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En Irak no hubo “Noche Buena”

La gente de Irak se cansó de vivir en un país destruído por la guerra y la corrupción. Por eso, desde hace meses miles de iraquíes se toman las calles para gritar que quieren servicios públicos, educación, trabajo, y un largo etcétera.

29 de diciembre de 2019 - 08:00 p. m.
Un árbol de Navidad en Irak decorado con uno de los cartuchos utilizados por el gobierno durante las protestas. / AFP
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El árbol de Navidad situado en la plaza de Basora en Irak, frente a la sede del gobierno, es, quizás, el más infeliz del mundo. En él se encuentra todo menos alegría y esperanza. No fue adornado con esferas de colores, como se hizo con otros, sino con fotos de manifestantes desaparecidos durante las protestas que desde el primero de octubre tienen lugar en todo el país. No fue decorado con luces resplandecientes, sino con los casquillos desgastados de los gases lacrimógenos que han sido arrojados por las autoridades a los ciudadanos. No tuvo perlas, ni estrellas, ni renos de peluche colgando de sus ramas, sino oraciones de lamento, nombres e imágenes de algunos de los más de trescientos iraquíes que han muerto a causa de este levantamiento social en tan solo dos meses, o incluso estampas de vírgenes y santos a los que se les pide misericordia por parte del sector católico del país. 

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La tragedia ha sido tal en Irak que la Navidad en esta ocasión fue cancelada oficialmente. De manera unánime, los líderes católicos decidieron una semana antes de las fiestas que no habría celebraciones. “Moral y espiritualmente no podemos celebrar en una atmósfera de tensión. No es normal celebrar nuestra alegría y felicidad mientras otros mueren. Eso no funciona…no podremos hacer una fiesta cuando nuestro país se encuentra en una situación crítica”, dijo el cardenal Louis Raphael Saki, patriarca de la Iglesia en Irak, quien además anunció que todo el dinero presupuestado para decoraciones costosas en las calles irá destinada a fondos para apoyar a los manifestantes heridos.

Han sido decisiones significativas, considerando que Irak es un país de mayoría musulmana. Por ello, la gratitud hacia la posición de los cristianos ha sido evidente. El espíritu del levantamiento social ha trascendido cualquier afiliación religiosa, como dicen algunos manifestantes. Lo importante ha sido rechazar la corrupción y los malos pasos de los gobiernos. Pero estos casos de solidaridad no se limitan a la religión, pues en las calles abundan las historias de apoyo entre los ciudadanos. Y en medio de ello, las mujeres han sido las más importantes. En la Plaza Tahrir en Bagdad, por ejemplo, dos mujeres, Um Ali y Um Salwan, se han ofrecido todos los días a lavar la ropa de los manifestantes desde octubre. “Traen sus vestimentas llenas de sangre, algunos no se han bañado en un mes, por eso las lavamos. 

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Algunas veces hasta las cosemos. Tengo 70 años y estoy con ellos. Están protestando y yo también. Somos sus madres”, dice Salwan. “Son personas que vienen de todas las ciudades”, dice Ali, quien agrega que el detergente que usan a veces es donado y otras es comprado por ellas. Su labor ha ayudado a muchos. Las mujeres en todo el país han tenido la oportunidad de surgir como un emblema de la lucha. Por ello, en los túneles de Bagdad se han hecho murales para conmemorar su labor durante estar intensas jornadas. 

Las protestas en Irak comenzaron porque el gobierno hizo caso omiso a las demandas del pueblo: el fin de la corrupción, luchar contra el desempleo y resolver con urgencia los problemas en los servicios públicos. Esa sordera de las élites políticas durante años hizo que hasta los sordos salieran a marchar, literalmente: la comunidad de sordos se unió a las marchas en noviembre en Bagdad. Juntos hicieron una caminata silenciosa en la que ondearon banderas del país y comunicaron, como pudieron, sus aspiraciones de un cambio y sus deseos de que el gobierno los deje manifestarse en paz. 

Sin embargo, el futuro para ellos está cargado de incertidumbre, pues, aunque el movimiento logró que el primer ministro Adel Abdelmahdi renunciara, la violencia continúa en esta nación, donde silenciar las voces de oposición es una costumbre, y ahora se silenció también la Navidad.

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