las elecciones. Por favor, el 6 de noviembre voten por Mitt Romney y Paul Ryan. Detengan a Obama”. En un brazo carga con un cartel que dice “Jesus loves all babies” (Jesús ama a todos los bebés) y en el otro sostiene una serie de fotografías de bebés abortados. Para él, el pecado del presidente ha sido referirse al aborto como una decisión personal de la mujer en la que no hay espacio para la política.
Romney, en cambio, está de acuerdo con el aborto siempre y cuando el bebé sea producto de una violación, tenga alguna malformación o amenace la vida de la madre, tal y como ocurre en Colombia. Jesús también ama a esos niños, dirá el pastor Grogan, pero dadas las circunstancias, pide que Dios bendiga al candidato republicano y le dé su voto.
En realidad, pocos estudiantes se toman en serio los gritos excesivos de Grogan. Caminan en un día soleado pero frío por esta universidad, que tiene uno de los campus más grandes de EE.UU. En realidad, el aborto, como muchos otros temas en la campaña, no ha sido tratado profundamente, en un contexto que abre muy pocos caminos para asuntos diferentes a la generación de empleo y las estrategias para afrontar la crisis. En este campus de edificios bajos y zonas verdes estudia leyes Abby Brothers, una joven de 23 años que las últimas noches las ha pasado pensando en por quién votar: “Soy económicamente conservadora y me gustan las posturas de Romney, pero socialmente soy liberal y quisiera apoyar a Obama”.
Si la gente de Ohio suele decir que el estado es un reflejo del país, no es sólo porque han sido protagonistas en las últimas elecciones, sino porque los 7,7 millones de personas que están registradas para votar están distribuidas en grupos poblacionales similares a los de la generalidad de la nación, con la diferencia de que los hispanos no llegan a ser tan significativos como lo son a nivel total: blancos 85%, afroamericanos 11% y latinos 4%. Los registros indican que el estado no tiene una línea política definida, que hace cuatro años ganó Obama y en esta ocasión la fortuna podría estar del lado de Romney. Por eso es uno de los más importantes swing states, estados que cambian su orientación año a año.
Muchos estudiantes jóvenes, como Jackson Froliklong, votarán por Obama porque su plan de impuestos para los más ricos y estabilidad para la clase media es el indicado y porque, al final, cambiar el rumbo de la nación en cuatro años de crisis es una tarea lo suficientemente difícil como para dar una segunda oportunidad.
Algo similar piensa Zackary Gwin, sentado en la biblioteca de la Facultad de Leyes, hablando en voz muy baja para no interrumpir a sus compañeros: “Me identifico con los valores que promueve Barack Obama desde las elecciones anteriores. Creo que el país va por el camino indicado a pesar de los problemas. Romney tiene historial de ser un hombre de negocios, un empresario, y a decir verdad no sé si eso sea lo que el país necesita en este momento”. Él es uno de los 1,2 millones de personas que ya votaron en este estado, donde las urnas están abiertas desde el 2 de octubre. El voto de Zackary estará en los totales de Obama.
Lo que el país necesita en este momento son empleos, en eso concuerdan los candidatos. Hay que reducir el déficit y aumentar la productividad de las empresas. Buena parte de la economía de Ohio gira en torno a la industria automotriz. Uno de cada ocho trabajadores depende de ella y la memoria no les falla para recordar que en 2009 Obama los salvó de caer al abismo. El Gobierno entregó un rescate de US$80.000 millones para General Motors y Chrysler y salvó miles de puestos de trabajo, mientras Romney opinaba en los medios que la mejor opción para estas empresas era acogerse a la ley de quiebra. Por eso algunos trabajadores ven al candidato republicano como un enemigo de clase digno de desconfianza.
Sin embargo, no todo es blanco o negro en Ohio. Sharron Tucker tiene 66 años, es especialista en sistemas y se considera republicana. Antes de estas elecciones solía pelear con su hermano, a quien describe como un demócrata recalcitrante. Ahora ya no importa quién tiene la razón, porque incluso su hermano está con Romney: “No creo que podamos aguantar cuatro años más. Las compañías han reducido el tamaño de sus productos, los cereales por ejemplo, por el mismo precio, y los salarios no aumentan. ¿Se puede vivir así?”.
Sharron tiene pelo gris y ojos azules como el saco que lleva puesto. Comenta que su hermano, a pesar de ser cercano a las organizaciones laborales, no va a votar por Obama. “Pero, ¿sabes qué? Creo que al final Romney va a ganar el voto popular y Obama el electoral”, lo dice sin lucir resignada.
Más allá de las percepciones, las encuestas hasta ahora no otorgan garantías a ninguno de los dos candidatos, políticos que saben muy bien que con Ohio puede venir el golpe de gracia. Basta con encender el televisor y leer las noticias: Mitt Romney no perdió tiempo por el huracán ‘Sandy’ y reemplazó en este estado los mítines suspendidos de Virginia. El candidato ha venido más de 40 veces desde que se inició la campaña y el presidente, semanalmente, tiene enviados especiales que lo reemplazan en caso de que no pueda asistir. En esta oportunidad, acuartelado en sus roles presidenciales, cortesía de los destrozos de la tormenta, desfilaron el vicepresidente, Joe Biden, y el expresidente Bill Clinton como pastores del voto demócrata.
La economía del país tiene insatisfecha a gran parte de la población, aunque poco podrán quejarse las cadenas de televisión. Son colosales las cifras de dinero que se han gastado en las campañas justo en una época de abstinencia. La suma ya alcanza los US$880.000 millones, de los que el 20% ha sido invertido en Ohio. Sólo en Cleveland y en Columbus, hasta el 21 de octubre, se habían pagado 14.608 anuncios televisivos entre las campañas de los candidatos. No es necesario ser un votante indeciso para sentirse sobresaturado; los comerciales televisivos son cada vez más difíciles de soportar y los candidatos parecen tener el don de la ubicuidad.