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La absurda guerra que nadie quiso evitar

Han transcurrido ya un año y tres meses desde que se iniciara la revolución en Siria y el destino de destrucción al que se ve abocado el país no puede ser más funesto.

13 de junio de 2012 - 05:30 p. m.
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De aquellas tímidas y dispersas manifestaciones surgidas en Damasco, allá por marzo de 2011, hemos pasado a un escenario de enfrentamiento armado y matanzas horripilantes en varias regiones, en un contexto regional e internacional de creciente incertidumbre. Especialmente grave es que todo esto se veía venir; sin embargo, la llamada comunidad internacional ha sido incapaz de hallar siquiera un mínimo de consenso —o voluntad real— para atajar un conflicto que se está generalizando.

El gran problema sirio tiene dos vertientes esenciales: la primera, un régimen corrupto y criminal que ha trocado al país por una hacienda privada de la que un selecto grupo de militares, empresarios y familiares del presidente, los Al Asad, disfrutan. Este régimen, basado en unos brutales servicios de seguridad, ha convertido la realidad política y social siria en un erial. No extrañe que este mismo régimen haya sido incapaz de promover tipo alguno de contrapartida constructiva a las demandas de una parte de la población que, desafiando el aparato coercitivo de los Al Asad, exige verdaderas reformas. La violencia y el desprecio de los gobernantes hacia estas peticiones, legítimas y formuladas en un principio de manera pacífica, condujeron progresivamente al actual callejón sin salida. El análisis del desarrollo de los acontecimientos, la manera como la efervescencia popular va in crescendo a medida que las autoridades locales se reafirman en su intransigencia, desde la sureña Deraa hasta Idlib, en el norte, atestigua que ha sido la represión de los Al Asad la que ha militarizado la crisis, incluyendo la radicalización de algunos grupos opositores tan poco democráticos como el gobierno de Damasco.

La segunda vertiente tiene que ver con las maniobras geoestratégicas de las potencias mundiales, con el liderazgo de Rusia —pro régimen— a un lado, y EE.UU. —anti régimen— al otro, y sus allegados regionales: Irán, afín a la primera, y Arabia Saudita, seguidora de los segundos. La intención de unos y otros de dirimir la supremacía en Oriente Medio y, más aún, sentar bases de un pulso a gran escala que engloba también a Asia Central y al Extremo Oriente, ha perjudicado sobremanera a los sirios, que han visto la falta de consideración ya acostumbrada en estos casos con respecto a su padecimiento. Pues el afán de todos es debilitar al contrario; los rusos paralizando la tentativa de Washington de atenazar a Irán a través de Siria y los estadounidenses provocando el desgaste diplomático de Moscú obligándolo a consagrar su apuesta por los Al Asad. La crisis siria se ha convertido en una verdadera papa caliente para todo el mundo, además de una afrenta a la supuesta decencia de una comunidad internacional cuyos inspectores y representantes exponen desde hace meses su impotencia en ciudades y pueblos sirios, sin aportar alguna solución efectiva. Así mismo se ha suscitado un debate igualmente absurdo y distorsionador sobre la conveniencia o no de una intervención externa o la concesión de un voto de confianza al régimen para que haga reformas. El problema principal es que, debido a intereses muchas veces inconfesables, el bienestar de toda una nación no importa demasiado.


*Ignacio Gutiérrez de Terán, profesor de la U. Autónoma de Madrid.

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