Para mí, ha sido evidente desde hace tiempo que el conflicto árabe-israelí es para las tendencias geopolíticas globales más amplias lo que el teatro fuera del circuito de Broadway es para Broadway. Si quieres una pista de lo que se presentará en un teatro geopolítico cerca de donde vives, estudia esta región. Puede verse todo aquí en miniatura. Eso en efecto aplica a lo que se está convirtiendo en la división geopolítica más desestabilizadora y moralmente desgarradora en el mundo hoy en día: la existente entre lo que llamo el “Mundo del Orden” y el “Mundo del Desorden”.
Israel está justo en la intersección, por lo que la última gran cerca que construyó no tiene el propósito de evitar que los palestinos de Cisjordania crucen a Israel, sino impedir que más africanos sigan llegando desde sus hogares en África, a través del desierto del Sinaí, hasta Israel.
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Muchas nuevas naciones que se crearon en el último siglo están fracasando o desintegrándose bajo las tensiones de las explosiones demográficas, el cambio climático, la corrupción, el tribalismo y el desempleo. Conforme estos Estados se deterioran, provocan una hemorragia de personas —hay más gente buscando refugio en otros países o intentando emigrar hoy en día que en cualquier otra época desde la Segunda Guerra Mundial—, gente que intenta salir del violento e inestable Mundo del Desorden para entrar al Mundo del Orden.
Las versiones de Broadway son el gran número de migrantes de Estados fallidos en Centroamérica que intentan entrar a Estados Unidos y del mundo árabe y África que intentan entrar a Europa. La versión del teatro fuera del circuito de Broadway se está desarrollando en Israel, adonde, desde 2012, se han dirigido aproximadamente 60.000 africanos de Sudán, Eritrea y Etiopía… no para encontrar comida kosher, la mezquita de Al-Aqsa ni la Vía Dolorosa, sino estabilidad y un empleo.
Su presencia plantea un enorme dilema ético para el Estado judío, una nación de refugiados. Muchos israelíes de derecha creen que no hay lugar —cultural, religiosa ni financieramente— para estos africanos. Otros creen que es un deber moral permitir que se queden. ¿Les suena familiar?
Israel ha convencido a cerca de 20.000 de los africanos que llegaron de aceptar 3500 dólares y boletos solo de ida para regresar en avión a un Estado africano, pero casi 40.000 aún se encuentran aquí, donde sus hijos están creciendo con el idioma hebreo. Israel es el único hogar que conocen; son los “dreamers” de Israel.
La mayoría de los refugiados africanos viven en distritos donde las rentas no son costosas, como el sur de Tel Aviv, donde, si recorres las calles hoy en día, escucharás suficientes lenguas africanas y verás suficientes mujeres con vestidos coloridos como para que te preguntes si estás en Jartum y no en el Estado judío.
Tenía la curiosidad de entender cómo es que la gente llegó aquí desde Darfur, en el oeste de Sudán. Para responder esa pregunta, el grupo de expertos Reut de Israel organizó que me reuniera con Taj Haroun, de 29 años, un refugiado de Darfur que recorrió la ruta migratoria y ahora es uno de los líderes de la comunidad darfurí en Israel.
“Nací en una pequeña aldea de Darfur, y cuando se desató la guerra en 2003, si no escapabas, te asesinaban”, comenzó Haroun. Su familia terminó por refugiarse en un campo para personas desplazadas en Sudán, “pero eso también se volvió demasiado peligroso
así que mi mamá me envió a vivir con su hermana en Jartum para estar seguro”. Haroun dijo que su madre tuvo que vender los platos de la familia para reunir el dinero de su viaje. En ese entonces tenía 17 años. En 2007, obtuvo un pasaporte legal sudanés y llegó a El Cairo.
Después de entrar a Egipto con una visa de turista, se quedó más tiempo del permitido, saliendo de El Cairo y trabajando en el campo como guardia. Finalmente se registró en un colegio religioso para continuar con su educación. “Quería tener un futuro”, comentó.
Fue alrededor de esa época, recordó Haroun, “cuando escuché hablar de darfuríes que se habían ido a Israel, estaban seguros y protegidos, y no los deportaban a Sudán. Cuando escuché eso, dije: ‘Ese es mi lugar’”. ¿Sabía algo de Israel? “Solo que era seguro”, dijo Haroun.
¿Cómo llegó ahí? El 4 de febrero de 2008, explicó, se unió a un grupo de refugiados darfuríes en El Cairo que habían contratado a un beduino —300 dólares por persona— para que los llevara ilegalmente a Israel a través del Sinaí. Él no tenía los 300 dólares pero, como los otros seis sí pagaron, “el beduino me llevó gratis”, dijo Haroun. “Primero nos subimos a un auto en El Cairo que nos llevó a una granja cerca de Ismailia”.
Después de pasar diez días ahí, agregó, el beduino llegó con una camioneta que llevaba arena en la parte de atrás, cavó un hoyo en ella, hizo que los pasajeros se metieran ahí, lo cubrió con una lona, y así pasaron los controles fronterizos del Ejército egipcio y se acercaron a la frontera.
“Después nos pasaron a una camioneta y nos ataron juntos porque estaban conduciendo a gran velocidad”, continuó Haroun. “Cuando llegamos a la frontera, había una cerca egipcia que debíamos trepar, una carretera y después una cerca israelí. Nos dijo que corriéramos y no miráramos atrás. Corrimos hacia Israel y los egipcios nos dispararon mientras cruzábamos. Era como en Darfur”.
En cuanto llegaron sanos y salvos a Israel, una patrulla del Ejército israelí los recogió, los transfirió a Tel Aviv, los enlazó con la comunidad darfurí, y solicitaron asilo político. Sin embargo, él y otros están en el limbo: el gobierno israelí no les da asilo ni la residencia permanente, pero muchos israelíes no quieren expulsarlos.
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En el tiempo que lleva en este limbo, Haroun ha estudiado la licenciatura y la maestría en ciencias políticas y ciencias de la comunicación en universidades israelíes; Joey Low, un filántropo que vive en Nueva York y es hijo de refugiados del Holocausto, inversionista en Israel y opositor de las deportaciones forzadas, pagó su colegiatura. “No se puede hacer algo así en nombre de los judíos y de Israel”, le dijo Low a The Times de Israel.
“Los israelíes son muy hospitalarios”, dijo Haroun. “Me han invitado a cenas de Shabbat y a las bodas de amigos. Nos están dando oportunidades y luchando por nuestros derechos. Sin embargo, el gobierno está haciendo todo lo posible por expulsarnos”.
¿Qué puede hacer Israel para echarlos? ¿O qué puede hacer para aceptarlos a todos sin que eso ocasione que vengan más? La oferta de inmigrantes actualmente es infinita. Eso es lo que se está presentando afuera del circuito de Broadway. A menos que al Mundo del Orden se le ocurra una estrategia colectiva para ayudar a estabilizar al Mundo del Desorden —no solo construir muros—, esta obra tendrá una temporada larga y extensa.