El 2023 pasó abruptamente de ser el año en que la normalización diplomática parecía una aspiración palpable en Medio Oriente a representar el período de apertura de un nuevo y doloroso capítulo en el conflicto palestino-israelí. Esto, a raíz del estallido de la guerra entre las fuerzas de defensa de Israel y Hamás, tras el sangriento ataque sorpresa de este último, perpetrado el 7 de octubre pasado, con un saldo de 1.200 personas asesinadas, según cifras oficiales.
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Lejos de un nueva tregua, tanto Israel como Hamás han insistido en su postura: el enfrentamiento se mantiene hasta eliminar al oponente. El primer ministro Benjamin Netanyahu, en el marco de una visita a Gaza el fin de semana pasado en la que anunció la intensificación de los combates, anticipó que esta “será una guerra larga que no está cerca de acabar”. El fin, ha repetido su administración, es eliminar a Hamás y la amenaza que su existencia representa.
Yayha Sinwar, el temible número dos de Hamás, considerado el cerebro de la masacre del 7 de octubre, día en el que además 240 personas fueron secuestradas, reapareció, tras más de dos meses en silencio, para decir que “las Brigadas Al Qasam (brazo armado de Hamás) destruirán al ejército de ocupación, están en camino de aplastarlo y no se someterán a las condiciones de la ocupación”.
Desde el punto de vista financiero, Israel se está preparando para que la guerra se prolongue por lo menos hasta febrero. El comisionado adjunto del Ministerio de Finanzas, Itai Temkin, citado por Reuters, dijo hace pocos días que se espera que la guerra se prolongue al menos dos meses entrado 2024, lo que implica adicionar 30.000 millones de shekels para seguridad y otros 20.000 millones para gastos civiles, entre otros (para un total de unos US$14.000 millones).
Paul Salem, presidente y director ejecutivo del Middle East Institute, con sede en Washington, considera que “es poco probable que Benjamin Netanyahu y su gobierno de extrema derecha sobrevivan en 2024”. Para esa administración ha aumentado la presión, tanto interna como externa, sobre la ofensiva en Gaza, que, según las autoridades del enclave controlado por Hamás, ya ha dejado más de 20.000 civiles muertos.
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En el ámbito doméstico, el descontento se ha incrementado luego de que Israel reconociera que en medio de las operaciones causó la muerte, por error, de tres de los rehenes. Aunque la guerra es hoy el principal asunto, en simultáneo se ha retomado el juicio por corrupción contra el primer ministro, un proceso que condimentó la molestia social expresada en las calles, con masivas protestas desde comienzos de 2023. La razón de la inconformidad: la reforma judicial promovida por el Gobierno.
Según Manuel Camilo González, profesor de la Universidad Javeriana, la salida de Netanyahu “podría agravar más la situación debido a que sus socios políticos son ultraconservadores [y mayoritarios], incluso más que el primer ministro, lo que supondría una mayor radicalización en el gobierno de Tel Aviv en la dirección del conflicto”. Y agrega: “Por eso se entiende el afán de Washington de moderar a Netanyahu y el de este último de no parecer muy débil a los ojos de sus aliados en el Knesset”.
Estados Unidos, según la declaración de fin de año del jefe de su diplomacia, Antony Blinken, tiene el fin de la guerra entre Israel y Hamás en su lista de prioridades para el próximo año, junto con la guerra en Ucrania, contener a China y la construcción de coaliciones, entre otras. No obstante, el tono del principal aliado de Israel ha ido cambiando con el pasar de las semanas y el aumento del saldo mortal de la guerra.
“Israel se arriesga a perder el apoyo de Estados Unidos y por consiguiente el de sus aliados occidentales al mantener una estrategia dura en Gaza”, agrega González. Washington ha insistido en que combatir a Hamás y proteger la vida de los civiles deben ir de la mano; que no es lo uno o lo otro. Esto va “en consonancia con la campaña electoral de 2024, donde seguramente el respaldo a Netanyahu de Donald Trump (quien oficializó el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel durante su mandato) se puede jugar como una carta electoral en la campaña presidencial para movilizar a miles de ciudadanos estadounidenses que han rechazado lo que hace Israel en Gaza”, agrega el docente.
Por supuesto, la gran incógnita es qué pasará con Gaza cuando termine la guerra. La respuesta, por supuesto, dependerá de cómo resulte ese desenlace. “Si la guerra termina con una renovada ocupación israelí de Gaza y una mayor expansión de los asentamientos en Cisjordania, el impulso hacia una mayor normalización con Israel se desacelerará y la opinión pública árabe se solidificará en su contra”, estimó Salem en su análisis de fin de año.
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“Al mismo tiempo, Estados Unidos enfrentará obstáculos en sus relaciones regionales. Irán y sus proxies, así como los grupos extremistas suníes radicales, se beneficiarán de esta polarización y ganarán más adeptos e influencia”, añade. En cambio, “si a la guerra le sigue un esfuerzo de paz sólido, liderado por Estados Unidos, pero que incluya a actores globales y regionales claves, la región podría tomar una dirección mucho más positiva, dejando a los radicales y saboteadores al margen”.
La guerra está por entrar en su cuarto mes, en medio de llamados desesperados de las organizaciones humanitarias, que no han agotado alertas sobre las escasas condiciones para la vida humana y el colapso del sistema sanitario. Según cálculos de la ONU, el 80 % de la población ha resultado desplazada, mientras que Israel sostiene que Hamás es el peor enemigo de la población del enclave, al utilizar a los civiles como escudos e, incluso, impedirles el acceso a la ayuda humanitaria.
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