La semana empezó con la enésima crisis política en Japón. Naoto Kan, primer ministro, debía preguntarse qué le faltaba por ver. Había fracasado en resucitar la economía y frenar la deuda pública. Dimitía su ministro de Exteriores y presunto sucesor por un escándalo de financiación ilegal. Su índice de popularidad bajaba al 20%. Los japoneses cambian de primer ministro como de cepillo de dientes (han tenido cinco desde 2006) y Kan enfilaba su salida.
Las catástrofes están fuertemente enraizadas en la cultura popular japonesa desde el desastre de Hiroshima y Nagasaki, pero la sucesión de esta semana excede la fértil imaginación de cualquier guionista. Sólo faltó Godzilla. No fue el cine sino el sismólogo Katsuhiko Ishibashi quien en los años setenta previó el peligro y acuñó la expresión Genpatsu Shinsai, que alude a una combinación de terremoto y accidente nuclear que destruye millones de vidas y conduce al país al desastre.
Un terremoto de 9 grados a un centenar de kilómetros de la costa noreste provocó olas que barrieron el litoral. Oficialmente hay cerca de 6.000 muertos y más de 10.000 desaparecidos, aunque la lógica indica que sólo es el principio. De la localidad de Sendai partieron buena parte de las imágenes que turbaron al mundo: la lengua marina que avanza al encuentro de tierra firme, los barcos empujados como juguetes de papel, los restos de carros esparcidos por el litoral, los pueblos desaparecidos en segundos, los cadáveres devueltos por el mar… Las casas son ruinas totales, su reconstrucción está descartada. El aeropuerto de Sendai es todavía un revuelto de restos de autos, aviones y casas.
Una marea negra
Uno de los pueblos arrasados es Higasi Matsushima, hoy un menjurje de barro donde se confunden los límites de lo que fue tierra firme y mar. El colegio sirve de refugio para unos 800 vecinos. Viven sin agua ni gas y con apenas unas estufas para mitigar el frío. Desde los ventanales de una escuela los profesores y niños, abrazados y llorando, vieron la ola llegar. “Era una marea muy sucia que venía a toda velocidad y chocaba contra el muro de la escuela”, recuerda la profesora Niki Teshima.
La fuerte nevada del miércoles agravó la situación. El cuadro es de extrema precariedad, impropio de una potencia con una de las mayores rentas per cápita del mundo, famosa por su eficacia y que hasta el año pasado ocupaba el segundo peldaño económico global.
Los lamentos de abandono de los casi 700.000 refugiados en centros temporales son constantes en los últimos días. Yuhei Sato, gobernador de la prefectura de Fukushima, denunciaba recientemente que “la ansiedad y la ira de la gente están alcanzando el punto de ebullición”. Según Sato, las evacuaciones no se planearon eficazmente. “El frío hace que mucha gente esté enferma, tenga diarrea y otros problemas”, informaba la Cruz Roja en Otsuchi, donde la mitad de sus 17.000 habitantes siguen desaparecidos. Más de 850.000 viviendas en el noreste, devastado por el sismo y el tsunami, siguen sin electricidad, y un millón y medio carecen de agua.
Desespero nuclear
La pérdida de la esperanza también llega a las ciudades próximas a la central nuclear de Fukushima. En Minasoma, al borde del radio de 20 kilómetros de exclusión fijado por el gobierno, lamentan la escasa información recibida. “Nos están dejando abandonados a la muerte”, dijo el alcalde Katsunobu Sakarai. El futuro de los miles de japoneses a quienes se ha aconsejado no salir de sus casas por la radiactividad aún es menos halagüeño. No tardarán en quedarse sin víveres. El responsable de las tareas de rescate del pueblo de Higasi Matsushima denunciaba la falta de medios humanos y técnicos, y alertaba de que pronto la descomposición de los cadáveres podía causar epidemias.
Las víctimas de un terremoto y de un tsunami de tales dimensiones monopolizarían la atención mediática y gubernamental durante semanas en condiciones normales. Pero nada rivaliza con la mayor desgracia nuclear desde Chernobil. Los focos se han concentrado en la infausta central de Fukushima.
Las periódicas réplicas impiden olvidarse del terremoto y el riesgo a que nuevas paredes gigantes de agua asomen por el horizonte persiste, pero lo que aterroriza al país del sol naciente es algo menos tangible e identificable, más sigiloso, sin contornos definidos. La radiación nuclear es el tema de conversación, en la calle y en la prensa. Las mascarillas de papel son ubicuas en todo el país, aunque los expertos han aclarado su inutilidad. En la población subyace el miedo de que, mucho después de que se hayan fijado las víctimas de la tierra que se abrió y las olas gigantes que le sucedieron, la radiación seguirá con su artera y callada labor de zapa, aumentando la factura durante los próximos 10, 15 o 30 años, cuando el seísmo ya sólo sea carne de efemérides.
