Desde que en julio pasado los rebeldes sirios mataron al ministro de Defensa, a un exministro y al jefe de seguridad nacional, el conflicto armado ha escalado de manera vertiginosa. Muchos analistas aseguraron que los atentados en Damasco, junto al hecho de que los combates también se desplazaron a Alepo, favorecieron la estrategia rebelde; la renuncia del primer ministro Riad Hijad hizo creer que Siria estaría “colapsada moral, económica y militarmente”. Se supuso que los días de Al Asad estaban contados. Pero lo más inquietante es que muchos tuvieron asidero para redoblar las campanas de la intervención militar directa o indirecta.
En EE.UU. los republicanos critican a Obama por no hacer frente decididamente a la crisis siria. Según ellos, Obama debería ir más allá de armar, formar y proporcionar inteligencia a los rebeldes. Más matanzas y la posibilidad de que el régimen use armas químicas justificarían una acción militar directa, como en Libia, con la ayuda de la Liga Árabe.
Obama, sin embargo, busca evitar la intervención militar directa. Prefiere centrarse en el apoyo a los rebeldes, que llevan a cabo la “batalla táctica”. Turquía, Francia y Gran Bretaña también reconocen que ayudan a los rebeldes, y a estos campeones de la moral y la universalización de la democracia se añaden monarquías como Arabia y Qatar, agotando más razones humanitarias. Rusia, China e Irán están al otro extremo: se escudan en el sagrado principio de la soberanía. Y en el medio están la fracasada misión de paz de la ONU y el pueblo sirio postrado.
Todos los bandos se han manifestado a favor de una u otra forma de intervención, tanto militar, política o diplomática, como directa, indirecta o informal. Deberían prevalecer dos escenarios: reconocer que hay una guerra civil y que el resultado está en manos de los sirios, o que la comunidad internacional actúe como mediadora neutral.
Siria, a diferencia de Libia, tiene mejor posición estratégica. No sólo por razones internas: como en la guerra civil siria de 1979-1982, hay una confrontación de las provincias contra el poder central en Damasco y su estrategia de difusión del mosaico nacionalista y religioso. La retoma de Alepo demuestra que el fin del régimen no está tan cerca. Razones internacionales: con el apoyo diplomático de Rusia, China, Irán y otros países, Al Asad endurece las respuestas brutales contra la población y el Ejército Libre Sirio (ELS) bajo la legalidad que le da seguir siendo un Estado reconocido.
Pero, a semejanza de Libia, una intervención militar extranjera en Siria azuza su intransigencia y recrudece más la confrontación. Libia es hoy un Estado colapsado, donde el Consejo de Transición a lo sumo controla algunos barrios de Trípoli. ¿Deberíamos dudar de un resultado así en Siria?
Más aún: la oposición civil, representada en el Consejo Nacional y el Comité de Coordinación Nacional, está desunida y no tiene vínculo formal con el ELS. Ante la caída de Al Asad no habrían muchas esperanzas de que disminuya la violencia. Finalmente, ¿acaso los vencidos no sacarían la bandera nacionalista contra el bando apoyado por el extranjero? Una transición a la democracia administrada desde fuera, ¿no promovería una nueva fase de la Primavera Árabe, ahora con señales anticolonialistas?
La intervención extranjera presenta una oportunidad para la expansión de la hegemonía norteamericana en Oriente Medio. Para China, imponer su clásica política de no intervención se corresponde con un Estado que tiene un grave expediente de derechos humanos por la represión que lleva a cabo en todo el país y especialmente en sus provincias rebeldes. Sería muy simplista, por otra parte, asumir que Rusia sólo pretende defender el principio de la soberanía o el mercado de armas y la base de Tartús; no se trata sólo de una vieja amistad entre tiranuelos. Rusia ya está inmersa en una política de equilibrio mundial. ¿Dónde quedan las vidas de los sirios y el apoyo a la democracia?
El régimen sirio ha superado el umbral de la legalidad y la legitimidad al responder con fuego desde que se iniciaron las protestas y reprimir brutalmente a todo el que se atreva a reivindicar una sociedad más pluralista. Al igual que Obama y sus socios, podríamos convenir en que estamos ante una catástrofe humanitaria que deberíamos evitar; acordamos, con Rusia, China, Irán y otros estados, que además nos topamos con el sagrado principio de la soberanía, y que el régimen sirio, por más que presumamos lo contrario, aún cuenta con cierto grado de maniobrabilidad bajo esa norma universal. Salvar vidas y soberanía: una decepción y una contrariedad a la que sin embargo todos nos enfrentamos.
Pero, más allá de esas nobles intenciones, podríamos preguntar a EE.UU., Rusia y China si estarían dispuestos a dejar sus intereses para buscar una mediación neutral, destinada al fin último de salvar vidas y acabar con una guerra sin tregua. La realidad del sistema internacional se presenta de manera muy cruda: se trata de puro y simple cinismo.
* Internacionalista, historiador y profesor universitario.