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Eurozona, a la espera

Los cambios electorales del fin de semana en Grecia y Francia han dado paso al pragmatismo, pues los líderes de Europa se centran ahora en las elecciones locales.

08 de mayo de 2012 - 05:17 p. m.
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Hace cuatro meses, el futuro económico del Viejo Continente parecía inclinado a la desgracia: múltiples despidos en el sector público, recortes en los programas sociales y en los salarios de los funcionarios estatales, privatizaciones estratégicas, aumento de las cargas impositivas… Hoy, el panorama, aunque negativo, se ha vuelto un poco más claro con las propuestas de impulsar políticas que favorezcan a la productividad, como otorgar exenciones a las empresas que contraten jóvenes y aumentarles los tributos a los ricos.

Más que un cambio radical en el discurso, lo que vive Europa es la llegada de nuevos actores políticos dispuestos a confrontar la tesis de la disciplina fiscal impulsada desde Berlín, la misma que ha dominado la economía comunitaria de los últimos dos años y ha resultado en altas tasas de desempleo, en severas condiciones de reducción de la deuda interna y en un descontento social que se ha materializado en las urnas.

Para la muestra, dos botones: los conservadores de Nueva Democracia, el ganador en las elecciones griegas del fin de semana, fracasaron en la conformación de un gobierno de unidad, por lo que la complicada misión ha sido puesta en manos de Syriza, el partido de extrema izquierda que rompió con el dominio tradicional de socialistas y conservadores en el sur de la península helénica al ganar el segundo lugar en las votaciones con el discurso de renegociar las duras condiciones del salvavidas que tanto la Unión Europea (UE) como el Fondo Monetario Internacional (FMI) le lanzaron a Atenas en 2010.

El segundo fue el más mediático: la derrota de Nicolás Sarkozy en las presidenciales de Francia, que más pareció una cuenta de cobro por parte de los jóvenes despedidos con su ley de primer empleo, que hoy tiene al país con una tasa histórica de desocupación del 10%.

Pero hasta aquí no se ha presentado un cambio radical en el rumbo de la Eurozona. Porque François Hollande, el candidato que llevó de vuelta a los socialistas franceses a la presidencia después de 17 años, comenzó a asumir sus nuevas labores con un tono más neutro que el utilizado en la campaña. “Ambas partes están dispuestas a buscar un compromiso pragmático y viable para lograr el objetivo común de la estabilización del euro”, dijo en sus primeras declaraciones tras la victoria. Ayer, la canciller alemana Ángela Merkel le dio la bienvenida, pero dejó muy claro que no renegociará las condiciones del pacto fiscal.

Por su parte, la paciencia de los votantes alemanes parece haberse agotado con cada nuevo salvavidas fiscal lanzado a las economías europeas menos disciplinadas (Grecia, Irlanda, Portugal, por ejemplo), por lo que el futuro de los demócratas cristianos, el partido en el poder, luce tan complicado como el de la Eurozona. Todo indica que, para mantenerse en la cancillería, deberá negociar con los socialdemócratas, que no ven con buenos ojos un vecindario inestable. Y cumplir su afirmación de que la política europea también incluye el fomento del empleo.

Tampoco parece tan veraz una expulsión de Grecia de la economía comunitaria, menos cuando Hollande y su partido planean revalidar su poder en las elecciones a la Asamblea Nacional, en junio próximo.

El resultado de este panorama se verá el próximo 16 de mayo, en la primera reunión entre Hollande y Merkel, que funcionará como la presentación en sociedad del nuevo gobierno del Elíseo. Independientemente de lo que suceda en Grecia, se esperan nuevas declaraciones pragmáticas tanto de París como de Berlín, mientras sus equipos llevan propuestas concretas a la mesa.

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Es un cuadro descrito en profundidad por la revista especializada The Economist: “Hacer un llamado a favor del crecimiento es como abogar por la paz mundial: todos concuerdan en que es un objetivo a perseguir, pero nadie se pone de acuerdo en cómo lograrlo”.

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