La capital del miedo
Tokio evacuó a los que vivían en un radio de 20 kilómetros en torno a los cuatro reactores que permanecen fuera de control y pedido a los que continúan en los siguientes 10 kilómetros que no salgan de sus casas. Un gimnasio de Koriyama aloja a muchos de los huidos. Para entrar es necesario esperar a que unos técnicos con trajes herméticos blancos y máscaras midan su radiación con escáneres manuales. La escena evoca grandes desastres humanos: en una cola que avanza lentamente, algunos arrastran los pies, otros se abrazan envueltos en mantas y hay quien aún saca fuerzas para confortar a los ancianos. Una ambulancia se lleva a toda velocidad hacia el hospital a los que dan lecturas demasiado altas. El discurso de un bombero local sigue la mesura del oficial: “Incluso en los niveles más altos detectados no hay riesgo para la salud”.
Las dosis de radiactividad registradas en la capital nipona son muy bajas, pero eso no ha impedido que sea una ciudad fantasma. Esta metrópolis asiática de 30 millones de habitantes, epítome de la modernidad y claramente vencedora frente a aspirantes aventajadas como Hong Kong, Seúl o Shanghái, muestra una actividad febril cotidiana. Hoy es raro ver un carro o gente en las calles. Los cortes de luz se suceden y no se descarta un gran apagón.
En Shinjuku, una populosa zona de comidas y primeras copas, apenas hay paseantes espaciados. “No había visto esto así en 15 años”, juzga Alex, un profesor universitario estadounidense. Las únicas aglomeraciones suceden en las estaciones del tren bala, que alcanza el extremo sur del país en unas pocas horas. El tren hacia Osaka estaba el viernes atestado de familias con niños encapuchados y padres enmascarados. La ciudad vive un éxodo. También los extranjeros parten a la carrera. Con los dos aeropuertos tokiotas saturados, la mejor opción es desplazarse al de Osaka, donde el ajetreo en la terminal de salida contrasta con la quietud del de llegadas.
Giyu estaba enfurecido en el metro tokiota días atrás. Había precipitado el fin de sus vacaciones en Hokaido porque los servicios meteorológicos advertían de que el aire empujaba hacia ahí la radiación. Y cuando llegó a Tokio, al sur, leyó que el viento soplaba entonces hacia la capital. “Del gobierno no te puedes fiar, ni de éste ni de ninguno de los últimos veinte años”, contesta sobre las llamadas oficiales a la calma.
Ni los japoneses ni Naoto Kan piensan hoy en el ministro de Exteriores dimitido ni en la deuda pública. Los japoneses tienen derecho a preguntarse si les llega la peor crisis nacional desde la Segunda Guerra Mundial con un líder solvente. Pero en la historia no escasean los políticos crecidos en la adversidad, y falta ver si Kan es uno de ellos. Fracasó dirigiendo un gobierno, quizás acierte movilizando a una nación golpeada y desconcertada. Estaba destinado la semana pasada a ser una línea a pie de página. Hoy tiene la oportunidad de pasar a la historia como el hombre que levantó Japón.
En las calles de Sendai
No hay rincón sin colas en Sendai, ciudad de un millón de habitantes en el norte con tradición turística. Las hay frente a los múltiples establecimientos 7 eleven, a pesar de que sus estanterías están casi vacías. También frente a las gasolineras, aunque no despachan más de 10 litros por persona. Y también frente a los escasos restaurantes abiertos, donde el menú es ahora ornamental. La mayoría coloca una mesa frente a la puerta y vende un plato sencillo elaborado con las pocas materias primas conseguidas. Las colas aunan disciplina germánica y educación británica. No hay una voz alta, un intento de adelantar el turno, un conato de pelea, un indicio de nerviosismo. “En el día del seísmo fui a una tienda. Esperé durante dos horas y media, como ellos. Aquí nadie roba, no hay pánico, nadie sube los precios aprovechando la crisis. Tampoco hay acaparamiento, la gente compra lo que necesita con urgencia y deja el resto. Compáralo con aquellas hordas que arrasaban las tiendas tras el huracán Katrina”. Lo cuenta Muniqui Muhammad, estadounidense y profesor de inglés, llegado a Japón en 1998.
La situación mejora lentamente desde el colapso absoluto que siguió al tsunami. En algunas zonas los servicios se recuperan paulatinamente. “Ahora ya tengo electricidad y agua corriente en casa, aunque aún no caliente. Cuesta ducharse con este frío”, asegura Kaoru, publicista de 23 años, mientras espera su turno frente a un vendedor ambulante. En Sendai se cruzan los que huyen y los que llegan en busca de familiares desaparecidos, quejosos por la escasa información del gobierno. El pánico persiste. Tia, profesora de 27 años, espera un tren hacia Hokaido, al norte. Mejor cuanto más lejos de las réplicas y los escapes radiactivos.