El vicepresidente y portavoz de la Iglesia Patriótica Católica de China, Anthony Liu Bainian, espera que durante el pontificado de Benedicto XVI "China y el Vaticano establezcan relaciones".
Aunque la congregación sancionada por el régimen comunista que agrupa a 5 millones de fieles no reconoce al Papa de Roma desde 1951, la foto de Benedicto XVI cuelga en la pared de la oficina de Liu.
"Yo personalmente respeto mucho al papa Benedicto. Ha promovido el desarrollo de las relaciones entre China y el Vaticano", que están avanzando, dice, antes de añadir: "Ojalá que se establezcan durante su pontificado. Estamos rezando por ello".
Aunque los primeros cristianos llegaron a China en el siglo VII, el país asiático siempre ha visto con recelo a unos misioneros que relaciona con el trauma colonial de los siglos XIX y XX.
Desde la guerra de los Bóxer (1899-1900), en parte contra estos misioneros, hasta la ruptura de lazos diplomáticos de 1951 con la excomunión de dos obispos designados bajo el gobierno de Mao Zedong, las relaciones entre el Vaticano y Pekín han sido tensas.
Liu, de 76 años, explica que en la época colonial había 130 parroquias en su país, y sólo 29 obispos eran chinos; tras la expulsión de los misioneros por Mao, su iglesia empezó a escoger a obispos por su cuenta, pero Roma no los reconocía.
"El Vaticano creía que el régimen comunista no iba a durar mucho y que los misioneros extranjeros volverían a China. Así que no aceptó a esos obispos. Nos obligó a elegir. Creemos que el poder viene de Dios, no del Vaticano, así que desde 1958 hemos nombrado a un total de 170 obispos", afirma.
El religioso chino culpa de la actual situación a una facción, "unas personas" que "no respetan al gobierno socialista con características chinas y quieren imponer un gobierno occidental capitalista" en el país asiático.
Liu añade que él no tiene que ver con la política y que los vínculos diplomáticos son cosa de ambos Estados, pero considera que "el problema entre China y el Vaticano no es un problema del Papa".
"Algunas personas que no se llevan bien con China han causado malentendidos", añade.
El interés vaticano por distender la relación con Pekín quedó de manifiesto en 2007, cuando Benedicto XVI aceptó por primera vez en medio siglo a un obispo nombrado por el régimen chino, el de Joseph Li Shan.
En opinión de Liu, las trabas diplomáticas frenan el crecimiento del catolicismo en China, el país más poblado del mundo, y favorece a protestantes y evangelistas, que en una década han duplicado a sus adeptos y cuenta en la actualidad con 21 millones oficiales.
El portavoz considera que la falta de lazos con la Santa Sede y la exigencia de hacer catequesis durante tres meses antes de convertirse pone a los católicos en desventaja con las conversiones rápidas de los otros.
Según algunos cálculos, los seguidores cristianos que reconocen la autoridad de Roma, llegan a los 12 millones, mientras que los protestantes clandestinos alcanzarían los 30 millones.
Miembros de estas iglesias han dicho que son perseguidos y detenidos; otros, que clandestinos y oficiales conviven en silencio.
Liu niega la persecución. Dice que Pekín no puede perseguir a tantos fieles, tampoco a los cien millones de budistas o 20 millones de musulmanes que hay en China.
Las persecuciones masivas sí existieron, sin embargo, durante la Revolución Cultural (1966-76). "Fue una catástrofe", recuerda Liu, nacido en Shandong y confinado durante esa década a trabajar en una fábrica.
"Todas las iglesias fueron quemadas. Los rosarios estaban prohibidos. Aprendí a rezar el rosario con los dedos y a escondidas. Todavía hoy lo hago cuando voy en el coche", explica.