Los “tíos” del niño llegaron a la puerta del colegio a la hora de salida y lo convencieron para que caminara un rato con ellos. Momentos después, ese mayo de 1993, el entonces senador Sebastián Piñera escuchó la voz de su hijo de diez años desde una desconocida cabina telefónica. Aunque nunca reveló los detalles, el mensaje fue lo suficientemente claro: le decía que no siguiera, que no buscara la presidencia, que dejara de provocar a los pinochetistas. El niño fue liberado ese mismo día, pero el senador y magnate abandonó sus aspiraciones presidenciales.
Según dijeron los medios tiempo después, se había tratado de una venganza de los sectores más radicales que rodeaban a Augusto Pinochet. Aquellos que durante los setenta trabajaron con su padre (José Piñera Carvallo, embajador del régimen en Bruselas) y su hermano (José Piñera Echenique, dos veces ministro del General), y que no le perdonaban que, a finales de los ochenta, hubiera desafiado al régimen y hubiera apoyado el No que el 5 de octubre de 1988 acabó con la dictadura.
Pero ya en ese entonces Sebastián Piñera se daba el lujo de ser un importante líder de la centroderecha de su país, y contaba con todo el dinero posible para garantizar la independencia de sus convicciones, lejos de los compromisos políticos de los aliados de su familia. Ayudó a formar en 1987 el que sería el primer partido político de la posdictadura: Renovación Nacional.
Nacido en Santiago de Chile en 1959, donde estudió economía, Piñera viajó a Estados Unidos a comienzos de los setenta. El 11 de septiembre de 1973, mientras Salvador Allende era acorralado por los militares en la Casa de la Moneda, arrancaba en Boston su primera clase de maestría en economía en la Universidad de Harvard. Allí mismo haría su doctorado, junto a José Piñera, su hermano.
José se graduó para luego ser en dos ocasiones ministro de Augusto Pinochet y, como titular de la cartera de políticas sociales, diseñar el modelo de privatización de pensiones que en los noventa se importó a Colombia. Sebastián, en cambio, abandonó la academia para dedicarse a los negocios. Fue ejecutivo de varios bancos, entre ellos Citicorp, consultor del Banco Mundial y el Banco Interamericano y llevó por primera vez a Chile las tarjetas de crédito.
Hoy, con tres décadas de negocios y política encima, Piñera es uno de los diez hombres más ricos e influyentes de Chile y ocupa el puesto número 701 en la lista de millonarios de Forbes, con un patrimonio que supera los mil millones de dólares: es dueño de una importante porción de Lan Chile, así como del canal Chilevisión, el club de fútbol Colo-Colo, entre otras compañías.
Un hombre de sobrada seguridad, suele hacer gala de sus múltiples talentos: “Soy cantante, piloto de helicóptero, buzo, parapentista y, además, doctor en economía, empresario y ex senador”, dijo a un periodista en 2005, cuando se enfrentó a la candidata de la Concertación, Michelle Bachelet, y perdió en segunda vuelta por ocho puntos.
Ahora, cuando la política chilena vive una paradójica coyuntura —su presidenta tiene picos de popularidad, pero Eduardo Frei, candidato a sucederla, apenas supera el 30% de la intención de voto—, Piñera ha logrado convocar a múltiples sectores del conservadurismo chileno y ha consolidado un bloque resuelto a acabar con dos décadas de gobierno socialdemócrata en Chile.
Para eso ha tenido que hacer ciertos cambios en sus hábitos. Perderse algunos partidos de la selección chilena en el exterior —hobby para el cual suele contratar vuelos charter— y, en cambio, quedarse en casa haciendo campaña, mucha veces pilotando él mismo su helicóptero. También se ha lanzado a conocer modelos de gobierno que lo atraen, como los consejos comunales del presidente Álvaro Uribe. Al Jefe de Estado de Colombia lo acompañó en uno de sus tradicionales jornadas de sábado, en Neiva, en medio de su campaña, a mediados del año pasado.
Si todo sale como indican los pronósticos, Piñera será vencedor con un poco más del 44% de los votos. El candidato oficialista Eduardo Frei irá detrás y al final de la cola, el candidato independiente, Marco Enríquez-Ominami. Ninguno lograría la mayoría, así que Piñera deberá esperar la segunda vuelta, a mediados de enero.